después del paréntesis

El hombre menguante (1)

Ocurrió hace algún tiempo: un catedrático del departamento en el que yo trabajo (Filología Española), y cuyo nombre me guardo por ahora, se acercó al despacho que ocupaba por entonces a fin de proponerme un trabajo adicional: que fuera, como profesor titular que soy, esto es, como inferior en el escalafón que él salvaguarda, a sacarle unos libros a la biblioteca. Esa labor era indigna de su rango. Yo lo contemplé asombrado. Aduje, claro está, razones de decoro para rechazar el encargo; no debía aceptar ser, sin más, lo que me adjudicaba. Y aduje la materia misma de la solvencia: si investigador, libros y los libros que no se poseen están donde están… Ahora bien, lo extraordinario es que la constatación vista no resultó única; el dicho catedrático manifestó profesional y particularmente ese proceso del actuar de manera reiterada. Por ejemplo, en su altura, la desconsideración de las actitudes profesionales de los profesores de instituto por ser menos que él, eso que supuso habría de señalarme a mí. De lo cual se deduce lo que se instaura: dos clases de seres perviven en este mundo: los servidores y los servidos. Lo que restañaría a esta entidad es al magnánimo Friedrich Nietzsche. Consideración distraída, claro está, porque individuos como al que me refiero no han estudiado a Nietzsche. Es decir, los superhombres, los dotados frente a la escoria son una construcción arbitraria más que una realidad. Pero eso es lo que proclaman: los unos en la cumbre (amos), los otros en el fango (esclavos). Ocurre que semejante constatación arma el infundio, ya digo, el embuste, el engaño porque ninguno de esos seres que se conocen sería capaz de verificar en sus actos y fundaciones lo que distingue al proverbial Así habló Zaratustra, ni de lejos. Se avienen, sin embargo, en condición: ser más que…, ocupar las posiciones de empeño y sometimiento ante los otros. Eso se deduce por cómo proceden. Mas, ¿todos los otros? es la pregunta. Respuesta, “no”. Lo que proclama su actitud de dominio es que ellos son subyugados por los que los superan. Y atienden a esa intratable constatación. En el empeño, salvaguardar su posición (como el divino Rocambole), machacando a los supuestos débiles y sometiéndose a los poderosos para conseguir lo que aspiran conseguir. Y ante ello la dignidad se vende, y se venden los votos o se atenta malignamente contra quienes entorpezcan su proyecto.

La enseña de estos sujetos que se dicen divinos es una: la traición. Eso son.

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