por qué no me callo

Los conejos también van al cielo

Teddy tenía personalidad. Era una coneja vivaz e inteligente. En Homo Deus, breve historia del mañana, Harari sospecha que los animales poseen una mente singular. En sus largas reflexiones quieta como una estatua, Teddy, que se alimentaba de día pese a los hábitos crepusculares de su especie, parecía meditar sobre los problemas del mundo. Era como, si libre de la amenaza del mítico halcón, fuera consciente de nuestro miedo al virus y rumiara en su cabeza ovalada las posibles salidas a ese enemigo común. Los conejos nacen con el susto en el cuerpo y son un buen termómetro para espantar los fantasmas.

En Taganana, mis parientes y vecinos salían a matar conejos; me conmovían sus ojos grandes apagados y las orejas muertas que se balanceaban en fila colgando del cinturón de vaqueta del cazador. Lejos ya de aquellos recuerdos del ardor guerrero cinegético en Anaga del campesino orgulloso escopeta en ristre, siempre he tenido simpatía por estos lagomorfos que tanto odian en Australia y que nosotros tratamos con mejor consideración.

El don terapéutico de los animales de compañía reside en su inmensa capacidad para llenar el espacio de convivencia de una familia. En España les hemos concedido este mismo mes la condición legal de seres sintientes. Somos un pueblo civilizado.

Cuando entraron en casa, uno tras otro, dos conejos domésticos, con su pelaje pardo leonado, su timidez y su enorme sensibilidad, no tardaron en ser auténticos celadores del hogar. En su apariencia minúscula y bucólica, el primer Bugs Bunny de la casa se reveló como un saltador de altura de marca olímpica. Tenía carácter. Leo, como se llamaba, realizó desde la primera noche una huelga en contra de la jaula, roía con estridencia la puerta y fue liberado para siempre sin más discusión. Vivió feliz y desinhibido, frecuentaba las habitaciones y dejaba su rastro en las esquinas y paredes que roía para calmar sus incisivos. Leo era una continúa exhibición, un Bob Beamon o un Carl Lewis. Y el día que el pobre se puso malo con mocos antes de la COVID le cambió el humor, fue intervenido por el veterinario y no lo superó. Lo veíamos pasar como una aparición porque lo echábamos de menos.

El caso de Teddy, la coneja que ocupó el lugar de Leo casi de inmediato, ha sido más pronunciado. Durante tres años, demostró tener un extraordinario carisma. A Teddy, en efecto, solo le faltaba hablar, y sus hábitos, incluida la cecotrofia, al ingerir las heces más blandas de su propio ano, no nos causaban repulsión. Teddy bailaba, escudriñaba los escondites hasta dar con sus alimentos preferidos, era simpática y entrañable. Vivió los dos años de pandemia con una curiosa actitud, adoptando la postura de Buda. Inmóvil y cavilosa, era una apacible coneja zen. Nos robó el corazón. Días atrás se puso triste, vencida por una desgana preocupante. También, como Leo, pasó por el quirófano. Salvó ese round. Pero el día después de recibir el alta, se despidió en brazos de mi hijo, que la adoraba y la había pintado pacientemente en sus continuas acrobacias. La vida discurre entre personas y animales, y a veces estos últimos suplantan con creces el significado de la palabra humano. Y por eso van al cielo también.

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