el charco hondo

Papá, papá, papá

Cuando los partidos abonan a diario una interminable noche electoral, sembrando bronca, tensión y decibelios, la variante de la peor política termina provocando un contagio masivo, contaminando bares, oficinas y hogares, crispando, desterrando un análisis sosegado de las cosas, encabronando el aire y ridiculizando el diálogo; entre otras conquistas colaterales, el ejército del altercado logra que la gente razonable deje de escuchar, de interesarse, se aísle y aleje de los debates, de la actualidad, de la cosa pública, en definitiva, consiguen que los de a pie den la espalda a los asuntos, y pasen. El problema de vivir atrapados en una noche electoral que no tiene fin, con los actores principales protagonizando a diario un mitin de final de campaña, es la desafección que tanto alboroto va sembrando; y el enfriamiento del interés o seguimiento de los asuntos públicos, ese distanciamiento, en buena medida deja la realidad publicada —el presente contado— en manos de agitadores con carnet que, abonados al relato de los guionistas de la tensión, rebañan las hogueras con gasolina. Resulta extenuante despertar cada mañana a las trescientas sesenta y cinco entregas del incendio, porque cualquier cuestión, la que sea, empieza o acaba convertida en munición. Ni siquiera la pandemia, lo más parecido a una guerra que hayan vivido las generaciones actuales, ha sido suficiente para concedernos una tregua. Al revés, a peor. Y, como suele pasar, la intransigencia no tolera oasis; lejos de esto, el aceite de la mala baba, de la bilis elevada a la categoría de salsa de cualquier plato, no deja espacios libres. Así que se explica que cualquier opinión sea leída, ayer, por ejemplo, en estas líneas, con ojos inquisidores, otorgándose algunas gargantas la condición de tribunal de las esencias de un matriarcado desenfocado e impostado, profesionalizado. Ayer, aquí, me limité a hacer lo que hago desde los diecisiete años: contar cómo lo veo. La reacción a un artículo de lunes, compartiendo mi forma de ver lo de la canción del mamá, mamá, mamá, me reafirma en que este país está enfermo, papá, papá, papá, sufre hipertensión, lo tienen envenenado quienes en política saben que su producto no es la solución sino el problema, avinagran el aire para que la discrepancia rompa la conversación o la evite. Los incendiarios, en la política o los medios, quieren aburrirnos para apropiarse del uso de la palabra. Pinchan en hueso. Continuaremos hablando, en voz baja, sin caer en su trampa, papá, papá, papá.

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