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Apolo 16: la penúltima misión

Se cumple medio siglo del quinto alunizaje tripulado de la historia, un logro que pasó prácticamente desapercibido en su día y que sigue siendo poco conocido
Apolo 16: la penúltima misión
Desde la izquierda, Ken Mattingly, John Young y Charlie Duke. NASA

Casi dos años habían transcurrido ya desde que Armstrong y Aldrin protagonizaran el primer alunizaje tripulado de la historia durante la misión Apolo 11, plasmando sus huellas para siempre en el fino polvo de la superficie lunar aquel inolvidable 20 de julio de 1969. Un evento retransmitido en directo por las televisiones del mundo entero que batió todos los récords de audiencia conocidos hasta el momento, tal era el entusiasta interés del público por la llegada del hombre a la Luna. 

Para la siguiente misión que alunizó -Apolo 12, en noviembre del mismo año- las audiencias sufrieron un significativo descenso. La segunda vez no disfrutó del interés de la primera y, de hecho, muchas personas, especialmente estadounidenses, comenzaron a preguntarse qué sentido tenía repetir la hazaña si ya se había ganado a los soviéticos en la carrera por conquistar la Luna. Para una gran parte de la opinión pública -y también de congresistas, cabe añadir- esa victoria sobre el mundo comunista significaba el único objetivo del programa Apolo, especialmente en lo referente a justificar su desorbitada financiación.

Con el Apolo 13, las audiencias cayeron en picado y la mayoría de televisiones continuaron con su programación habitual sin ni siquiera difundir la señal en directo que la NASA les ofrecía… hasta que ocurrió el  accidente, aquel que daría lugar a la tan célebre como mal  traducida frase “Houston, tenemos un problema”. El temor por la vida de los tres astronautas del 13 -o tal vez el morbo de ser testigos en directo de las primeras muertes en el espacio- disparó las cifras de audiencia directamente hasta las nubes hasta que, al fin, el mundo pudo suspirar aliviado por el feliz desenlace de la odisea. 

Se podría afirmar que en ese punto se había agotado completamente el interés del gran público por el programa Apolo. La novedad había pasado y los siguientes alunizajes pasaron bastante inadvertidos. Así, el Apolo 14 transcurriría prácticamente sin pena ni gloria en lo que a impacto mediático se refiere; el 15 llegó a resultar ligeramente excitante para los espectadores por la novedad de incluir por primera vez el nuevo vehículo de exploración lunar (LRV, por sus siglas en inglés), un todoterreno con el que los astronautas conducirían por la superficie lunar para aumentar significativamente el alcance de sus excursiones exploratorias, pero eso tampoco fue atractivo suficiente para lograr mantener el interés. 

En medio de ese desértico páramo informativo para Apolo, en el que los noticiarios y titulares eran copados por la guerra de Vietnam y los conflictos sociales internos en EE.UU., en un momento en que incluso un partido de baseball podía arrasar en televisión en comparación al ya poco sorprendente espectáculo que suponía volver a ver a personas sobre la Luna -aunque condujeran un todoterreno-, llegaba el turno del Apolo 16…

La misión

El despegue del Apolo 16 estaba originalmente previsto para marzo de 1972, pero una serie de problemas técnicos y averías forzaron por primera vez el retraso de un lanzamiento del programa, que finalmente tendría lugar el 16 de abril. La tripulación estaba formada por John Young, comandante; Charlie Duke, piloto del módulo lunar (Orion) y Ken Mattingly, piloto del módulo de mando (Casper). 

Mattingly había formado parte de la tripulación del Apolo 13, pero había sido apartado de la misión en el último momento -tan solo 72 horas antes del lanzamiento- debido a una posible exposición a la rubeola. Los médicos de la NASA decidieron que lo más probable sería que desarrollara la enfermedad de camino a la Luna, por lo que fue sustituido en su puesto por Jack Swigert. Finalmente, Mattingly nunca tuvo la rubeola y su labor en tierra trabajando en el simulador del módulo lunar resultó vital para la salvación de sus antiguos compañeros durante el accidente del 13. 

Para compensar de algún modo el error en su diagnóstico, la agencia reubicó a Mattingly en el Apolo 16, su primer vuelo al espacio, y, aunque no pisó la Luna al quedarse en órbita en el módulo de mando, tuvo ocasión de hacer un paseo espacial durante el trayecto de vuelta a la Tierra para realizar un experimento biológico y para recuperar las cintas de las grabaciones de vídeo de la misión, accesibles desde el exterior del módulo.

Apolo 16: la penúltima misión
John Young y el vehículo de exploración lunar LRV junto a un cráter en las Tierras Altas de Descartes. NASA

El accidentado descenso a la Luna

Los tres días de viaje hasta la órbita lunar transcurrieron sin graves incidencias, pero una sorpresa aguardaba al trío de astronautas cuando ya el Orion se había desacoplado del Casper y comenzaba su descenso hacia la superficie: el Casper sufría un fallo en su propulsor que le impedía lograr la altitud prevista para orbitar la Luna hasta la vuelta del Orion. El reglamento de la misión obligaba en un caso así a que el Orion regresara y volviera a acoplarse al Casper, para poder utilizar el motor del módulo lunar para el regreso a la Tierra. Cabe imaginar la terrible desazón de Young y Duke, que reciben la noticia en pleno descenso y, cuando ya casi pueden tocar la Luna, es probable que deban dar la vuelta, conscientes de que nunca tendrán otra oportunidad.

Afortunadamente, después de un concienzudo estudio de la situación por parte del personal de tierra, se concluye que la misión puede continuar. Duke y Young suspiran aliviados, continúan su camino y alunizan sin mayor novedad, aunque con más de seis horas de retraso sobre el plan de vuelo previsto.

Al contrario que sus cuatro predecesoras, que alunizaron en diferentes zonas de las enormes llanuras llamadas mares lunares, el objetivo del Apolo 16 fue la región montañosa conocida como Tierras Altas de Descartes, que gozaban de un mayor interés al permitir la recogida de muestras geológicas en un suelo mucho más antiguo que las anteriores. 

En los casi tres días que Young y Duke permanecieron en la superficie, llevaron a cabo tres salidas al exterior que sumaron más de 20 horas de duración y durante las cuales recolectaron casi 96 kilogramos de muestras de diferentes zonas y cráteres y desplegaron una serie de experimentos científicos. 

Gracias al LRV, los dos astronautas pudieron desplazarse con relativa comodidad y rapidez hasta las diferentes ubicaciones programadas durante sus salidas, recorriendo un total de 27 kilómetros en el vehículo.

Apolo debe morir

Cuando todo esto ocurría, el programa Apolo ya había sido cancelado debido a duros recortes presupuestarios. La Administración estadounidense lo veía como un gasto que, una vez cumplido el objetivo prometido por el difunto presidente Kennedy de llevar a un hombre a pisar la Luna antes del final de la década de 1960 y superado el rival soviético en la carrera por su conquista, no aportaba una contrapartida significativa. Al parecer, el retorno científico de las misiones no se consideraba digno de tal inversión y esfuerzo.

Por otra parte, el susto del Apolo 13 había convertido en un hecho casi tangible la posibilidad de acabar perdiendo a una tripulación en el espacio, donde permanecería orbitando por los siglos de los siglos como eterno escarnio para el país y la NASA. Un riesgo que se antojó innecesario e inasumible.

Debido a todo ello, se decidió que el 17 pondría punto final al programa ocho meses después, en diciembre de 1972, quedando suspendidos los Apolo 18, 19 y 20. La política había dictado su veredicto y sería inapelable: sentencia de muerte para Apolo.

Aunque el aporte científico, tecnológico y cultural del programa Apolo a la sociedad es incontestable y su legado continúa vigente, lo cierto es que su germen y motivo siempre fue político. Basta señalar que el duodécimo y último hombre en pisar la Luna con el 17 sería, a su vez, el primer y único científico en hacerlo -el geólogo Harrison Schmidt-, ya que la mayoría de los que caminaron sobre su superficie fueron militares.

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