tribuna

La paz en los tiempos de la cólera

En agosto de 1990 despegamos a bordo del mítico Concorde hacia París. Un vuelo supersónico de una hora promovido por Cajacanarias en el pájaro icónico de una era de esplendor. Aquellas travesías, que hoy nos resultan embrionarias del futurismo de mentes precursoras como la de Elon Musk, eran como simulacros de una misión espacial de viajeros privilegiados. El avión parecía un cohete inofensivo: salió disparado de Tenerife Sur con su pico de águila afilado como una aguja y un diseño minimalista a bordo para llevar astronautas en lugar de turistas, dispuestos a sentir la explosión sónica al romper la barrera del sonido.

Mi compañero de viaje era un hombre discreto y por alguna razón terminamos hablando de la Luna (quizá porque lo sugería el artefacto que nos transportaba) y de la ubicuidad de los gomeros (que no venía a cuento). De eso conversamos al levantar vuelo en aquel viaje que superaba la velocidad de la rotación de la Tierra y duplicaba la del sonido, con los ojos clavados en el contador electrónico hasta que marcara el ansiado Mach 2. Se me ocurrió la idea de que, pese a la fama legendaria de los gomeros como testigos de grandes acontecimientos de la historia desde Colón, podía pensarse en una salvedad: el primer viaje del hombre a nuestro satélite en 1969. Mi vecino de asiento sonrió: “Yo trabajaba para esa misión en la NASA, era el encargado de vigilar las fluctuaciones del sol”. Se llamaba Félix Herrera Cabello y era gomero. Su nombre se cuela en este artículo que pretende mirar sobre el mundo irreconocible que nos rodea, como si sobrevoláramos Europa otra vez en el Concorde meteóricamente.

A vista de pájaro, este y aquel son como dos planetas dispares, que van por caminos diferentes. Uno conduce a la paz y otro a la guerra. Alguna vez he comentando que en los años 80 y 90 éramos felices y no lo sabíamos. Cruzábamos el charco para ir con cualquier pretexto a América como si tal cosa, teníamos la antena puesta, pero nuestro ámbito de información era geográficamente limitado, antes de la era de Internet, y un día inopinado de aquellos volé a París en el Concorde confiadamente justo al final de la Guerra Fría. Era un instante glorioso de la humanidad, pero no teníamos perspectiva histórica para darnos cuenta de ello. La armonía entre EE.UU. y la URSS era evidente: en aquel mes de agosto de 1990, Bush padre ordenó atacar a las tropas de Sadam Husein, que, como ahora las de Putin en Ucrania, habían invadido Kuwait, y sus sanciones contra el dictador iraquí que desembocaron en la Guerra del Golfo (la famosa Tormenta del Desierto o la madre de todas las batallas) contó con el apoyo incondicional de Gorbachov. Espejismos de la historia, esa guerra emancipadora en Asia Occidental no parecía dañar como ahora la de Ucrania los cimientos de la paz en el resto del globo.

En un contexto de afinidades emprendíamos nuestra aventura de turistas del siglo XXI en el avión que se iba a comer el mundo (sin poder imaginar que diez años después lo retirarían del mercado tras un grave accidente al despegar en el Charles de Gaulle rumbo a Nueva York y chocar contra un hotel). Estaba reciente la Cumbre de Malta entre George Bush y Mijaíl Gorbachov, reunidos en un buque fondeado en las costas de la isla mediterránea, para analizar la nueva situación de Europa tras la caída del muro de Berlín. Volábamos a París en un mundo a salvo. Los líderes de las potencias rivales emitían señales que eran del agrado de los europeos, deseosos de una entente cordiale entre los dos ejes, el sueño de los padres de la UE (que venimos de celebrar el 9 de mayo, Día de Europa, en honor a la Declaración Schuman de 1950). Bush abogaba por la integración de la URSS en la comunidad internacional e invocaba a los grandes empresarios de EE.UU. para que “ayudaran” a Gorbachov. “El mundo termina una época de guerra fría (…) e inicia un período de paz prolongada”, proclamó el padre de la Perestroika. ¿Qué más se podía pedir? Un día Rusia, tras la desintegración de la URSS, barajó incorporarse a la UE. La quimera sería posible en la Tierra antes de colonizar la Luna. El Concorde era un buen sitio para sentirse a bordo de ese mundo idílico de realidades fabulosas.

Era el momento más cordial entre las dos superpotencias de la segunda mitad del siglo XX y cabía soñar en una coexistencia pacífica sin el temor a una nueva guerra mundial. Americanos y soviéticos recortaban su poderío militar en el continente y firmaban en Moscú el famoso Tratado START I de reducción de armas estratégicas que abrió las ventanas a la desnuclearización. ¡Qué tiempos aquellos! Yo no podía adivinar que dos años después del viaje a París en el interior de una auténtica bala iba a conocer personalmente a Gorbachov, que hoy me parece un santo comparado con Putin, como si hubiéramos descendido de los años del paraíso a los del infierno, de la paz de John Lennon a la crueldad genocida de las calles de Bucha y el exterminio de la acería de Azovstal. A tal punto que nunca estuvimos tan cerca de otro conflicto mundial como ahora, si hacemos caso a los voceros del Kremlin Medvédev, Lavrov y Peskov, tras conocer el jueves que Finlandia (y eventualmente Suecia) desea ingresar en la Otan. Europa vuelve a oler el miedo a las armas nucleares, la pataleta final de Putin, tras el desfile aguado del lunes en la Plaza Roja de Moscú, por sus torpezas y errores ucranianas, tal como sostuvo la Inteligencia americana este martes en el Senado en Washington. La UE ya confiesa su disposición a reinventarse mediante nuevos tratados para enfrentar a Putin como el peligro público número uno para la paz.

Aquella sensación adorable de volar desde el Archipiélago en un torpedo resulta ahora inolvidable e irrepetible. Hemos naufragado constantemente en el último bienio hasta hacer de ello una costumbre. Esta es la hora más crítica del planeta que se recuerda. Y ya solo conservo una estela lejana de aquella odisea particular en el Concorde cuando las musas de la paz regían la vida del continente y todo resultaba tan plácido y conciliador. No podría imaginarme ahora a Biden y Putin reencarnando a Bush y Gorbachov. Hemos entrado en pánico. No hay vuelos del Concorde en esta época (ahora se anuncia un sucesor avalado por la NASA dos veces más rápido), ni hay ánimos para pasear por Europa con Ucrania en llamas bombardeada por Putin hasta la extenuación.

Luigi Ferrajoli, el influyente filósofo del derecho, quiere prohibir la guerra. En su nueva obra, a los 81 años, Por una Constitución de la Tierra, invoca una Carta Magna global, que es un ideal que asomó en Roma hace dos años, cuando la pandemia confinaba al mundo, y que ahora, con las garras del dictador ruso sobre las duras espaldas del heroico fortín de Zelenski resuena como una utopía desesperada del raciocinio contra la sinrazón y la cólera.

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