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Leer Canarias

Si hay algo especialmente transformador es el tiempo. El tiempo cambia las cosas y, más aún en esta isla en la que, en estos últimos años, parece que las estaciones se mezlan y, de repente, en verano cae la del pulpo mientras la panza de burro no nos deja respirar en pleno diciembre. A veces, incluso, la calima cambia el color del aire y lo que hasta ahora había sido azul, se vuelve amarillo, como si el día se hubiera convertido en un desierto. El tiempo es así, mudable.

Al principio, tanto cambio desconcierta, puede incluso resultar incómodo, porque ahora no toca, porque las estaciones siempre han sido las que son, porque la tradición manda, así que por qué este empeño en desvirtuarlo todo, con lo ordenaditos que estábamos, mi niña: cada cosa en su sitio bien puesta, para que ahora venga un viento nuevo, e incluso, una borrasca con nombre y tengamos que hacer hueco, como si fuera fácil dejar espacio a tanta novedad.

Pero las cosas cambian, y este cambio no solo afecta a los paisajes, sino también a las palabras que los describen y al arte que los dibuja, un arte que arriesga y desordena y que para ello se atreve a utilizar todos los lenguajes. A algunos les gustaría pensar que los cambios son pasajeros, que son cosa de este año concreto en el que la meteorología se ha vuelto loca y el calufo ha dado paso a un pelete que pa qué. Sin embargo, la realidad es otra, porque esto del cambio climático es un tema contrastado, un hecho nuevo que está originando nuevas realidades en estas islas que antes eran siete y que ahora son ocho, de manera que el espacio que habitamos también se transforma como el tiempo, se altera, se renueva, se deconstruye para volver a construirse. Nada se salva de esta metamorfosis. A todo le afecta esta meteorología cambiante y desatada. También al arte, al lenguaje y, en concreto, a la literatura; de tal forma que, hace ya algunos añitos, que Canarias se lee y se escribe con otra mirada y otras voces, muchas de ellas jóvenes, que llegan con el vaivén del viento para encontrar su espacio en la Literatura Canaria actual. Es verdad que la isla es la misma, que el mar sigue siendo azul, y que el pueblo continúa existiendo bajo el volcán, sin embargo, la historia se presenta diferente, llena de infancias y de relaciones nuevas que se construyen no solo a base de palabras, sino de imágenes, de juego, tierra, mujer, color, ruido, grito. Por eso parece que la isla es otra isla, porque está llena de nuevos lenguajes. A veces, es un volcán con dos ojos y, otras, la amistad en una infancia cruel. En ocasiones, es una isla de hoteles construidos “de a poquito”.

Sin tapujos y con mucha verdad, la literatura recoge todos los sonidos posibles, también las ces y las eses y las aspiraciones ausentes de las consonantes finales. Y, a pesar de que las historias son nuestras, no hay un único sabor insular. El gusto de esta escritura no se encierra en la orilla de la isla, sino que viaja más allá y se adapta a otros lenguajes y se lee en otras lenguas porque hay una isla universal que existe por encima de los límites.

Me encanta este airito fresco que recorre el archipiélago, porque airearse siempre está bien, porque abrir la ventana no significa cerrar puertas, ni tampoco arrancar las páginas de una literatura que es nuestra, airearse es releer el canon y debatirlo y discutirlo y disfrutarlo con todo el disfrute que nos regala el siglo XXI.

Si hay algo especialmente transformador es el tiempo. Él es el que decide qué palabras tienen eco y qué versos están hechos de memoria. Por eso fluye y desordena y, a veces, grita los silencios. Y menos mal. Menos mal que el tiempo es sabio. Por eso no necesita que nadie le dicte las órdenes (ni siquiera atiende a los adoradores del canon), por eso conserva las raíces, pero también acoge el movimiento de sus ramas, por si, como afirmó el poeta, crecen hasta alzar la mano y detener el cielo. Por si crecen, hacia un final que siempre será el mismo porque es nuestro final, nuestro destino de la luz, nunca te acabes*.

*En cursiva los versos del poeta Luis Feria.

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