por qué no me callo

Un país fuera de la ley

A menos de una semana del inicio de la guerra, se ha dado un salto a la fase de las palabras mayores: la amenaza de una guerra nuclear. En términos psicológicos, el máximo riesgo es la ofuscación, en la que parece sumido Putin, expulsado del sistema de pagos internacional SWIFT (una red de 11.000 bancos de 200 países), con las reservas extranjeras congeladas y sin el suministro de la alta tecnología europea, de la que depende como del agua para la sed.

De acuerdo, el Napoleón ruso está histérico y se pretende histórico posando el dedo intimidatorio sobre el botón nuclear. Desataría la III Guerra Mundial y moriría matando, pero eso no puede hacerse realidad, no podemos permitirlo. Siente celos de su pequeño rival, Zelenski, al que ha hecho un ídolo de esta mitología de febrero de 2022, y busca rebasar todas las líneas rojas.

Como quiera que simultáneamente promueve una impredecible negociación con Ucrania, que ayer presuntamente obró algún avance, todo parece un ejercicio de equilibrismo en el filo de la navaja. En cualquier momento puede saltar la chispa maldita o salir el sol en Kiev y retirarse los rusos de Ucrania.

Asistimos a un cambio de paradigma. Se han dado algunas bazas que eran impensables, como que la UE financie militarmente a un país extracomunitario; que Alemania aumente su presupuesto militar; que Suiza rompa su neutralidad, y que Finlandia socorra con armas a Kiev. Borrell afirma que Putin no solo quiere conquistar los espacios, sino también las mentes, y se llevó las manos a la cabeza en Twitter ante el órdago nuclear del exagente de la KGB. No está Trump, pero Putin lo encarna en una suerte de dirigente montado en la grupa de su industria de bravuconadas y fakes news, la fábrica de mentiras que le reprocha Biden. Salvo que esta vez vaya en serio y el siguiente capítulo sea escrito en el infierno.

Es una guerra de Goliat contra David. Pero Zelenski no lleva una piedra en la honda para herir al filisteo en la frente, sino el móvil desde el que lanza vídeos contra los misiles rusos y ha hecho mella en el gigante invasor, que avanza con dificultad por las calles de Kiev como si fuera un torpe transformer lento y sin reflejos. Lo que parecía una guerra relámpago (blitzkrieg) de apenas unas horas por la superioridad del invasor se atasca y Putin, desolado y ansioso por las sanciones contra su patrimonio y el de sus oligarcas, amenaza con usar sus fuerzas de disuasión nuclear, acaso el primer signo de debilidad de sus ínfulas expansionistas. Solo un mundo con Putin y Trump en el poder (si 2024 no lo remedia) hace de la distopía el peor de los escenarios imaginables. Trump celebra las genialidades de su admirado amigo y disimula; con uno en la Casa Blanca y el otro en el Kremlin, una vez abierta la caja de Pandora en Europa con las armas hablando en nombre de la guerra, cabe imaginar un mundo cínica y psíquicamente monocolor, con dos clones al frente de sus imperios respectivos y Xi Jinping tirándose de los pelos de su tupé negro. Vamos camino de ese disparate; en el Carnaval de la política internacional, Putin y Trump se intercambian los disfraces, son populistas esquizoides, con las ideas revueltas, sin ideología, como avatares del Metaverso que urden en sus cabezas.

Nadie puede confiar en un rapto de sensatez de Putin. Sin el apoyo de China, la elefantiasis de Moscú siembra dudas en el tablero geopolítico. A Putin se le ha ido la mano y Rusia se ha convertido en un país fuera de la ley.

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