tribuna

La guerra de Harari

Publicó La Vanguardia un artículo de Yuval Noah Harari que trata sobre la guerra en general, aunque pone el acento sobre el conflicto de Ucrania. Dice que ahí se puede producir un cambio de ciclo en el mundo si se cumplen algunas tendencias sobre el rechazo cada vez más creciente de la intervención militar para resolver los problemas territoriales. En este aspecto resalta el descenso de los presupuestos destinados a la acción bélica y, sobre todo, a que los valores que se cotizan actualmente tienen que ver más con el conocimiento que con la posesión de determinados recursos.

Esto es cierto, pero existe un veneno ideológico que interviene en los desarreglos y en la desviación de la atención a cuestiones que en nada interesan a la colectividad y que se exponen con una urgencia, como poco, discutible.
Nadie va a conquistar la inteligencia de un pueblo, a pesar de que la historia de la civilización demuestre que esto haya sido así en los dos sentidos. Como ejemplo, el Roma capta a victis, absorbiendo a la cultura helénica después de vencer a quienes la ostentaba, o la colonización americana, imponiendo los modos culturales occidentales y el cristianismo. Esa es la gran esperanza que contempla Harari para un futuro que ya está a la vuelta de la esquina. Sin embargo, no siempre todo está en manos de la sensatez y la prudencia, ese distingo que los franceses hacen de la sabiduría cuando utilizan el término savant, para denominar al sabio en conocimientos o el sage, para referirse al hombre que adopta sus determinaciones sabiamente.

Hoy existen algoritmos para conocer en que dirección hay que actuar para alcanzar el éxito. Los sabios que los manipulan son llamados expertos y de ellos depende casi siempre que tomemos una dirección o la contraria a la hora de resolver un problema. Para nosotros la guerra y sus resultados son un componente importante para decidir sobre la confrontación política. Nos movemos entre el No a la Guerra y el recuerdo reivindicativo de los desastres de la Guerra Civil. Siempre dándole la vuelta al mismo asunto. No nos gusta la guerra, pero andamos girando en torno a ella en cuanto haya algo que debatir. Claro está que Harari tiene razón y nos diseña el panorama de lo deseable, pero aquí conviven los tontos con los sabios, el conocimiento con la brutalidad y la estupidez que no podemos quitarnos de encima.

Siempre habrá un idiota que le dé al botón equivocado y otro dispuesto a salir al balcón para arengar a las masas y llevarlas al sacrificio de los actos heroicos. Depende del lugar en el que nos encontremos nos venden a un Putin malvado o a un Biden idiota, y no son ni una cosa ni la otra. Biden, si quieren que les diga, a mí me parece un anacronismo. Quiero decir que es el aterrizaje de un avión accidentado que un día se convirtió en el símbolo esperanzado del progresismo sin serlo. Imaginen que Donald Trump, siguiendo la costumbre americana de consumir las dos legislaturas de la alternancia, hubiera seguido en el poder, a las siguientes elecciones Biden hubiera tenido 83 años, edad poco recomendable para convertirse en candidato a presidir el país más poderoso de la tierra. Esta circunstancia no hubiera aportado ni fuerza ni conocimiento, no hubiera sido ni sage ni savant, en el sentido que le dan los franceses a ambas palabras. Esta situación de azar es la gran amenaza del planeta.

En España es posible y el ejemplo lo tenemos en el diputado Casero. Nuestra clase política no es de fiar. Sánchez le ha dicho esta mañana a Casado que está dispuesto a ayudar en Castilla León si dice lo que no le gusta de Vox. Rufián le ha contestado que con ese ofrecimiento está firmando el auge de la extrema derecha, y creo que, por una vez, tiene razón.

Es lo mismo que el falso pacifismo de la izquierda radical y el sorprendente apoyo a la OTAN por parte de quienes antes se mostraron reacios a hacerlo. Echa a las cabras para abajo para que vayan para arriba. Harari no está errado, pero en España no creo que haya alguien dispuesto a hacerle caso.

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