por qué no me callo

El color de la camiseta con que se mire

Los diablillos del Día de Canarias hicieron un nudo de calcetines y provocaron el derbi de mañana, que es como desenterrar el hacha de goma del pleito. El fútbol confina a la hinchada en los estadios y todo el ceremonial recuerda a los circos romanos, es imposible pedir a la grada un sobreesfuerzo de canariedad y regionalismo futbolero. El fútbol es insularista, tribal y vindicativo (por suerte, menos pendenciero); justamente se inspira en llevar la contraria a la autonomía, está hecho de otra pasta, se quedó en la división provincial de 1927. El antagonismo se lleva a los extremos y el único aliciente que le da sentido consiste en infligir el mayor daño deportivo al eterno rival. Dejarlo sin pasaporte a Primera. La historia es cruel; sabiéndolo, se las arregla para reunir todas las piezas del maleficio.
De manera que esta es una excepción en la danza de las Islas. Pasamos de soñar juntas un rumor de paz sobre el ancho mar como un solo ser, fieles al himno, a batirnos el cobre mañana en el Rodríguez López y el sábado en el estadio de Gran Canaria a las órdenes de los respectivos centuriones, como si de una batalla sin cuartel se tratara. No es la Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador, de hace más de 50 años, que relató Ryszard Kapuscinski, pero coge a los dos equipos, el Tenerife y Las Palmas, en un punto álgido de tensión, con la rebeldía contra el destino, que diría Manuel Alcántara. Este play-off en mala hora nos cae como un jarro de agua fría. A la mañana siguiente del Día de Canarias, la gente afila los colmillos durante 24 horas para librar este miércoles su duelo fratricida particular. No es la brega del terrero, con su liturgia de buen perdedor, sino el pleito en carne viva de chichas y canariones, y fingirlo de vals es un acto de hipocresía.
En tiempos de Adán Martín se hicieron secretas componendas para urdir un equipo canario regional que compitiera con los grandes en Primera en nombre de Canarias, cuando ya quedaba lejos la gesta de Javier Pérez con Valdano y Heynckes en la liga y la Uefa. Pero esa utopía tiene poco recorrido. La polaridad futbolística canaria, como la de cualquier otra comunidad insular o continental, hunde sus raíces en la confrontación visceral de los sentimientos de pertenencia, es una reminiscencia de banderías barriales de la infancia profunda y refleja los instintivos primitivos del hechizo (más que del hecho) insular, el contencioso de la hegemonía. En los derbis saltan al campo, cada uno con su dorsal, los empresarios y políticos de las islas respectivas. Porque es la representación teatral del inconsciente insular colectivo de cada orilla, y tiene la ventaja de que es un tipo de cainismo tolerado socialmente y hasta bien visto. Al día siguiente, los actores regresan a su papel cordial y ponen su mejor rostro como hacía Cary Grant. Canarias no es un plató de impostores. Tenemos vocación regional, complicidad, y formamos parte de un archipiélago. Lejos de las Islas nos defendemos como una piña, somos canarios y a mucha honra. Ahora bien, pierde el tiempo el que intente extirparle su isla al isleño para injertarle la neurona de una canariedad suprema de obligado cumplimiento. Ese amor se siente per se. Como el amor a los colores es innegociable.

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