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Baraka y gafe

Baraka es un término del árabe marroquí que significa “bendición o protección divina” y “suerte providencial”. También es un concepto importante en el misticismo islámico, en particular, en el sufismo. Se dice que alguien tiene baraka cuando ha superado favorablemente una situación muy peligrosa para él. En ese sentido, también nos recuerda la fortuna que Maquiavelo atribuye al buen político y que “ayuda a los audaces”. Y no es casualidad que, después de superar algunos incidentes en su etapa africana, los marroquíes dijeran de Franco que tenía baraka. Pues bien, es evidente que Pedro Sánchez la tiene. Es un muy buen político y mejor líder, al que ayuda incluso su apariencia física, y que sabe nadar en las aguas de la política hasta alcanzar y conservar el poder, dejando en la orilla la ética, la moral y, por supuesto, la verdad y la mentira. Maquiavelo lo llamaba “virtud”.

Es de admirar cómo defiende hoy lo contrario a lo que defendió ayer sin perder la sonrisa y sin dejar de mirar al frente, y cómo utiliza y sacrifica a seguidores y colaboradores: un buen político no hace prisioneros y menos en su propio partido, y él se limita a fusilarlos. Por si no fuera suficiente, Pedro Sánchez se ha beneficiado de la inmensa fortuna de tener como oponente a Pablo Casado. El presidente de los populares es todo lo contrario, empezando por su imagen titubeante y un poco pasmada, al que, en ocasiones, le cuesta comunicar y encontrar las palabras y hasta las ideas. Fue un buen presidente de Nuevas Generaciones, pero al presidir el partido ha alcanzado su nivel de incompetencia. Y ha tenido la mala suerte de coincidir con una líder como Ayuso, que, al contrastar con él, pone de relieve todavía más sus limitaciones. Además, tiene que gestionar el problema de Vox, un problema de contigo ni sin ti que le supera.

Todo esto hace temer que dentro de un par de años pierda las elecciones y encima no quiera marcharse; y en muchos sectores del partido ya se han encendido todas las alarmas. Las recientes declaraciones de Aznar, por ejemplo, no dejan lugar a dudas. Lo que quedaba por descubrir es que Pablo Casado es gafe, es decir, que tiene mala suerte y atrae la mala suerte. Ha estado a punto de infligir a Pedro Sánchez una importante derrota parlamentaria en un tema estrella como la reforma laboral, y en el momento culminante a uno de sus diputados no se le ocurre otra cosa que equivocarse y votar a favor. Yo no creo que los dirigentes populares sean tontos, como afirma Jiménez Losantos, pero hay que reconocer que la equivocación del diputado fue el típico momento en que a los protagonistas se les queda cara de tontos. Y que se trata de una casualidad tan casual que hace bueno aquello de que la realidad supera al arte.

La reforma laboral ha sido aprobada en fraude, porque los resultados formales de la votación no se corresponden con la voluntad real del Congreso y son una mera ficción informática. Ese estigma siempre acompañará a esta norma. Hay muchos antecedentes de equivocaciones similares, pero nunca hasta ahora habían alterado radicalmente los resultados de una votación. Y es inaceptable en democracia que la presidenta de la Cámara no tenga en cuenta la declaración de un diputado que manifiesta que su voluntad es la contraria a la que se está contabilizando. Claro que la presidenta es socialista.

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