tribuna

Sábado Santo

Las imágenes de las iglesias están tapadas por telas moradas. Se esconden para que en este breve plazo, entre la muerte y la resurrección, no haya nada más que el recuerdo del difunto. Las campanas dejan de sonar, se prohíbe la música y las saetas se adormecen porque lo que se impone es el duelo y el duelo tiene que ver, entre otras cosas, con el silencio. Ayer mi hermana me recordaba cuando éramos pequeños y nos decían: “Hoy no se canta porque está el Señor muerto”. Entonces nos íbamos al jardín, a inventar un juego discreto porque tampoco estaba permitido divertirse demasiado. Nuestro padre murió siendo todos niños y a nuestra madre no le quedó más remedio que hacer del luto una alegría para no contagiarnos negatividades; así que en casa estas cosas eran tomadas de forma amortiguada, aunque un observador externo considerara que el jaleo que organizábamos fuera una falta de respeto. En eso no nos mostrábamos demasiado comedidos porque habíamos sido educados para que la desgracia no nos hiciera efecto, y, ni siquiera de manera simbólica, como ocurre en el Sábado Santo, volviera a estar presente en nuestras vidas. De esta manera nos perdíamos el júbilo de la resurrección, cuando se rasgan las telas que tapan a la representación material y las campanas vuelven a sonar estrepitosamente anunciando la posibilidad de que todo puede volver a empezar. Ese es el mensaje renovador de Pablo cuando dice: “Matemos al hombre viejo para que nazca el hombre nuevo”. En la vida todo es una renovación. Los lunes son renovación de la semana, los días primeros de los meses, los veintiunos de las estaciones, y las nocheviejas de los años. Hace veintidós entramos en un siglo nuevo, y lo que se prometía como era de Acuario, donde reinaría la paz y la concordia, se ha transformado en el desasosiego provocado por una desgracia detrás de otra. Quizá en eso consista el cambio. Ayer se celebró un Vía Crucis en Roma y a los que están en las cercanías del papa se les ocurrió que sería bueno que la cruz la llevaran dos muchachas representando a los países que ahora sufren las calamidades de una guerra. Pero esta guerra no es como las demás, aquí hay un agresor y una víctima, como en una partida de ajedrez donde se consagra que siempre que salen las blancas ganarán la partida. Por ese motivo desde Kiev se ha dicho que ese gesto es inoportuno y que hay que esperar a que todo acabe para hablar de reconciliación. No entiendo ese rechazo a los intentos de pacificación. Es como si todos se hubieran entregado al destino desastroso de la fatalidad. Quizá esto era así desde el primer día y la desinformación nos hace ver las cosas de otra manera. Hemos entrado en la senda del ojo por ojo, diente por diente, por eso dicen los periódicos que en Kiev hay explosiones como represalia por el ataque al buque insignia de la armada rusa. Aquí no cabe la distensión porque hemos iniciado el camino de las arengas, donde los héroes ocupan el lugar preponderante. Los héroes y los malvados, que resumen a los dos ejércitos desplegados sobre el tablero. Ya hasta el papa es puesto en entredicho si cuestiona este asunto, que ha pasado a formar parte de lo más políticamente correcto. A pesar de todo, mañana celebraremos la resurrección y podemos volver a tocar el piano, y se acabará el luto y un dios triunfante aparecerá en el horizonte para seguir con lo mismo de los últimos días, a pesar de que su recomendación sea poner la otra mejilla. La carraca, que suena como un repique de tablas, será escondida en los altillos del campanario hasta el año próximo. Recuerdo una mañana de Sábado Santo en una peluquería de la plazuela, en las Palmas. Cuando el canario, en su jaula, empezó a cantar al ritmo de las tijeras dijo el barbero: “Cállate, que hoy no se permite más música que la de la carraca de la catedral”.

TE RECOMENDAMOS