el charco hondo

La soledad

Quienes han sufrido la guerra cuentan que las primeras noches el zumbido de las bombas, los disparos, los gritos y la destrucción no deja dormir ni un solo minuto. La posibilidad de que el siguiente misil pueda caer sobre los tuyos, desapareciéndolos bajo los escombros, mantiene los ojos bien abiertos. El estrés siembra insomnio. Sin embargo, cuando los días, interminables, dan paso a las semanas o los meses, el cansancio pesa más que el miedo, y el sueño se abre camino, siquiera unas horas, apenas unas cabezadas. Cuando la guerra se alarga la cabeza hace por normalizar la anormalidad e integra el rugido de las bombas en algo que pudiera asimilarse a la rutina, la vida intenta hacerse un hueco entre la muerte. Ocurre igual a quienes, espectadores de guerras más o menos colindantes, durante las primeras horas o días el bombardeo de imágenes no deja vivir en paz, alterándoles la normalidad, torciéndoles el desayuno, estremeciéndolos con las fotografías, vídeos y testimonios que escupen los distintos soportes que conducen a una invasión que esta vez está ocurriendo en casa de unos vecinos, en el barrio o alrededores; pero, como pasa a quienes la sufren en carne propia, cuando el conflicto se alarga la normalidad acaba pesándoles más que el infierno de los otros, y el estremecimiento inicial da paso a un seguimiento algo más distante de lo que allí ocurre. Los ucranianos conviven con las bombas y nosotros, consumidores de imágenes, convivimos con sus muertes. Mientras a ellos la guerra les invade la vida a nosotros solo nos ocupa la pantalla, un pedazo de corazón y esta vez también el bolsillo; un factor, este último, que siembra atención e inquietud, qué decir de la hipótesis nuclear (las principales potencias y corporaciones no pueden permitirse un primer mundo sin consumidores, esa certeza nos evitará el apocalipsis). Las guerras que no se televisan, tan crueles como las que sí vemos, nos pasan desapercibidas, de largo. La violencia que queda fuera de plano duele menos. De ahí que a los ucranianos les preocupe que la invasión rusa se alargue sin que se encuentre una salida al callejón. La solidaridad de los espectadores se alimenta de imágenes. La opinión pública de otros países empezará a desentenderse cuando, al cabo de las semanas, las imágenes del conflicto se incorporen a nuestro día a día, a la rutina, al catálogo de las cosas que pasan. Cuando eso ocurra los ucranianos habrán perdido la guerra arrasados por las bombas y la soledad.

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