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Delenda est Ayuso

Catón el Viejo finalizaba siempre sus discursos en el Senado con una frase: “Delenda est Carthago”, “Cartago debe ser destruida”. Alertaba así del peligro que suponía para Roma la existencia de un poder alternativo en el norte de África que le disputaba el control del Mediterráneo. Y, en efecto, solo cuando los romanos vencieron definitivamente en la Tercera Guerra Púnica y destruyeron Cartago, pudieron comenzar a construir su Imperio. Un par de miles de años después, en 1930, Ortega y Gasset publicaba en El Sol El error Berenguer, artículo en el que incluía la proclama Delenda est Monarchia, la necesaria destrucción de la monarquía para salvar a España. Claro que, a la vista de los desmanes republicanos, solo un mes después de proclamada la República publicó Un aldabonazo, artículo en la que se incluye su conocida frase: “no es esto, no es esto”.

La insuperable mediocridad de Pablo Casado y su secretario general les llevó a la conclusión de que la única forma de salvar su liderazgo y contrarrestar el carisma y la creciente popularidad de Isabel Díaz Ayuso era destruirla, a ser posible no solo política sino también personalmente. Y qué mejor para arruinar su imagen e impedir que el Congreso madrileño del partido la eligiera presidenta e incrementara todavía más su poder que un escándalo de corrupción y de tráfico de influencias. Comenzaron así una operación de espionaje sistemático de su familia y su entorno, en el que estuvieron implicados cargos del Ayuntamiento y de confianza del alcalde Martínez-Almeida.

El espionaje de los propios y el fuego amigo es una seña de identidad del Partido Popular, y las conversaciones grabadas entre Dolores de Cospedal y el comisario Villarejo son una buena muestra. Es un fuego amigo que, curiosamente, se ha dirigido muchas veces en contra de presidentas de la Comunidad madrileña, un cargo casi tan decisivo como la presidencia nacional. Contra Esperanza Aguirre utilizaron hasta los problemas familiares de su marido con sus hermanos. Cuando el máster sin asistencia a clase, sin exámenes y sin trabajos de Cristina Cifuentes no fue suficiente para enviarla a su casa, aparecieron de la nada unas grabaciones de un hurto de un par de cremas de belleza de menor cuantía. Y en el caso de Ayuso, lo único que encontraron fue un contrato de importación de mascarillas desde China en los primeros tiempos de la pandemia, un contrato en el que aparecía su hermano como intermediario retribuido con un porcentaje de la operación, lo que no es sorprendente porque es comercial del sector textil desde hace muchísimos años. Y, al parecer, en esa labor de espionaje, cómo no, fueron ayudados por La Moncloa. Menos mal que no enviaron a casa de su familia a un individuo disfrazado de cura con la misión de robar unos papeles, como le hicieron a su tesorero Bárcenas.

En estos años de democracia -defectuosa- hemos asistido a la autodestrucción de partidos de la derecha como Convergència i Unió, UPyD y Ciudadanos. Pero para encontrar algo parecido a lo que sucede en el Partido Popular tendríamos que remontarnos a la voladura de UCD y la defenestración de Adolfo Suárez por lo barones ideológicos y territoriales del partido. Es la irrefrenable pulsión de muerte de la derecha española. O, a lo peor, resulta que es verdad que son tontos.

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