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Shakira

A mí Shakira me parece una mujer preciosa y una artista enorme. Por eso me alegro de que la voraz Agencia Tributaria deba devolverle 60 millones de euros, indebidamente cobrados a la famosa colombiana, en concepto de deudas fiscales. No lo digo yo, lo dice la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional, nueve años después del inicio del calvario al que Hacienda ha sometido a la artista. Porque se empeñaron los inspectores en que determinado año fiscal ella residía en España, cuando los jueces han dicho que eso sería imposible, a menos que la cantante tuviera el don de la ubicuidad. Hacienda, en tiempos de Montoro y en tiempos de Montero, y en todos los tiempos, tiene concedidos medios suficientes para hacerte la vida imposible y, a no ser que puedas pagarte los mejores abogados (como Xabi Alonso, por ejemplo), estás perdido. Va a por ti. La presunción de certeza de la Agencia Tributaria se da por sentada, pero sobrevuelan sobre el nido del cuco las comisiones legales -pero no morales- que percibe la inspección tributaria por las actas que levanta, algo insólito en un país del primer mundo, al menos que yo sepa. Ya se sabe que en los países del primer mundo ocurren cosas tan terribles como que Trump, al estilo de Chávez, saque una tabla de aranceles en las ruedas de prensa, que aplica a los países en virtud de su propio criterio. Luego vienen los jueces y lo arreglan y ponen todo en su sitio, como ha ocurrido con Shakira, que repito tiene toda mi simpatía. En España suceden cosas tan pintorescas como que la propia Hacienda, en dos instancias, a través de sus tribunales económicos-administrativos, sea la que decida cuando el ciudadano afectado recurre sus actuaciones, antes de que el caso pase a la jurisdicción contencioso-administrativa. Qué barbaridad. Les está hablando una víctima del sistema. ¿Aceptará el Gran Hermano que yo diga esto?

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