tribuna

Emilia Cárdenas, “muerta inmortal”

Murió Emilia Cárdenas, con la juventud septuagenaria de una madre peruana de mujeres, abuela de nietos adultos y adolescentes y del pequeño Ángel, mi hijo. Quedan para dar fe de ella sus discípulas, Mariela, Gaby, Lucía y Lisset; Lucho, el médico de la familia, y la casa de Camaná, famosa porque en 2007 desafió al terremoto de Ica y no dobló la rodilla en una calle que quedó en ruinas.

En Ica (Perú) tembló la tierra en agosto de aquel año, uno de los seísmos más devastadores de la historia de este pais del cinturón de fuego del Pacífico, de 8 grados en la escala de Richter. Entonces, Emilia Cárdenas describió la sacudida con unas cuantas palabras gráficas: “La casa parecía un caballo loco que no paraba de saltar”. Me contó con detalle para una crónica de urgencia en el periódico El País que las cosas se habían puesto a volar, los vidrios estallaron y las puertas repicaban como en una película de terror. Era una mujer muy precisa cuando hablaba, escogía las palabras exactas, con los útiles de lectura que le eran tan familiares como los de cocinar o cuidar los jardines con la serenidad de una diosa de puntillas.

Perú se resumía bien en Emilia: una naturaleza prodigiosa, una tradición culinaria que hizo célebre Gastón Acurio y una cultura literaria que culminó en Vargas Llosa, el Nobel de los incas. Emilia tenía las tres vocaciones, la tierra, los fogones y los libros. Parecía frágil, en su diabetes crónica, pero hubiera llegado a centenaria si un rayo de mala salud repentina de origen desconocido no la hubiera vencido. Conocí a aquella mujer, como digo, en el peor momento de la historia reciente de Perú, cuando hubo más de 500 muertos, y ya no perdimos el contacto nunca. Sus declaraciones sobre el remezón fueron el primer testimonio que se publicó en España. Era una superviviente tranquila, gozaba de una paz interior que sabía contagiar a los demás. Carecía de los odios mundanos tan comunes.

Conviene retener las lecciones que imparten a menudo las personas que vamos encontrando en el camino. Nada hacía presagiar que Emilia, mi suegra, entrara a formar parte de mi vida estando tan lejos de mi perímetro insular, en la orilla más remota de América, donde nacieran las aventuras de Thor Heyerdahl, a quien conocí por otros lazos del destino. Emilia era una suerte de simbiosis de la peruanidad profunda. Lacónica y sencilla, resumía los encantos de su nación, donde es el mestizaje indígena y cosmopolita de sus lenguas y arquitecturas, sus montañas y desiertos, el extracto de una personalidad singularísima en aquel vasto continente.

Los europeos se sorprenden ante la elocuencia dialéctica de un peruano de a pie, que conversa con cierta sabiduría procedente de sus ancestros y de sus letras. Perú tiene donde elegir voces de profetas para dar al visitante las respuestas que busca. Emilia era una mujer culta de un origen humilde de Villa Rica. No necesitó pasar por la Universidad, conocía los secretos medicinales del campo y apreciaba a los libros tanto como a las plantas. Nada la sobrepasó nunca, ni aquel terremoto que dejó en pie milagrosamente su casa de Camaná, ni los atentados de Sendero Luminoso o Túpac Amaru que rondaron la integridad física de su propia familia. Su historia de superación junto a Ángel Lavado, un autodidacta indómito que venció a la pobreza con una mano al volante de un taxi y la otra entre libros de leyes hasta graduarse de abogado, era digna de una novela latinoamericana de una saga familiar contra viento y marea. Estoy cribando mis cariños más puros, como escribió César Vallejo, para despedir a Emilia desde aquí, tan lejos, “así, muerta inmortal”.

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