opinión

Lo que Vladímir Putin quiere (y lo que tenemos que hacer)

No hay nadie al volante en la cabeza de Vladímir Putin? Efectivamente, no. Y nadie sabe, mientras escribo estas líneas, si invadirá Ucrania o no. Pero lo que sí tenemos claro, en cambio, son sus objetivos estratégicos. Y lo sabemos porque se dedica, como todos los líderes autoritarios del mundo, a decirlo alto y claro.

1. A Putin no le gusta la democracia. Desde que llegó al poder en marzo de 2000 no ha perdido ocasión de dejarlo claro. Y si no le gusta en su casa, tampoco le gusta a las puertas de casa.

Por tanto, ¿qué son para él la revolución del Maidán en Kiev? ¿La querencia por unas elecciones libres y transparentes? ¿El deseo de luchar contra la corrupción, la ley de las sociedades postsoviéticas? En definitiva, la aspiración, sobre esos puntales, a gozar de una sociedad abierta y un Estado de derecho.

Son aspiraciones de pesadilla. Anatemas. Lo que hay que evitar a toda costa.

2. Putin no es nacionalista. Es imperialista. Pero ¡ojo! Su imperialismo es de corte doctrinal. Y su doctrina, que es mucho más sofisticada, va más allá del simple proyecto de ampliar el espacio vital de su país, y se llama eurasianismo.

He leído a los ideólogos que se encuentran en el origen de esta doctrina. He debatido con Aleksandr Duguin, quien, con su mezcla de eslavofilia, antisemitismo y culto a la fuerza, es uno de sus más elocuentes representantes.

Y hay una cuestión que no está en duda. Ucrania no es la “cuna” del antiguo Imperio ruso (este argumento, como ya han comprendido los falsos eruditos del Kremlin, es demasiado anacrónico y absurdo para resultar convincente). Pero sí que es uno de los “pilares” de su estatus de imperio futuro (el que, frente al “turanismo” que lo reclama para el Oriente turco, debe acercarlo, si se mantiene firme, a su vertiente “aria”).

3. Además, Putin tiene una obsesión. Le persigue la idea de que la desaparición de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Está convencido de que la responsabilidad de dicha catástrofe no fue cosa de la sublevación de los pueblos, sino de las maniobras de Occidente. Y hará todo lo que esté en su mano, absolutamente todo (sobre todo en Ucrania, que se acerca tan peligrosamente hacia Europa), para pagarle con la misma moneda, para infligirle el mismo tipo de herida narcisista y, en todo caso, para humillarla.

Así pues, Putin puede alcanzar esos tres objetivos mediante un Kriegspiel, un juego bélico a la antigua usanza.

Pero uno sospecha que este hombre es lo suficientemente clausewitziano como para saber que ese es sólo uno de los medios que usará para lograr sus fines políticos.

Uno supone que Putin es lo suficientemente buen estratega como para ser consciente de que, antes de que llegue la guerra propiamente dicha, está la guerra tecnológica y sus ciberataques; la guerra económica, con la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, cuyo principal efecto será drenar los ingresos de Ucrania y hacer que muera de hambre; la guerra psicológica con sus escrutinios amañados, sus putsches teledirigidos o, como en 1918, durante la primera conquista de Ucrania, las acciones de sus títeres separatistas.

Uno puede incluso imaginárselo a él, en persona, o a sus allegados, conocedor de los teoremas del Clausewitz más íntimo, el de las cartas que conforman De la revolución a la restauración y que planteaba que la Revolución francesa podría haber llegado al mismo lugar sin pasar por el Gran Terror y las convulsiones, turbulencias y largos tanteos que lo único que consiguieron fue retrasar sus efectos beneficiosos.

Y, por ejemplo, con respecto a su tercer objetivo (poner en evidencia la impotencia de Occidente), sin duda la invasión de Ucrania sería una forma de lograrlo. Pero ¿acaso no podría alcanzarlo también si se dedica a estirar el suspense, a aprovechar estos momentos de tensiones para mostrar las divisiones de los europeos, las indecisiones de Alemania, las demoras de Estados Unidos, y rematar la faena con una pirueta dando a entender que todo este despliegue de fuerza no ha sido más que un farol, una gigantesca operación de desinformación, una trampa?

Esta forma de ondear la amenaza suprema sin enarbolarla de verdad, ¿acaso no tendría los beneficios de costarle menos en el presente y de ridiculizar, en el futuro, ese sálvese quien pueda generalizado de sus oponentes?

Y ese espectro que tanto nos asusta, ¿no funciona del mismo modo que aquel perro labrador que llevó a las cumbres de Minsk porque sabía de la fobia que les tenía la señora Angela Merkel y contaba con que así ella perdiese los nervios?

No, realmente, no lo sabemos.

Por tanto, la pregunta de si habrá o no guerra puede que no sea la más adecuada hoy.

Pero a lo que sí que debemos responder en todo caso es a si nos resignamos o no, respecto a los tres puntos estratégicos antes mencionados, a dejar la iniciativa y la ventaja en manos del viejo kagebeísta.

Si la respuesta es afirmativa, entonces sigamos siendo presas del pánico y repatriemos a nuestros diplomáticos.

Si la respuesta es no, empecemos por admitir que Ucrania es, en este momento, el centro de Europa y que Kiev es su capital. Y mandemos refuerzos a este país lejano y a la vez cercano donde se están jugando las futuras reglas de la seguridad colectiva del continente.

El presidente Emmanuel Macron lo ha hecho con la promesa a su homólogo Volodímir Zelensky de una ayuda de 1.200 millones de euros que le permitirán aguantar los embates del Kremlin.

Pero para que pueda mantenerse firme en su posición, hay que darle al ejército del Donbás los medios militares que necesita.

En los espectrales suburbios de Lugansk y Mariúpol no sólo está en juego el honor de las democracias, sino también su seguridad.

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