visiones atlánticas

“No es no”

Marca de la casa del actual presidente del Gobierno en Madrid, con la que llegó al triunfo electoral al interno de su partido. Anuló la corriente socialdemócrata del PSOE, que hizo la Constitución de 1978 y se inició la presente deriva nacional y económica. “No es no”, secciona, jerarquiza, polariza y enfrenta. Al hacerlo convierte a los partidos en grupos, cuya primera función cambia razón por sentimiento. De manera que dentro de su lógica, el otro no puede acceder a la razón. La pérdida del sistema lógico hace estragos a su interno, al haberse desprendido del contraste con la verdad. Dentro de cada tribu los silencios se confunden con el acuerdo, el asociado no está dispuesto a asumir los costes de discrepar. La desigualdad con que se enfrenta cualquiera al poder, establece respuestas que carecen de soporte democrático. El conducator de cada tribu, se convierte en el poseedor y dador de la verdad. Con el “no es no “, vemos deteriorarse la democracia, según refleja el Índice de Democracia Global del 2021 de The Economist, que nos descendió de “democracia plena a defectuosa”, con los valores segmentados del multiculturalismo, opuestos a los democráticos. Donde el ejecutivo del “no es no” pone deberes a la oposición, mientras mantiene sus alianzas con golpistas, comunistas y etarras; luego de ocupar Fiscalía General, CIS, Consejo General del Poder Judicial, Tribunal de Cuentas y Constitucional, medios y empresas. Sin neutralidad de estado, jueces y policía, no funciona la democracia, ni su libertad de expresión. Han deteriorado el derecho a estudiar en español, como refleja el fracaso escolar en Cataluña y País Vasco, la igualdad de género con la Ley de Violencia de Género, degradado la historia con la Ley de Memoria Histórica, con la unidad sanitaria se rompe la igualdad de servicios en la nación única. Contra el “no es no”, defendemos valores iguales nacionales, ante una propuesta centrífuga que expulsa la nación hacia las autonomías. Elegir entre las opciones de la Confederación de Derechas Autónomas, la CEDA de 1933, o las taifas de la 1ª República de 1873, a las que nos envía el actual gobierno. Se sitúan los partidos alejados de la sociedad y acaban como agentes contrarios a su función, sin entender que se deben a sus electores. En días pasados García-Margallo y Alfonso Alonso, ministros que fueron con Rajoy, valoraban la devaluada situación del PP, sin reconocer su realidad, al menos demoscópica. Consecuencia de su desconcierto ideológico y de un proyecto incapaz de movilizar a una mayoría de españoles, proyecto nacional para ciudadanos libres e iguales ante la ley. De los 11 millones de votos antiguos del PP, no llegan ahora a la mitad. Solo Ayuso ha conseguido reunir, con la solidez y entusiasmo de su proyecto el voto de la derecha, sin la bajeza antidemocrática de los cordones sanitarios a propios y ajenos. El “no es no” refleja el ejercicio de quien ha roto más consensos en la historia, quien no está dispuesto al acuerdo sino a imponer. Mantener la unidad de la nación es la garantía de la igualdad y esta de la democracia. Nos alejan con la demonización de las derechas planteadas desde el Pacto del Tinell, de 2003 con Zapatero, donde se inició la crisis nacional y económica, ahora trasladada a Vox, como nuevo protagonista endemoniado. Es urgente un proyecto capaz de movilizar una nueva mayoría, con un discurso sugestivo para todos. Un proyecto que enganche a los sectores sociales más dinámicos, que integre ciudad y campo, planteando con osadía la batalla de las ideas, con soluciones ideológicas y estratégicas. El “no es no”, ha acabado centrifugando la acción al interno del gobierno nacional, para quien su verdad es “reversible” a conveniencia y le permite desmarcarse del segmento “podemos”, ahora sumado a la autocracia de Putin. Devaluando con ello la fiabilidad de España en la UE y en el mundo.

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