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Guerra y paz

La historia comenzó en Yalta, en Crimea, a pocos meses del fin de la Segunda Guerra Mundial

La historia comenzó en Yalta, en Crimea, a pocos meses del fin de la Segunda Guerra Mundial. Allí, en una Conferencia internacional, el ya muy enfermo presidente Roosevelt, que moriría poco después, y Winston Churchill, le dieron a la Unión Soviética -a Stalin- el dominio de toda la Europa central y oriental. Le quitaron a la futura Alemania Silesia, Pomerania y Danzig con Königsberg, la ciudad en la que nació y de la que nunca se alejó Kant, territorios al este de los ríos Oder y Neisse que habían sido alemanes durante mil años. Ese expolio fue necesario como compensación a Polonia, para permitir que los soviéticos se apropiaran de los territorios polacos al este del río Bug Occidental, la llamada frontera o línea Curzon (por lord Curzon), consagrando así el acuerdo entre Von Ribbentrop y Mólotov de antes de la guerra. Y la ciudad en donde sus habitantes ponían los relojes en hora con el puntual paseo diario del filósofo, expulsados estos habitantes alemanes, rebautizada Kaliningrado y repoblada con rusos, subsiste, junto a la mitad de Danzig, como un Óblast de la Administración rusa, un sórdido y miserable enclave ruso en Polonia, infinitamente lejos de su pasado. Este statu quo político y militar no fue alterado ni siquiera por la revolución húngara de 1956 y la primavera de Praga de 1968, aplastadas por los tanques soviéticos del Pacto de Varsovia.

Pero la caída del muro de Berlín y el hundimiento de la Unión Soviética y el comunismo implicaron una transformación tan profunda y decisiva que colocó a Yalta en los libros de historia. La Unión era formalmente un Estado federal de quince repúblicas, dominadas por la aplastante realidad de Rusia, la mayor y más poderosa de las quince, que, a su vez, mantenía una relación colonial con los Estados comunistas europeos. La caída del muro implicó la independencia de todas ellas y la desaparición de Alemania Oriental, junto a la disolución del federalismo virtual soviético; y, de improviso Rusia se encontró desnuda. Sus colonias europeas adjuraron del comunismo y, como reacción, lo sustituyeron por un feroz nacionalismo excluyente, como podemos apreciar en las actuales Hungría y Polonia. Y la mayoría de las antiguas repúblicas soviéticas, ahora independientes, que habían sido subyugadas por Rusia, se convirtieron en sus enemigos más virulentos. Así pasó con las repúblicas bálticas y con las del Cáucaso (con la posible excepción de Azerbaiyán), y así ocurrió, por supuesto, con Ucrania. De tal manera que, ahora mismo, la Rusia de Putin solo puede contar con las antiguas repúblicas que, como la propia Rusia, soportan dictaduras brutales: Bielorrusia y las cinco asiáticas (algunas con reparos). Además, utiliza a las minorías rusas de las repúblicas enemigas, producto de la política soviética de rusificación de toda la Unión.

Por si fuera poco, los antiguos satélites europeos de Rusia, recuperando sus raíces occidentales se han integrado en la Unión Europea y en la OTAN. Y dos antiguas repúblicas soviéticas, Georgia y Ucrania, quieren hacer lo mismo, una línea roja que Rusia ha anunciado no tolerar. Por eso declaró la guerra a Georgia en 2008 y a Ucrania en 2014, a la que arrebató la península de Crimea, con mayoría de población rusa, al igual que ocurre en el actual Donbós, en Ucrania oriental. Y por eso la paz se puede convertir en guerra.

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