por quÉ no me callo

Sánchez, Feijóo y la pareja de baile

La rabieta de Sánchez por el varapalo electoral andaluz contrasta con la aflicción de Juan Marín, el vicepresidente de la Junta (uno de los últimos mohicanos de Cs) que se ha visto en la calle, sin cartera ni escaño, sin comérselo ni bebérselo, a la sombra de Juanma Moreno Bonilla.

A Saavedra le frustró un bajón electoral en el 87 después de haber puesto los pilares de la autonomía y haber llevado el barco a flote con un protocolo especial en Europa partiendo de la nada. Se operó de la cadera y aunque Hermoso lo fue a visitar predispuesto a un acuerdo, el socialista no quería ni oír hablar del poder después del sinsabor de las urnas, que lo alejaron del cielo de la mayoría absoluta tras acariciarla en el debut.

Felipe González se jactaba de ganar a las encuestas como hizo en las elecciones del 93 y en el 86, cuando convocó el referéndum sobre España en la OTAN, de cuyo ingreso se acaban de cumplir 40 años, a las puertas de la cumbre que arranca mañana en Madrid.

Sánchez es ducho en la materia. Es el único líder de un partido en España que regresó del infierno al que lo expulsaron los suyos, precisamente en una operación que se fraguó en Andalucía, cuando Susana Díaz era Susana Díaz. Es como si Pablo Casado decide vengarse de la campeadora Ayuso y el morigerado Feijóo y vuelve por la puerta grande y defenestra a sus verdugos. O como si el ya difuminado por la historia Hernández Mancha, también breve, se hubiera propuesto resucitar en AP, él que aseguraba haber visto en persona a la Virgen.

Ni la cumbre de la OTAN ni el cheque anticrisis de 200 euros van a consagrar la imagen de un presidente prestigiado o dadivoso bajo la marea azul. Las olas en política tienen su tempus. Casado también vivió la suya, aunque fuera efímera, y Rajoy tenía viento de cola y viento de cara cada equis tiempo y era un alquimista convirtiendo en oro sus siestas plomizas, como cuando exasperaba a Europa dilatando la espera del rescate hasta que Draghi le lanzó un salvavidas y el asunto siguió en la gaveta.

Extraña mucho que un superviviente nato como Sánchez se haya puesto nervioso con el remezón andaluz, y el sábado del Consejo de Ministros arremetiera contra los poderes fácticos y sus terminales políticas y mediáticas. Esa película ya la ha visto y le han faltado reflejos (diría Iván Redondo, tras las cortinas) para poner el cuentakilómetros a cero y aguardar acontecimientos. En Colombia, el izquierdista Gustavo Petro ganó la segunda vuelta pasando a un segundo plano y dejando que los focos desnudaran al esperpéntico Rodolfo Hernandez, que disparaba contra la “politiquería” y la “robadera” disfrazado de Caperucita.

Las próximas elecciones generales no las va a ganar el PP andaluz ni el PSOE catalán. En el duelo Sánchez-Feijóo quedan curvas y baches por sortear, hemerotecas que desempolvar, cadáveres en el armario que airear y demás condimentos nauseabundos de que se compone el menú de la política. Lo que no ignoran, y lo determina todo, ambos contendientes es que ninguno de los dos tendrá la sartén por el mango a solas. Y que la clave es la pareja de baile. Sánchez no las tiene todas consigo con Yolanda Díaz. Pero a Feijóo lo espera para darle el abrazo de Vergara un tal Abascal (Vox), que lo llevaría encantado a la Moncloa, adornada, eso sí, en la entrada con una horca.

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