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Radios por la paz en el ‘búnker’ de Vladimir en Arona

Contaron las dos guerras mundiales y, ahora, la mayor colección privada de aparatos antiguos en Canarias guarda luto y silencio hasta anunciar la paz en Ucrania. “Ese día las encenderé todas”, asegura su propietario
Búnker-Arona
Radios por la paz en el ‘búnker’ de Vladimir

Son casi 400 radios antiguas, la mayoría procedentes de toda Europa, que reposan en silencio en una vivienda del sur de Tenerife. Han sido testigos de gran parte de la historia del siglo XX, incluidas las dos guerras mundiales y la que enfrentó a las dos Españas. Sus altavoces emitieron el desenlace de la primera contienda global, difundieron la encarnizada confrontación nacional y amplificaron los sonidos del gran conflicto bélico internacional que inició Hitler con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939.

Pero hoy los viejos aparatos no están por la labor de contar al mundo más guerras, sino todo lo contrario. Se han declarado en huelga de ondas caídas hasta que acabe la invasión de Ucrania y se declare la paz en el país. Todas estas piezas de museo, muchas de ellas con espectaculares carcasas de madera, lucen un lazo negro en señal de luto por los fallecidos desde el pasado 24 de febrero, fecha en la que estalló el conflicto bélico.

Hay radios rusas, ucranianas y de más de una treintena de países en esta especie de ONU herciana que vela armas para anunciar la paz. Las que aún funcionan se encenderán el día en que las emisoras difundan a los cuatro vientos la frase más esperada: “la guerra ha terminado”. Hasta el nombre del propietario de la mayor colección privada de radios antiguas de Canarias, y autor de la idea, está en sintonía con los tiempos que corren: Vladimiro, aunque sus amigos le llaman Vladimir. 

Desde Guaza (Arona), este tinerfeño nacido hace 67 años en Los Cristianos lanza un mensaje a su homónimo ruso: “Esto hay que pararlo ya, lo que está pasando es una locura, ya está bien”. Explica que “mis niñas (así se refiere a sus radios) llevan más de 40 años durmiendo en Canarias, que es una zona de playa y buen clima, y ya no quieren saber nada más de guerras, porque ya han informado de demasiadas”. Reconoce que estos días prácticamente no ve la televisión “porque me dan hasta ganas de llorar” e insiste en que todo pasa por que “entre en razón” el presidente ruso. “Todo el poder y todo el dinero le parece poco, por eso yo le preguntaría: pero ¿para qué quieres tanto, si te vas a morir?”.

Además de los lazos de luto, Vladimir ha colocado en su particular santuario radiofónico dos banderas, una ucraniana y otra rusa, ambas con un crespón negro, en señal de que la convivencia pacífica entre ambas naciones es posible. “¡Es que no hay derecho que tanta gente esté sufriendo tanto!”, remarca.

colección en venta

Vladimiro Regalado Armas dio a conocer su particular museo el pasado 6 de febrero a través de DIARIO DE AVISOS para anunciar que ponía en venta la colección completa que ha formado a lo largo de su vida. De momento no se ha desprendido de ella aunque su teléfono no ha dejado de sonar desde la publicación del reportaje. “Esto ha sido una locura de televisiones y radios”, asegura. El acuerdo con alguno de los posibles compradores podría alcanzarse próximamente. “En eso estamos”, dice. Actualmente está en conversaciones con el Ayuntamiento de Granadilla, que se ha mostrado interesado en una exposición. “Hemos visto algunos locales y le estamos dando vueltas”.

El origen de su pasión por los viejos aparatos se remonta a su época de niñez, cuando le arregló el televisor en blanco y negro a su madre. Ya con 21 años, recién llegado a Suecia, le dolió que en una fiesta local utilizaran radios antiguas para encender las hogueras: “Intenté salvarlas, pero me decían que no se podía tocar nada. Aquello me fastidió y dije: voy a juntar todas las que pueda y aquí no se quema ni una más. Y así empecé a coleccionarlas”.

Vladimir dejó entonces de fumar para comprar viejos aparatos. Ahí se inició su gran pasión, hoy concentrada en una habitación que se ha quedado pequeña para almacenar tanta historia y apilar tantos recuerdos. De hecho, por falta de espacio, algunas de las adquisiciones las guarda en un taller contiguo, donde cuenta con el material necesario para las reparaciones.

“¿Cuánto puede valer esto? No tengo ni idea, pero aquí hay una fortuna. Todos los aparatos son originales, exclusivos, algunos de los más antiguos todavía funcionan. Hay marcas rusas, suecas, danesas… hasta argentinas. Su verdadero valor es que ninguno de ellos se puede comprar hoy”, explica, mientras subraya los costes que ha tenido que asumir para formar una colección única: “Los he ido comprando en Suecia, San Petersburgo, Letonia, Noruega, Dinamarca, Polonia, Alemania, Francia… Mira que he hecho kilómetros para irlos a buscar”.

Entre las joyas del museo doméstico se incluye “la radio que mandó a construir Hitler para el pueblo. Igual que Alemania eligió el Volskwagen como el coche para la gente, Hitler encargó este modelo [muestra un ejemplar de chapa negra y forma rectangular] para popularizar la radio”. Vladimir también muestra orgulloso un dispositivo de fabricación nórdica con coronas suecas estampadas en el cristal que data de las primeras décadas del siglo pasado, así como varios ejemplares de galena y capilla.

Preguntado por las unidades de mayor valor sentimental o económico, este ingeniero de aguas, que sigue viajando los veranos a Suecia para reparar calefactores y aparatos de aire acondicionado, reconoce que “es difícil”, porque “cada uno tiene su encanto y su historia, y no puedo decir este es más bonito que el otro”.

Además, en el almacén conserva una gramola sin pilas del año 1908, una colección de discos originales de Elvis Presley, revistas de los años 50 y grandes pilas originales de un voltio y medio, además de un millar de lámparas y cerca de 500 agujas de pick up y tocadiscos. “El que quiera montarse un museo, ya se lo doy hecho”, comenta.

Pero antes de desprenderse de su valiosa colección de antigüedades, Vladimir sueña con escuchar en sus radios el fin de la guerra en Ucrania. Ese día sonarán a todo volumen.

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