tribuna

Eurovisión

Como estaba anunciado, anoche ganó Ucrania Eurovisión. Para algunos, esto demuestra que aún siguen vivos los sentimientos de solidaridad que unen a los pueblos, pero esto se empaña cuando esa adhesión es la prueba de la animadversión hacia la parte contraria. Esta parece ser la verificación de que Europa espera la integración de sus hermanos ucranianos más pronto que tarde, más bien la reclama con urgencia en esa avalancha de votos populares que han aupado a una canción mediocre a lo más alto de un falso mercado. Al final, Eurovisión la gana quién venda más discos, y yo creo que Reino Unido y España serán los triunfadores en este apartado, que, en el fondo, para las productoras, es lo que cuenta. No está de más que este grito esté en el aire; sobre todo cuando Macron ha desempolvado el proyecto de Mitterand de construir una Europa política. Zelenski no está muy conforme con esta idea y ha dicho que es lo mismo que pasa si te invitan a comer y no hay una silla para ti en la mesa. Lo que habría que saber es si en el plan francés, planteado al poco tiempo de la caída del muro de Berlín, también se incluía a Rusia como desiderátum de un territorio europeo único e ideal. Entonces no seríamos tan dependientes de EEUU, ni los rusos del gigante chino. Qué Europa sería esta, la de los antiguos zares defendiéndose de las andanadas de Napoleón al tiempo que envidiaban a las cortes francesas de Versalles, o la de los muros que separaban a la democracia de la dictadura soviética. Tengo la impresión de que es a esto a lo que le hemos dicho no. Por eso desde la otra parte se quejan de rusofobia, que es la respuesta de Hollywood al mantenimiento de un enemigo común del que nos va a defender Schwarzenegger o Bruce Willis. Alguien pensó en aquellos años que podíamos volver a lo de antes, cuando leíamos a Dostoyevski o a Tolstoi y escuchábamos atónitos a Chaikovski o a Korsakov. No fue así, y se dejó pasar el tiempo hasta que se incubara un Putin salido de las ikastolas de la KGB. Ahora es tarde, como decía Rocío Jurado cuando aseguraba que él me dijo que era libre. Ucrania ha ganado Eurovisión y Europa se ha iluminado con las lucecitas de los mecheros que danzan al son de las canciones de moda, aunque esta vez se mecen como homenaje a los héroes que resisten en Mariupol. Este canto no va dirigido a las madres rusas que reciben los cadáveres congelados de sus hijos jóvenes sacrificados en una guerra inútil. Quiero decir que se dedica a insuflar el ánimo en una de las partes, la que se considera más débil, pero que en realidad, en función de su arropamiento internacional, es la que cuenta con mayores soportes. En España estamos contentos porque hemos recibido muchos apoyos de tantos europeos que parecen no querernos tanto. ¿Alguien lo tomará como un reconocimiento político? No lo creo, pero ahí esta la tentación. En realidad el éxito de Chanel ha servido para demostrar que tenían razón los que la eligieron, y que el mundo de las fundamentalistas que apostaron por Rigoberta Bandini y por Tanxugueiras hubiera fracasado a pesar de que Rociíto, en ese alarde de oportunismo que organiza Telecinco, las invitara al festival de la más grande, que era como la Eurovisión de lo que tenemos para andar por casa. Chanel es una cantante nacida en la Habana que se vino a vivir a Olesa de Monserrat con solo tres años. No parece muy castrista, que digamos, y, de alguna forma, representa a esos gusanos tan denostados por nuestra izquierda radical. Además la canción que defendió contiene el desenfado de lo que huye de lo panfletario, con lo que Mercedes Milá no pudo hacer su chiste deslenguado con tetas y culo, para demostrar hasta donde puede desbordarse la aristocracia barcelonesa para quitarse de encima su complejo de clase. Me alegro por Chanel y por España, aunque las intenciones fueran otras. También me alegro por Ucrania, sobre todo porque me ha dado ocasión de escribir estas cosas que pienso para compartirlas con ustedes, estén de acuerdo o no con ellas.

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