tribuna

El tren de Montilivi

El derbi no deja heridas de pronóstico reservado, sino otra muesca en el pleito insular, que vuelve a sus aposentos. Entre el miércoles y el sábado se estremecieron los cimientos del quebradizo equilibrio regional, en un momento crítico donde los haya, 24 horas después de los discursos complacientes y el buenismo autonomista que corresponde a todo Día de Canarias.

La barricada del fútbol es recurrente pese a la anacrónica nostalgia de la división provincial (el hito del Parlamento de 1983 barrió con los rescoldos del decreto de Primo de Rivera en 1927) y en la franja de una semana de hostilidades regresaron los fantasmas apostados en sus sacos de arena para enfrascarse con el eterno adversario sin tregua hasta el pitido final.

El derbi dio un volantazo a la Canarias profunda, que se tomó esos días de asueto insularista con licencia para disparar las puyas del pique secular por más que veníamos de cantarnos el arrorró en el Guimerá.

Vimos las orejas al lobo pero la sangre no llegó al río. El volantín de Jonathan Viera, del lenguaje desafiante en el Rodríguez López a aceptar la derrota estoicamente en el Siete Palmas, abrió y cerró la caja de Pandora. Y tengamos la fiesta en paz.

Ahora llega el inevitable déjà vu de Montilivi, como si pasara de nuevo aquel tren que nos remonta al Tenerife de Oltra en 2009. Regresamos este sábado al escenario de aquel ascenso en Girona y al gol de Kome en el minuto 40. Pero esta vez el partido decisivo será el domingo siguiente en casa. Seamos conscientes de las paradojas fenotípicas del equipo de Ramis, que es mejor visitante que anfitrión y suele superarse a sí mismo cuando no se siente favorito, motivado más por la dificultad que por el viento a favor.

Algo tiene que ver la memoria de las hazañas de no menos de un tercio del centenario que celebra el Tenerife en esta encrucijada. El manual de Valdano en los años 90 fundó una suerte de épica blanquiazul tan real como el miedo escénico y los sueños de fútbol que predicaba el mismo autor. Una cultura de la gesta que arraigó en nuestro ADN quizá para siempre, fruto de la simbiosis Javier Pérez-Valdano. Con esos atributos fuimos más tarde, en brazos de Heynckes, semifinalistas en la UEFA. Las dos ligas que marró el Madrid en Tenerife a beneficio del Barça de Cruyff fueron una misma reposición del mito de David contra Goliat: con honda y piedra contra el filisteo sin espada en la mano.

Ahora somos dos equipos de fuerzas similares, nosotros quedamos quintos y ellos sextos, y jugamos en casa el segundo y determinante partido. Tenemos que invertir la historia y reinventar en tiempo récord ciertas neuronas blanquiazules, lo cual no es imposible en términos de neuroplasticidad. Sentirnos forasteros en casa y disfrazarnos de Nadal ante Djokovic: el rey modesto de Roland Garros nunca se sintió sobrado. Con esfuerzo y humildad, dijo Aitor Sanz, se ha labrado nuestra historia hasta llegar aquí.

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