tribuna

Archipiélago ‘vedette’

La foto de Brian May posando junto a una sabina en El Hierro, que fue la portada de uno de sus discos hace un cuarto de siglo, refleja las simpatías de celebridades del arte, la ciencia y las letras por este recóndito lugar del planeta que un día les dio cobijo y que inevitablemente hace del canario un presumido. Pero no un fanfarrón. Nos da pudor que nos etiqueten de árcades de tópicos paraísos. Como en uno de ellos decía sentirse Aristóteles Onasis en esta isla, pero en nuestro fuero interno nos creemos especiales y ungidos. Los clásicos se pasaron dos pueblos creyendo que este sitio era una morada de dioses y almas eternas, con manzanas de oro colgando de los árboles y otros prodigios, dicho con un ringorrango publicista ya en la lúcida e ilusoria antigüedad. Pero nos gana la arrogancia por alguna cita indirecta de Heródoto, Virgilio o Platón, y acatamos ser el país de los feacios de Homero. ¿A quién no le agradan esos motes de la Historia?

Ahora que el mundo vuelve a ser lo que siempre fue, con su guerra convencional, y que nos quitamos la máscara de la pandemia, regresa el turismo con su bibliografía. Brian May la desempolva en esa imagen fetiche de nuestra contraportada del jueves. Por tales razones, nos viene bien sacar pecho, vender el caravanserrallo que hemos sido de rutas de paso. Y, por consenso, un locus amoenus apacible, un lugar idílico para el forastero de cualquier procedencia. “El alma de Tenerife es mundial”, decía Eduardo Zamacois y añadía que los turistas nos dejaban “un perfume exótico, una emoción de lejanía”.

Tenemos la tentación narcisista de preguntarnos qué opina el huésped de nosotros. En Santa Cruz siempre, el libro que hicimos mi hermano Martín y yo con el fotógrafo Carlos González por encargo de Antonio Cos hace casi 30 años, recopilamos, entre otros testimonios, la sugerencia de Bertrand Russell de hacer de este “un lugar de reposo para la inteligencia europea”. Nos congratulamos de las escapadas de Merkel al Garajonay. O de la querencia palmera de Günter Grass y la seducción de la isla y Sanmao, la autora china que nos trataba como “un paraíso en la tierra” con “un eco de Taiwán” y a quien el bosque de Los Tilos le recordaba a los paisajes de Jiangnan en un espejo de las geografías.

Ecosistema y mito nos definen con cierto ego isloteñista. Como Bali se regodea con vitola de isla epicúrea o están las islas literarias, como Utopía de Tomás Moro o Ítaca de Homero, a la que regresa Odiseo tras recorrer ínsulas intrigantes donde habitan lotófagos, cíclopes y gigantescos lestrigones. Nosotros también guardamos memoria de dragones, megalodones y bosques fantásticos.

El visitante siempre cuenta de nosotros lo que le da la gana, nos halague o no. Breton describió en Santa Cruz talones de doncellas de Picasso bajo vestidos oscuros “con miradas ardientes como un fuego que corre debajo de la nieve”. Neruda, de regreso a Isla Negra, se fijó en el acento canario cuando desembarcó en el muelle y dijo: “Fíjate, Valdés, cómo hablan, igual que nosotros”.

Cargamos con la frustración de haberle cerrado el paso a Darwin (por temor a que trajera el cólera). Fan nuestro por sus lecturas del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, de Humboldt, soñaba con tocar tierra en Tenerife en su viaje a bordo del Beagle. No siempre tuvimos puntería. Sin embargo, Stephen Hawking, cual estrella del pop, vino, vio y venció en el Festival Starmus en el Magma de Adeje, como fui testigo junto a la periodista Marlene Meneses, y quería radicarse aquí por temporadas que solo truncó su muerte.

No ocultamos cierta vanagloria por el hecho de que Los Beatles -a falta de Lennon- pasaran en Tenerife el último tramo anónimo de sus vidas antes de que una popularidad apabullante los devorara. O que otra famosa planetaria, Agatha Christie -ambos casos profusamente documentados por Nicolás González Lemus- se recluyera en nuestras islas como el sanatario de su depresión tras un divorcio traumático y concluyera aquí El misterio del tren azul. A este éxito llegaron, 2.000 años después, unas islas que ordenó visitar un rey sabio, Juba II, de Mauritania, con su expedición a Canarias en los albores de la era cristiana.

Merecernos la mirada del mundo es nuestro rol de archipiélago vedette, parada y fonda de celebrities. Churchill miró el reloj y dijo: “Diez y media de la mañana. Estoy en Santa Cruz de Tenerife y nunca he visto un azul más puro que el de este cielo”. A veces fuimos la última estación de personajes como Ernesto Lecuona o Robert Maxwell.

Algunos ídolos no nos vinieron a ver y en nuestra cosmopolita soberbia indagamos por qué nunca estuvo por aquí García Márquez -León Barreto lo entrevistó en Barcelona- ni acaso Juan Ramón Jiménez y tantos otros. Yo conocí en Tenerife a un pedante Rafael Alberti y en mi juvenil insolencia lo dejé con la palabra en la boca en el Mencey cuando percibí cierta grosería antes de comenzar la entrevista en su voz aguardentosa. Unamuno, que dejó huella literaria de su destierro en Fuerteventura, hablaba del omen de un camello con el que se topó en Santa Cruz, donde empezó a impacientarle “la lentitud de los hijos de esta tierra”. Y debo decir que Saramago, del que ahora se celebra su centenario, me agasajó amablemente una tarde exclusiva en su casa de Tías tras publicar Ensayo sobre la ceguera, que le dio el pasaporte al Nobel. Siempre le estuve agradecido, que es una reacción muy isleña ante quien nos visita por primera vez o nos elige para siempre.

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