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Yuliia, asesinada

Se acababa el invierno en Járkov, Ucrania. Pero hacía frío. Mucha gente había abandonado la ciudad huyendo de la brutalidad rusa. Tímidamente, las flores comenzaban a aparecer en los parques. Una joven de 21 años, Yuliia Zdanovskaia, le había dicho a sus amigos que se marchaban, huyendo del fuego y de los tanques: “No, yo me quedo hasta que ganemos”. Graduada en la Universidad de Kiev, había conseguido la Medalla de Plata en la Olimpiada Matemática para Niñas de Suiza, en 2017, batiendo a rivales de 44 países. Iba para genio. Ya era un genio. Su amor por los niños hizo que permaneciera en la ciudad, enseñando a docenas de pequeños ucranianos que se interesaban por las matemáticas. Pero los rusos, que se empeñan en eliminarlos a todos, lanzaron una bomba que alcanzó de lleno a Yuliia y la mató. Yuliia estaba realizando tareas de voluntariado para ayudar a la población y no huía del peligro, sino que permanecía en él porque los demás ciudadanos la necesitaban. No se quejaba, sólo quería resistir, resistir para ganar. Tenía a Ucrania en el corazón y no sentía odio por nadie, sólo amor por sus conciudadanos en apuros. Los rusos no distinguen: lo mismo bombardean un colegio que un teatro o un centro comercial. Cuantos más muertos, mejor. En alguno de esos lugares estaba Yuliia, con su chaleco de cooperante, su blanca palidez y sus ganas de trabajar por su país. Y una bomba rusa la asesinó, acabó con sus jóvenes 21 años, con sus sueños adolescentes, con su sabiduría, con su inteligencia portentosa. A los rusos, o al menos a los que aprietan el gatillo, todo les da igual. Incluso matar a los ángeles que saben matemáticas. A Yuliia sus compatriotas no la van a olvidar. Lo único que no supo calcular fue el efecto de las bombas. Porque ella quería quedarse hasta que ganaran. Y ese deseo no superó al bombardeo.

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