visiones atlánticas

Velocidad lectora

Me ha llamado la atención el ejemplo del Colegio Catalán San Gregori, centro concertado en Barcelona que desde el año 1955 adoptó con el hijo de Alexandre Galí un método pedagógico basado en la velocidad lectora. Permite medir el trabajo escolar de forma objetiva y, con ello, tomar las decisiones, y, con ratios numéricos, simplificar un lenguaje que los padres entiendan, transparentar la relación escuela-familia, imprescindible en el proceso educativo.
La velocidad lectora mide la velocidad máxima con la que se puede leer y entender un texto. Que precisa, para un niño de tercero de primaria, 8/9 años, primer curso del segundo ciclo, adquirir una capacidad lectora de 80-100 palabras por minuto. Velocidad mínima imprescindible para poder seguir con normalidad la formación, asegurando una buena comprensión, sin cuya adquisición el alumno que pasa de curso queda cada vez más rezagado. Atraso que vienen acumulando en España, los alumnos sometidos al cambio de su lengua materna, como refleja el PISA. El aprendizaje de cualquier lengua requiere el despliegue de cuatro habilidades que se suman: leer, comprender, hablar y escribir. La “velocidad lectora” en inicio liga, leer y comprender. Un alumno de tercero de primaria con 80-100 palabras por minuto se asegura la comprensión y, con ello, suma conocimientos, que va completando con las habilidades de hablar y escribir. El colegio San Gregori, en el inicio del curso escolar 2020, vio cómo los 2/3 de sus alumnos de tercero de primaria perdieron “velocidad lectora”, consecuencia de la pérdida de la “presencialidad” escolar. Que limitó el conjunto de las habilidades del lenguaje, especialmente las ligadas a la sociabilidad. El colegio fue sometido a horas de lectura en grupos y acciones de refuerzo, que permitieron en febrero 2021, recuperar los ratios perdidos. Hoy vemos cómo estas derivas escolares vienen acompañadas por el mismo sistema escolar politizado, cuando se proponen objetivos laxos y subjetivos. La Lomloe, reciente Ley Celaá, en lugar de proponer enseñar cosas, les indica lo que deben hacer. En lugar de conocimiento científico y racional, ofertan “moralina”. Los alumnos en clase no callan, no escuchan, les ofrecen objetivos feministoides, ecosostenibles, laxos y subjetivos. Se convierten así en seres más frágiles, quebradizos y desorientados. Pendientes de la inmediatez, quieren todo ahora y ya. La escuela no les ayuda a concentrarse, de manera que la atención se convierte en un nuevo coeficiente intelectual. Hasta las matemáticas, signo de objetividad, han sido invadidas por la felicidad, que se ofrece como fin de la enseñanza.
El Consejo de Estado cuestiona el nuevo Real Decreto del Gobierno con la supresión de calificaciones numéricas, supresión de la filosofía, distorsión de la historia y de los exámenes de recuperación, contra el esfuerzo de los más capaces, degradan la escalera social del mérito. En otros ámbitos sociales, ha tenido la pandemia análogos efectos, ante las pérdidas de ”presencialidad, donde se degradan las relaciones entre agentes. Hemos asistido al caso de los mayores, en sus relaciones deshumanizadas con la banca y las administraciones públicas. De manera singular para el ejercicio profesional y empresarial, las tramitaciones urbanísticas y edificatorias, que están peor que nunca, todas fuera de sus plazos legales. La “velocidad administrativa” exige recuperarla a través de la “presencialidad”, en analogía al caso escolar que vimos. Su sustitución con mecanismos disminuidos no funciona, no permite evaluar los plazos, costes y contenidos, siempre necesitados de contraste técnico y/ jurídico, que solo la presencia resuelve. Aislados en el Atlántico, lo sumamos a los costes y fragilidad de Canarias, incrementados por las distancias, por el virus y la globalización.

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