tribuna

Las prisas

Una de las trampas de la escritura es tener prisa. Querer acabar cuanto antes el artículo para enviarlo al periódico o colgarlo en Facebook es un peligro. Menos mal que en el mundo digital se permiten las correcciones y los textos siguen vivos aunque los hayamos dado por finiquitados. Es complicado ese arte de un solo trazo que se realiza como un ejercicio gimnástico. Funciona como la esgrima del pincel atacando al lienzo sin red, cuando no hay marcha atrás y te la juegas a una sola carta. Pero hoy las cosas son diferentes y la comunicación electrónica nos da oportunidades de ensayar hasta dar con la fórmula más apropiada para expresar lo que queremos decir, que es, en realidad, aquello que pensamos. Mucha gente me advierte de que piensa lo mismo que yo, pero no lo sabe decir. Yo les digo que no tengan prisa, que el tiempo, al final, siempre da ocasión para encontrar el modo apropiado. Antes el escritor llevaba unas cuartillas en el bolsillo para entregarlas en la redacción. Había algo de romántico en esto. Siempre una escena de zapatos rotos y abrigos raídos, y además el tiempo que concedía el trayecto para pensar en lo que se había escrito y otorgarle la opción definitiva al visto bueno. Hoy no es así. Le damos a la tecla enviar y el tiempo desaparece en nuestras manos porque la inmediatez es el signo de lo que nos toca vivir. En esa misma fracción se aprieta el botón de la tragedia y revienta una ciudad, mientras contemplamos la escena desde el sillón, en esa ficción doble de la realidad que nos transporta en el espacio al lugar en donde nunca hemos estado. Ucrania es un emplazamiento que la fatalidad ha convertido en algo familiar. Se parece a una ucronía, que es algo que nunca ha sucedido aunque nos lo parezca; un deseo de realidad, o de transformación de la apariencia. Pero desgraciadamente Ucrania no es ucrónica, a pesar de que a sus habitantes se les llame ucranios. Son trampas que nos pone el vocabulario para confundirnos. Por eso, y por otras razones, es conveniente andar con cuidado y sin prisas cuando componemos un texto. Sin embargo, hay cosas que leo que están perfectamente calculadas para confundirme, y entonces empiezo a sospechar que la literatura se ha convertido en una trampa. Una sola palabra, estratégicamente colocada, puede hacer cambiar el sentido de una frase, o poner un acento subliminal para comunicar un mensaje intencionadamente críptico. A eso estamos acostumbrados a diario los que leemos la prensa, porque las noticias se objetivan en función del objeto y del objetivo, como hacen los pintores cuando dejan una niebla invadiendo sus lienzos. Recuerdo las distintas versiones de Monet en su visión de la catedral de Rouen. Esto lo podemos conseguir los escritores si no andamos con prisas, porque son tantas las realidades que se nos presentan para ser descritas que nos resulta obligatorio consumir un tiempo reflexivo para su exposición. Ayer hablaba de cine, y hoy recuerdo un texto de García Escudero que describe la dificultad añadida que tiene el lenguaje de las imágenes para expresar algo que al escritor le resulta tan aparentemente sencillo, como, por ejemplo, hace para definir el estado de una ventana. Se refería a términos como ventana apagada, ventana dormida, ventana melancólica, ventana oculta, donde un adjetivo es capaz de añadir una sensación existencial a un concepto inanimado. ¿Cómo se expresa esto con un fotograma? A veces los amigos me envían textos y mi comentario siempre tiene que ver con el tiempo de cocina. No tengan prisa, les digo. También hay que prestar atención a la pertinencia y a la economía de no andar despilfarrando metáforas y adjetivos innecesarios. Es como si se te fuera la mano en la sal o la pimienta. Un poco de ironía no viene mal, como recomendaba Rilke en sus cartas a un joven poeta. Una mañana me lo tropecé en los jardines de un hotel de Ronda. Era un busto de piedra que recordaba que había estado allí. Luego vi, en un tejado que estaba frente a la cocina de un restaurante, a varias gallinas y un gato esperando a que los cocineros les arrojaran las sobras por un ventanuco. Esto, que parece innecesario, es la guinda que remata a mi escrito. La que indica que me lo pensé y no tuve prisa por terminarlo. Si hubiera corrido más, se me habría escapado este detalle.

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