tribuna

Andalucía

Hoy la prensa debate entre la justificación y la extrapolación, entre lo extraordinario y lo extemporáneo, entre el error y el acierto. Todo esto tiene que ver con la sorpresa, esperada por muchos, en las elecciones andaluzas. Lo asombroso es que a este resultado no se le puede achacar la influencia de acontecimientos externos porque, si tenemos en cuenta esta circunstancia, hay que considerarlo excepcional. Lo digo porque tanto al este como al oeste, en Europa como en América, la tendencia es la contraria, al ver la pérdida de la mayoría de Macron, en Francia, con el crecimiento de Mèlenchon, y el triunfo de Petro, en Colombia. La prensa elige titulares diversos. “Momento de la derecha favorable más allá de Andalucía”, por el que se anuncia la expansión del fenómeno a otros territorios; “Desborde popular”, por el que se mide algo que superó sus propias expectativas; “Una victoria frente a todos”, que es una declaración de su rotundidad; “Andalucía tritura el discurso de la izquierda”, que resumen la derrota de una manera de ejecutar la política; y “Síntoma del regreso al bipartidismo”, un asunto del que llevábamos tiempo hablando, pero que nadie quería reconocer de forma explícita. Alguien comenta que el espíritu del 28 F, aquel que llevó a la región a alcanzar el máximo nivel de su autonomía, ha sido olvidado por las nuevas generaciones y ha cambiado a las esperanzas de mano. Perdonen el verso cervantino que me viene a la cabeza: “es amor tan gran tirano/que olvidado de la fe/ que le guardo siempre en vano,/ hoy con la funda de un pie,/ da a mi esperanza de mano”. ¿Quién ha perdido la esperanza? ¿Qué paraíso se ha frustrado a mitad del camino? Podría entenderse que esa euforia verde y local que hace renacer al andalucismo le ha sido arrebatada a quienes la ostentaron hasta ahora, pero eso sería situar este cambio en el ámbito exclusivo de lo local, salvando a lo nacional del problema. Hay que irse dos años atrás de ese 1980 triunfante, y considerar que lo que se ha venido a salvar es lo que a partir de 1978 constituyó la gran esperanza de los españoles y estaba siendo puesto en peligro, en los últimos tiempos, con el desarrollo errático de acontecimientos inciertos, las más de las veces justificados por mor de la oportunidad y de un mal interpretado maquiavelismo. En Andalucía, siguiendo el símil de Carlos Puebla para la revolución de Castro, “llegó el comandante y mandó a parar”. Esto es lo que ha pasado. El pueblo andaluz ha dicho basta ya, y este grito, aunque algunos medios lo sofoquen y otros no lo quieran entender, es la gran novedad de lo que ocurrió ayer en la tierra de María Santísima. Ahora toca hacer la reflexión a quien corresponda. Andalucía será una mancha de aceite extendiéndose por los campos de Castilla, igual que los versos de Antonio Machado, la sombra de un gran toro que enreda sus rizos en el capote de un torero amigo de Federico, el aire jondo de un cantar que llega hasta las minas del norte, a las plazas donde lucen las ikurriñas y hasta los locales de la plaza real de Barcelona, donde bailaban Carmen Amaya y Vicente Escudero. El esbozo de una sonrisa árabe sigue observando a esta España detrás de un racimo de uvas dulces de Cómpeta, y Málaga y Barcelona se verán nuevamente hermanadas bajo el trazo atrevido de Picasso. No me quiero enrollar con símbolos nacionales que solo harían perder fuerza a la idea que pretendo exponer. Lo de Andalucía ha sido un aviso que va más allá de los análisis de que ha triunfado el buenismo y la moderación. El pueblo ha dicho ya está bien, en cuanto se lo han permitido. Si quien lo tiene que entender no lo entiende peor para él, porque este movimiento ya no hay quien lo pare. Tenemos la oportunidad de subirnos al carro, ahora que todavía estamos a tiempo. Si no, como decía Ramón Gómez de la Serna, habremos perdido el andén.

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