tribuna

Una clarinada de gloria

Es domingo, 19 de junio, y no hay otro tema de conversación en la isla. Cada hora que pasa nos sentimos compelidos a una cita de rango inusual sin vuelta de hoja. No vamos con una venda en los ojos camino del patíbulo, sino en pos de la gloria. Pero estallan en el aire sensaciones de un trance in extremis. Algo más que un partido, un juego, una competición se decide esta noche, como si nos fuera en ello la vida. Mañana sabremos que no era así. Sin embargo, hoy contenemos la respiración. Nos falta el aire. La risa. Un sencillo minuto de paz. Esta es nuestra batalla contra la pandemia de más de una década lejos de Primera en el curso de cien años que esta noche sobrevuelan el estadio como una bandada de premoniciones.

Albert Camus decía que todo lo que había aprendido “sobre la moral y las obligaciones de los hombres” se lo debía al fútbol. Pero este deporte y las letras arrastraban una leyenda negra de desencuentros que cada vez que un escritor se confesaba futbolero en este país suponía una herejía en la izquierda intelectual de la España posfranquista de mi generación. Que Alberti o Celaya y Benedetti hicieran versos acerca de un balón y que el uruguayo escribiera cuentos al respecto era considerado una boutade intrascendente, un pecado crónico de juventud. Manuel Vázquez Montalbán, culé, y Javier Marías, merengue, tenían célebres desafíoslos lunes en defensa de sus respectivos equipos. El catalán, que metía a Pepe Carvalho en harina de este costal, se me sinceró en una ocasión, en que me habló de sus debilidades sentimentales: llevaba el fútbol en la sangre, como la gastronomía y la condición polaca en la corte del rey Juan Carlos. Montalbán fue el hombre más feliz del mundo con las dos ligas que el Tenerife le obsequió indirectamente a su equipo, el Barça de Cruyff, al derrotar al Madrid consecutivamente en el Rodríguez López.

En la Cuba castrista visité a Benedetti (durante su exilio) y me dio las pistas de esa clase de historias que rondaban su cabeza y que años después, tras concluir con mi hermano Martín el libro sobre la odisea de Valdano en el Tenerife, iban a sernos tan útiles para dar con el título. Buscamos el relato, El césped, y localizamos la confidencia de Benja, uno de sus personajes:

“Nunca se lo he confesado a nadie, dijo Benja pocos días más tarde mientras desayunaban en la cocina, pero a vos quiero contártelo. Tengo sueños, ¿sabes? Todos tenemos, dijo Ale. Sí, pero los míos son sueños de fútbol”.

Cela escribió once cuentos de fútbol, y en uno de ellos inventó un portero izquierdo y otro derecho como cancerberos de la misma portería. Los autores más célebres, algunos de ellos premios Nobel, escribían de fútbol sin rubor porque ese deporte era un rito de la infancia y todos ellos no podían renunciar al niño que sustenta a la especie humana, cuya esencia última es la pasión. Borges sí lo hizo. Nunca vio un partido de fútbol – era casi ciego- y el día del debut del Mundial en su país, Argentina, convocó una conferencia sobre la inmortalidad. También llenó su estadio.

Eduardo Galeano narraba con las venas abiertas de América Latina y nunca pudo reprimir su bondadosa mirada a la grada, el monstruo que desata su ira con lágrimas de bebé en la cuna, irracional e inconsolable.

En las citadas memorias del éxtasis blanquiazul, Valdano. Sueños de fútbol, hicimos incursiones en algunas secuencias que marcaron la ancestral historia del juego, como diría Huizinga. Y entre todas las verdades de esa fantasiosa realidad de este deporte de carne y hueso mientras se vuelve virtual, si me dieran a elegir, siempre volvería a un diálogo de barrio en las profundidades domésticas de cualquier vecindario un domingo como este, en que parece que nos jugamos los últimos 90 minutos de un centenario. Un texto, como verán más adelante, conmovedor.

Era el mítico maracanazo, de 1950, cuando la modesta selección de Uruguay se impuso a Brasil y se coronó campeona del Mundo, liderada por su capitán, el mulato Obdulio Varela, inaugurando la garra charrúa. Uruguay, como nosotros, es un paisito y ademas tenemos en común que su capital, Montevideo, fue fundada en el siglo XVIII por familias canarias que partieron de Santa Cruz de Tenerife. Esta fue una crónica dialogada del partido, aparecida en un diario de esa ciudad pariente nuestra. La firmó César Pupo, El Hachero, y Galeano la recogió en una de sus obras, Su majestad el fútbol. Esta charla imaginaria de un matrimonio de hinchas uruguayos podemos suscribirla hoy. Es una pieza inigualable que expresa el clima de emoción patológica que impregna el suspense de una gesta futbolística, extrapolable a cualquier escenario de las periferias del fútbol, donde se labran esta clase de consagraciones de enorme repercusión social. Les dejo con el magistral cuadro escénico de aquella proeza futbolística, un domingo como este de hace casi 75 años:

“Cuando me vio llegar esa tarde se alarmó. Dejó sobre la silla el frasquito de pintarse las uñas y corrió hacia mí, haciendo sonar los zuequitos de baño.

-Negro, vos tas enfermo -advirtió.

-Sí, estoy.

Me metí en la cama y trajo una bolsa de agua caliente que era lo que usaba para todas las enfermedades…

-En seguida te componés -decía segura-. Hoy hay partido de fóbal, ?no?

-Sí, hay…

¡Qué minutos de martirio; qué horas de ansiedad, de sufrimiento, de tortura, aquella tarde terrible!

De repente se abrió la puerta y llegó una clarinada de gloria, el grito de la calle: ‘¡Uruguay! !Uruguay!’

-¡Vieja, vieja, vení!

-¿Ganaron los uruguayos?

-Sí, ganaron, querida, sí…

-Viejo, ¿tas yorando?

-Sí, estoy.

-¿Como cuando la perrera nos llevó al Pibe?

-Sí.

-¿Como cuando nos peliamos y encontrás la cama vacía?

-Sí.

-¿Como cuando creíste que me moría?

-Sí…, igual…, igual…

Montevideo volvió a ser nuestro, a darnos su amor, a entregársenos, grande, fuerte, victorioso, como aquellos once varones que también tenían adentro el fuego sagrado de un amor inmenso”.

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