opinión

Versión políticamente incorrecta de la guerra

Es difícil entrar en los asuntos sobre las guerras porque se mezclan aspectos que tienen que ver con la dignidad y por otra parte con intereses económicos inconfesables

Es difícil entrar en los asuntos sobre las guerras porque se mezclan aspectos que tienen que ver con la dignidad y por otra parte con intereses económicos inconfesables. Las guerras se hacen con dinero y también por dinero. Esto ya se afirmaba desde la época de los antiguos griegos, lo que quiere decir que es un concepto fuertemente incrustado en nuestra civilización occidental helénica. Los pacifistas hacen siempre referencia a esta contradicción económica para resaltar el despilfarro en comparación con otras acciones humanitarias. Nos sirve la frase del premio nobel de la paz, de 1940, Muhammad Yunus: “Con el dinero empleado en las guerras habríamos acabado con la pobreza”. Pero el mundo es así y obedece a razones que no podemos controlar, y las poblaciones lo sufren y los pueblos renacen porque las actividades de reconstrucción compensan a la destrucción, y la pérdida de vidas humanas es considerada un tributo a inevitables procesos de transformación. Apelar a la honra es un concepto antiguo que se emplea según convenga. Esto nos llevó al desastre del 98, en Cuba, una acción que no fue bien entendida porque los héroes que regresaron fueron recibidos con una tremenda pita en el puerto de Santander. Hasta veinte años más tarde no los reconocieron en el monumento de Cartagena. En el mundo moderno las guerras territoriales tienen un saldo negativo a la hora de obtener los beneficios esperados. Corea acabó dividida por el paralelo 38 y allí se implantaron dos sistemas antagónicos con gentes de la misma raza. Nosotros consideramos que el libre es el del sur, y los que viven en el norte y simpatizan con ellos creen que el suyo representa ese concepto marxista de la libertad que los occidentales son incapaces de compartir y de entender. Vietnam es una demostración del fracaso del control territorial, como también lo es el reciente abandono de Afganistán. Nadie se ha detenido ha valorar la honra en estos casos. Lo de Ucrania es un asunto geográfico. Lo geográfico tiene mucho que ver con la política, recomiendo leer el libro de Tim Marshall, “Prisioneros de la geografía” (Península, 2017), pero también hay otros aspectos a tener en cuenta como antecedentes de la invasión rusa. Este no es asunto que empieza ahora. Muchos observadores hablan de que existe una falta de reconocimiento, por parte de Occidente, a la realidad rusa. Rusia siempre va a estar ahí, como la potencia que es, y además apoyada por miles de millones de personas en el mundo, como ha quedado demostrado en la resolución de Naciones Unidas. Estas cosas no se ven porque la comunicación prefiere resolver los problemas a base de testosterona. Ya sé que expresar una opinión no coincidente con la generalidad es jugársela, que te expones a que te acusen de traición o de alinearte con los antisistema, pero, a veces, los antisistema tienen razón, pese a que no sea políticamente correcto otorgársela. Mi independencia consiste en poder decir estas cosas sin sonrojarme. Me lloverán las críticas, pero las tendré que soportar estoicamente, porque lo que no entiendo es como se alienta a la lucha al mismo tiempo que se hacen votos por una paz inminente y duradera. Esto no acabará hasta que no se gaste la última bala o el último misil que hemos puesto sobre el escenario, y en la mesa de juego todos han hecho sus apuestas en forma de aportaciones generosas para convertir en casi global algo que no lo es. Un pueblo se destruirá, pero eso no importa porque volverá a renacer, como hacen las colas de las lagartijas. Ese es nuestro destino. Siempre ha sido así. Luego está lo del premio nobel de la paz, para reconocer al que advierte del horror innecesario de las batallas y al que nunca le hacen caso, porque lo realmente atractivo es que los políticos se quiten el traje de negociar, se pongan un chaleco antibalas y se compren un traje de camuflaje.

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