tribuna

Los dinosaurios

Alguno de mis comunicantes me recomienda que no lea El País. El País es mi fuente de inspiración, es la ventana por la que me asomo a una realidad que debo desentrañar, como esa selva tupida y enmarañada que los héroes tienen que atravesar para llegar al castillo de las princesas cautivas. Esta es mi aventura de cada mañana, llena de sorpresas. Les juro que es apasionante y no voy a dejar de hacerlo por más que el psicólogo no me lo recomiende. Hace varios días que aparece en portada la imagen de un enorme dinosaurio, que es la forma actual de magnificar a las serpientes de verano. Los dinosaurios son animales fantásticos que enervan la imaginación de los más inocentes, emparentados con historias fantásticas de las que son vestigio los dragones echando fuego por la boca. Me he parado a pensar qué se consigue con esto y no me viene a la cabeza otra cosa que el relato político, a fuerza de ensayos inútiles, se ha desprovisto de su posible verosimilitud y ha pasado a ser definitivamente un cuento de hadas y brujas para hacer dormir a los niños. Con motivo de los llamados 25 años de paz, en 1964, se estrenó la película “Franco ese hombre”. Al final, el director, José Luis Sáenz de Heredia entrevista al general y a la pregunta de si es difícil gobernar a los españoles, éste contesta: “Qué va, son muy buenos”. Le faltó decir: “Les cuentas un cuento y se van tranquilos a la cama”. Durante muchos años los muñecos de la tele nos decían cada noche que nos fuéramos a descansar para que al día siguiente pudiéramos madrugar. Era una especie de canto a la productividad pacífica en un mundo basado en el concepto fascista del trabajo, ese que Musolini consagró en el Palazzo de la Civiltá del Lavoro, en las afueras de Roma. Me quedo con este mensaje de paz adormecida, amordazada, que diría Pedro García Cabrera, que hoy renace en forma de dinosaurio en las páginas del rotativo que hace cuarenta años representaba las esperanzas de los ciudadanos hacia una transición de progreso. Pues me parece bien. Resucitamos al monstruo de lago Ness para que la gente se distraiga de los auténticos problemas y al que los denuncie se le acusa de crispar, de subversión y de otras cosas inconfesables. Al fin y al cabo, no hemos dejado de ser lo que somos, lo que hemos sido, unas veces vestidos de caperucita y otras de lobo, pero siempre la misma cosa. ¿Qué hacen tantos dinosaurios en nuestras vidas? me pregunto, y enseguida hallo la respuesta al ver que encarnan a la niña de la familia Telerín que abre el desfile de todos los demás, con sus pijamas puestos, marchando obedientes a la cama donde el sopor de la jornada nos hará soñar con dinosaurios. Quizá me equivoque y sea la advertencia de la llegada de un monstruo que viene a desproveernos del estado del bienestar y a sumergirnos en las cavernas oscuras de tiempos inconfesables. De lo que sí estoy seguro es de que ese periódico lleva una temporada escribiéndose para las mentes blandas de los infantes, en un esfuerzo de salvar algo que se pierde cada día por los sumideros de la desconfianza y la desilusión. No sé si alguien se lo cree, pero para mí supone un ejercicio divertido de adivinación por descubrir cuál es en realidad el gazapo que se pretende ocultar. Ayer decíamos que lo de Argelia no tenía importancia, hoy se asegura que el ministro de Exteriores no viajará a la cumbre de los países americanos. En medio sobrevuela un enorme dinosaurio abriendo el debate sobre cosas que ocurrieron hace 97 millones de años. ¿Dónde estaba yo cuándo eso? Quizá peinándome frente al espejo imaginando que los dinosaurios, que no vi volar entonces, se posan hoy, cada mañana, en el alféizar de mi ventana. Preguntaré a un amigo paleontólogo qué es lo que comen para ponerles algo en el cacharro, como hago con los pajaritos, para que no les falta el alimento. Ya saben: “El canario cuando canta primero parte el alpiste, y tú me partes el alma con las cosas que me dices”. Parece un disparate, pero suena bien y, a veces, es hasta verdad.

TE RECOMENDAMOS