tribuna

La máscara

Una máscara, desde marzo de 2020, podríamos suponer que recorre Europa y atraviesa continentes ocultando las señales en su rostro del hambre y el dolor, la mala salud y el miedo por las graves y simultáneas calamidades que asolan el mundo. La máscara nos representa a todos tras la continua pandemia, cuatro meses de guerra en Ucrania, una crisis alimentaria y energética, la espiral inflacionista de estos días y el convencimiento de que viene una nueva recesión. Ese habitante anónimo, que se renueva cada año pasándose el testigo, surca los caminos contando los días que restan de 2022 para fundirse con el horizonte y que otro emisario lo sustituya con sus mismas secuelas pero ya quizá sin embozo, porque el virus haya remitido y porque la fusión de desgracias que da lugar a su desagradable aspecto deje definitivamente de asustarnos. Ese año hipotético seremos libres de nuevo y la máscara ambulante se descubrirá el rostro y se confundirá entre la gente, indultándose para siempre. (Aún no ha llegado ese momento: la COVID no cesa.)

En nuestro caso es plausible esta alegoría, porque celebramos Carnavales. Ese personaje ecléctico que nos sintetiza a todos como un apestado desde que estalló este ciclo de afecciones y aberrantes adversidades no se ha quitado la mascarilla, cuando el resto de la gente ya lo ha hecho, porque en su rostro se resumen las dolencias colectivas y lleva oculta esa fealdad como el fantasma de la ópera.

Un Carnaval extemporáneo como el que celebramos hasta hoy en Santa Cruz hace que esa máscara genérica sea huésped imaginaria de nuestras calles, reducto de un mundo que se escondió durante años de la mirada ajena por temor.

Todo sigue transcurriendo a salto de mata. Un periodo de transformación semejante sólo tendrá sentido cuando pase algún tiempo. Al ensamblar los fenómenos más recientes, resulta un mundo frankenstein propio del momento histórico contrahecho que vivimos. De ahí que el país más poderoso del mundo haya derogado el derecho al aborto y autorizado portar armas por la calle en la misma semana, como si tal cosa.

Dado que bajo la máscara citada hay un mundo deforme y espantoso que da miedo, hemos decidido vivir fingiendo no darnos cuenta del horrible aspecto que adquiere la realidad con cada nueva noticia de tal índole. Estos años 20 se rigen por un desorden que lo desfigura todo. En algunas imágenes de hace un siglo, aquellos felices años 20 recuerdan escenas de esta semana carnavalera en las calles de Santa Cruz, con Joséphine Baker bailando el charlestón en el Folies Bergère de París, y hay muchedumbres en ciudades de los Estados Unidos celebrando la vida a orilla de lagos como el de Michigan que son extrapolables a la Plaza de España junto al muelle en un baile multitudinario. Se salía de una guerra descreyendo de sus efectos retardados como hacemos en esta ficticia postpandemia, pensaban vencer por primera vez al hambre, ignorando que pocos años después les caería encima la Gran Depresión del 29, el crac. Tampoco ahora hacemos esa reflexión, porque añade desasosiego, preferimos vendarnos los ojos, ya no la boca.

Dentro de nuestro frankenstein global, el monstruo que habitamos, vamos dando torpes zancadas. A Putin no le vemos el pelo últimamente y corren rumores de que está enfermo de un cáncer de hueso. El papa apenas se sostiene en pie, y su salud da señales preocupantes. No está Biden para tirar voladores tras caerse de la bicicleta, precedido de aquellos extraños saludos al vacío. Así estamos, en manos de gente que genera dudas, cuando no terror. Es otra suerte de Carnaval perverso, en el que no faltan las sombras chinescas.

Si viene la crisis gorda, que venga, con sus primas de riesgo y sus hombres del frac, su troika, la CE, el BCE y el FMI, como hace un decenio, en que los países frugales nos tachaban de despilfarradores junto a los griegos, y ahora vuelven a la carga.

Se cumplen algunos aniversarios que llaman la atención, como el que recuerda a un Mario Draghi admonitorio, en mitad de la recesión, en 2012, ante los mercados especulativos de la deuda pública: “El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente”. El próximo 26 de julio habrán transcurrido diez años de aquella frase providencial del exgobernador del Banco Central Europeo y actual primer ministro italiano, en Londres, que calmó las aguas y libró a Rajoy del rescate. Fue el día que Fránkfort salvó al euro. Ahora, Lagarde (BCE) repite la escena preventivamente, cuando la inflación desempolva los tipos de interés.

De nada vale enmascarar los hechos actuales. Algunas voces opinan que la situación de Europa es más sólida que entonces, pero venimos de la mayor crisis sanitaria conocida, que debilita a los gobiernos, y estamos inmersos en la guerra de Rusia contra Ucrania, a las puertas de un descalabro alimentario. La cumbre de la OTAN en Madrid esta próxima semana habla del volcán del Sahel, la hambruna, y la frontera canaria con África en ascuas. Y en el corazón de Europa, la crisis energética y bélica arroja situaciones como la de la potencia alemana quemando carbón para paliar los recortes de gas ruso.

Así que el próximo episodio es la economía. Y se cumplen 30 años de aquel célebre latiguillo de la campaña de Bill Clinton contra Bush padre, “es la economía, estúpido”, que acuñó James Carville, el estratega electoral del candidato demócrata. La bancarrota nos cogerá en precampaña electoral. Al instinto de desenterrar a Suárez, como siempre en la antesala de elecciones (Ciudadanos ya se sumerge en el PP), se unirá el hecho indiscutible de apelar a los problemas económicos en el nido de los votos: el hogar familiar. Y aquella sentencia viene como anillo al dedo.

No, estos no son otros felices años 20. Las urnas, donde se saldan las cuentas de la democracia, espolean a esa hija mayor de la política, que es la economía, con la que siempre topamos cuando pasa la fiesta y la calle vuelve a quedar vacía, y en alguna parte se oyen los pasos corales de la máscara, que nos encarna a todos.

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