tribuna

La guerra de Ucrania y la balsa de piedra

Esta tramoya no tiene parangón. Pero es la representación que nos toca vivir nos guste o no. No se recuerda una situación así, con tantos frentes a la vez. Y es cierto que hemos ido quemando etapas, muchas veces a ciegas, ganando tiempo hasta acertar con la tecla. Lo que explica este estado de cosas es un nuevo modo de existir o subsistir. Ahora no cuenta tanto progresar, ir hacia delante, dar saltos -tecnológicos, económicos, científicos…-, como asegurar cada movimiento, demostrar capacidad de adaptación y aplomo, ser estables en cada fase cambiante, surfear en el temporal constante. Todas las etapas se suceden sin pausa en una indefectible versatilidad y el mundo ya no es una cosa en equilibrio, sino una casa itinerante sobre un glaciar, a riesgo de sucumbir o perdurar milagrosa, providencialmente.

Una feliz metáfora urdida por Saramago en 1986, la de la balsa de piedra, de su novela sobre la Península ibérica desgajada del continente, se hace realidad en el acuerdo del Consejo Europeo del viernes, que concede a España y Portugal la excepción del gas, para reducir la tarifa eléctrica, porque ambos países constituyen una isla energética.

En la guerra de Ucrania se saludan los países de Occidente y cierran filas aislando al invasor. Putin sufre los primeros contubernios para deponerlo y algunos de sus más fieles afines comienzan a abandonarlo (como el influyente asesor áulico Chubais, que desertó esta semana). Si las sospechas filtradas en el Times de que al ruso le preparan un golpe de Estado (como a Gorbachov en el 91) no son fuego de intoxicación, se explica que Moscú ande celebrando sus logros en el Donbás y parezca rumiar un pronto acuerdo de paz para darse con un canto en los dientes.

Lo hemos visto con la pandemia. Cada día de estos dos años ha sido un continuo sobresalto y un reto a la ciencia, a la medicina y a los gobiernos. Nos hemos tenido que amoldar a los requisitos del mayor desafío a la salud que hemos conocido. Y, ya por último, con menos ingresos en la UCI, se ha dictado una suerte de gripalización concertada de la enfermedad, que sigue generando contagios, pero es menos letal. Con la guerra ha pasado algo similar en más corto plazo. La vacuna de las sanciones evita que el enemigo se excite exponencialmente, pero, dado que su potencial destructor es innegable, la respuesta occidental se ha disfrazado de cierta indiferencia bélica, no replicante en bombas, pero sus misiles económicos están a punto de desatar un cuartelazo en el Kremlin, que es el Wuhan de este virus que amenaza con la III Guerra Mundial y la primera de carácter nuclear. Estas bombas, precedidas de las esferas con espículas del coronavirus, están alertas, como si el patógeno chino le cediera el testigo a la pandemia rusa, que sería su versión megadantesca. Biden, en el Foro de Doha y en el Palacio Real de Varsovia, elevó ayer el tono de su voz, izó la bandera del artículo 5 del Tratado de la Alianza Atlántica, un texto sagrado, que implica la defensa colectiva de la OTAN si es atacado un país miembro -o sea, una guerra mundial, según EE.UU.-, y zanjó la cuestión Putin (el carnicero, lo llamó entre periodistas): “Por Dios, este hombre no puede seguir en el poder”. Muy cerca del país desde doble hablaba cayeron misiles rusos en Leópolis. Putin continuaba tentando al diablo y en Moscú es vox pópuli la añagaza de predicar una alusiva lluvia atómica, pues implicaría la destrucción del mundo, rusos incluidos, naturalmente. Es la primavera de Ucrania. Acaso el final del zar de la autocracia que amenaza a todos, también a los chinos, ojo. Zelenski ayer tiró la casa por la ventana: levantó el toque de queda en Kiev. Que ocurra lo que tenga que ocurrir. El reloj cambió está madrugada. Es la hora del planeta.

No estamos en el cine. Esta película es de verdad. Se ven bombas y muertos esparcidos por las calles de un país. Y el rostro de un tirano, el tercer rey de los infiernos: Hitler, Stalin y Putin. Los espectadores somos los testigos de las horas más críticas de la historia reciente. Saldremos a la calle y no habrá cesado el film. Sesión continua.

Hasta ahora teníamos una vida esencialmente líquida, nada era inmutable ni definitivo. Lo que ha traído consigo la nueva situación es un paso más: la realidad puede quebrar en cualquier instante, todo puede hacer crac, es el estado de shock de un mundo a la deriva. Y ese es el rumbo: no existe, como si se hubiera borrado el horizonte. Pero seguimos en pie, y acaso vengan días mejores tras una prueba de fuego semejante. No pienso repetir el mantra de la resiliencia, pero sí intuyo que este ecosistema del caos exige un fenotipo humano capaz de adaptarse a cualquier situación de manera inmediata, al instante: una actitud volátil, asertiva, permeable, valerosa, predispuesta a mutar continuamente entre los peligros y la incertidumbre como incentivos de toda nueva conquista. No te fíes de la tranquilidad, sería la consigna, al menos por una larga temporada. Se acabó el pisar sobre seguro y no dar un paso sin garantías. Nuestro hábitat ha cambiado, y esta sociedad exige sacar a flote virtudes dormidas por la civilización confortable de la que procedemos. No hemos vuelto al estatus reptiliano de nuestros ancestros de la jungla, pero este es de nuevo el beligerante hombre primitivo, y por suerte gozamos de inteligencia a caudales, herramientas de sobra y conocimientos consolidados para gestionar la nueva selva y sacar provecho de cada situación terrible.

El vocabulario en el que nos hemos sumergido -amenaza, peligro, incertidumbre, riesgo, caos, bombas, crisis, enfermos, heridos, muertos- evidencia el cambio radical de ciclo. Esta iba a ser una etapa de grandes conmociones.

Las cumbres en Bruselas de la OTAN, la UE y el G7 describen los Principales Asuntos de Máxima Preocupación Global. Un escenario de alta peligrosidad generalizada. Es lo que hay. Las hipótesis se han salido del marco de toda lógica y nos vemos envueltos en esta vorágine. Hay que estar bien despiertos, inasequibles al miedo, lejos de toda narcolepsia social.

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