por quÉ no me callo

El corazón de Pedro Rodríguez

La consecuencia directa de muertes prematuras como la del eminente urólogo Pedro Rodríguez Hernández es la pérdida de seres humanos de un linaje tan imprescindible en desiertos de convivencia como el actual, en que vivimos sumidos en la enemistad. Pedro Rodríguez, pionero de los transplantes renales en nuestra isla, era el amigo providencial, el médico comprensivo y generoso, y un sabio en su ciencia, un canario de proas curiosas en la medicina o la viticultura, La Palma y demás raíces de su mundología particular.

Aquel médico campechano a quien le empezó a fallar el corazón por los años de exceso profesional tenía un gran sentido del humor. Bromeaba con bondad, porque era intrínsecamente buena persona, y dejaba que la vida pasara sin lanzar las campanas al vuelo. Una cosa eran sus tenderetes y sus tertulias desenfadadas en la bodega de Ravelo (donde alumbró un caldo con frutas que cultivaba) y otra su dedicación estajanovista a sus pacientes en el HUC y en la consulta de Serrano, junto a la Plaza Militar, un clásico de la especialidad en Santa Cruz. Era el médico de las intimidades de personajes relevantes y anónimos de la isla, dada su fama de decano y maestro de urólogos, y los secretos de consulta se los llevó a la tumba. Se ha ido joven, con 75 años, con razones para quejarse como las tuvo cuando lo jubilaron reglamentariamente a los 65. Pero en su haber estaban ya cumplidas de antemano las faenas de la vida, en la medicina y en la familia, junto a Conchi, la mujer de su vida, que conoció de estudiante en Sevilla, y junto sus hijas y nietos, que daban sentido a su condición humana privada hasta el último momento. Pedro se merecía una prórroga mayor.

La legión de amigos que ahora se duelen de su adiós precipitado no dan crédito a esta ausencia en tiempos de necesidad. Se necesita a los amigos verdaderos más que nunca, porque la amistad se ha puesto cara, en esa otra inflación donde de carece de compañeros de viaje leales y cuesta tanto que se reproduzcan los lazos a medida que avanza el tiempo de cada cual. Pedro, como digo, inventó una sidra, La Posma, una delicia con premios en certámenes como Gijón. En su finca, en lo alto de Tacoronte, límite con El Sauzal, junto al campo de tiro, tenía una excelente colección de manzanos, en su mayoría de la variedad reineta (la reina de las medianías), que mimaba junto a sus viñedos. La bodega era su santuario, como me dijo ayer Zenaido Hernández. Un espacio en duelo que ahora cuida de los recuerdos de aquel fundador de complicidades y anécdotas de camaradería. Elaboraba su propio vino con gusto palmero. Pedro llevaba algo en la sangre que no es corriente, un flujo de bonhomía. Cerraba la consulta de madrugada, hasta que atendía al último paciente. En eso era incorregible.

Con sus hermanos y otros médicos paisanos formó la llamada “cofradía palmera”, que celebraba con arraigo insular el carnaval del terruño, en la algarabía de los galenos.

Conchi era su enfermera, su pasante en la consulta, su esposa y su mano derecha. Vivieron como dos conmilitones, librando batallas de salud, la ajena y la propia, siempre en paz con la vida, el trabajo y el amor que da aliento a las familias más consistentes. Me consta que Elías Bacallado y Milagros, sus veteranos amigos, le lloran, aunque a Pedro es difícil despedirle sin una sonrisa.

TE RECOMENDAMOS