tribuna

El arte de mirar para otro lado

Todo esto comenzó en 2020, en el umbral de la década. Y en el corto espacio de un bienio y medio las cosas han tomado el cariz que conocemos, nos guste o no. Tan acostumbrados estamos a vivir en la proeza e inestabilidad que vamos pasando páginas sin esperar a que acaben los acontecimientos, girando la cabeza.

Nos cansa la pandemia y la hemos jubilado, para seguir viviendo como si ya no rigiera nuestro destino. Creo que es la primera vez en la historia que se ensaya un método así, un apagón oficial, y no está mal del todo, funciona, hemos celebrado Carnavales sin rémora y seguimos tan campantes. Quizá hemos aprendido algo, que las desgracias se perpetúan con la obcecación y al quitarles el foco se disuelven. También estamos aplicando esa estrategia evasiva con la guerra. En los primeros días y semanas concentró nuestra atención compulsivamente, ahora la asumimos y forma parte del dietario doméstico, se incorpora a la mochila como una piedra más en la resaca gibosa de esta huida hacia adelante. Y, por último, pese a que cada mañana nos despiertan anunciando por megafonía una torrencial recesión, hemos decidido salir de vacaciones y seguir echando días para atrás dando apariencia de normalidad al circunloquio del apocalipsis. No seremos felices como antes, pero aplicamos eso que llaman una vida cómoda en la incomodidad.

Además, conviene rebuscar las buenas noticias para darles vela en este entierro. Porque siguen sucediendo cosas extraordinarias como siempre, cuya notoriedad declinaba a medida que el olfato lo habíamos entrenado en la mala racha. La forma, entre fáustica y cachonda, de dimitir de Boris Johnson, el gran mentiroso de esta ópera, responde a ese estado sutil de pasar página, quitándole yerro al asunto, como propio de un tiempo frívolo y banal, que premia y castiga a toda prisa a unos y a otros en medio de una pandemia y una guerra, a las que restamos significación apartando la vista. Es que perdemos la dimensión de la losa que tenemos encima, y no es lo mismo una crisis política en un país poderoso e influyente como Reino Unido (integrante del selecto Gran Hermano del G-7) antes de que pasara todo esto que ahora en que desayunamos como si nada leyendo en la prensa que Europa se asoma al abismo y se prepara para una tercera guerra mundial. Y no se nos derrama el café encima ni nos atragantamos por ello. Es parte de la nueva liturgia. El homo pandemicus es un sujeto forjado en la cultura del desastre y no se inmuta. No es que nos hayamos vuelto unos insensatos, sino que hemos visto burros volando y ya nada nos sorprende. Las mendacidades de Johnson no son más extravagantes que las de Trump, al que ya padecimos; este al menos es un tipo culto y disparatado que, mientras el resto hacia corrillo obediente en torno a Biden, recorría las salas del Museo del Prado contemplando las obras de arte antes de la cena de la OTAN. Cierto que siendo periodista, The Times lo echó por falsedades en un artículo de becario. Y que era el corresponsal favorito de Margaret Tatcher en Bruselas porque alentaba el euroescepticismo desde el Daily Telegraph con burlas como que Bruselas iba a regular el tamaño de los plátanos y a acortar los condones. Genio y figura hasta la sepultura.

Nos hemos curtido en tiempo récord para soportar la presión. Cuando alguien le cuente a sus nietos este periodo, que estoy seguro que acabará bien y el futuro será más decente de lo que tememos, pondrá el acento en los hechos más relevantes y los personajes más excéntricos. Y entre estos, sobresale Boris Johnson, el experiodista sagaz y falaz que engañó a los ingleses con el brexit tramposo aseverando que a su país le costaba la UE 350 millones de libras a la semana que vendrían muy bien para la sanidad pública, y empapeló una guagua con el fake.

Nadie apostaría este domingo por el mundo que nos espera detrás de las cortinas de mañana lunes. Y, sin embargo, es un día que Alemania tiene marcado en rojo en su calendario. Porque está previsto el inicio de las labores de mantenimiento anuales del gasoducto Nord Stream, que transporta gas ruso al país germano a través del mar Báltico. Y en Berlín sospechan que Putin aprovechará un parón rutinario de diez días para convertirlo en definitivo. Gazprom, la empresa estatal rusa, ya ha reducido el flujo un 60% aduciendo incidencias debidas a las sanciones contra Moscú. No es ninguna coña, el cierre del grifo por parte del Kremlin traerá consigo un cambio drástico de los modos de vida en Europa. Los ministros de Energía de la UE se reunirán este mes temiendo lo peor para establecer planes de contingencia extrema en un escenario que la española Teresa Ribera, la ministra del ramo, dice que obligará a una táctica de trincheras de Verdún, recordando la batalla más cruenta de la I Guerra Mundial. En esa distopía tan inminente, las regasificadoras españolas deberán acudir en auxilio de Italia y Alemania, donde ya se desempolvan las viejas plantas de carbón. De esta manera se han caído paradigmas ecologistas de los años 60 y 70, con la rehabilitación de las centrales nucleares junto al gas como energías tan campanudamente renovables como la solar o eólica. La Europa de la segunda mitad de este siniestramente adorable 2022 nos reserva algunas prescripciones de supervivencia, ante el colapso energético de la guerra de Putin, que la hace, de facto, una guerra paneuropea. El verano será una prueba de fuego que obligará a restringir el uso del aire acondicionado (como en otoño sucederá en el continente con la calefacción). Y en breve nos pedirán cambiar los hábitos de desplazamiento para evitar el coche y hasta el transporte público y procurar ir a los sitios andando. Francia adopta una economía de guerra y Alemania vuelve a la austeridad. En Suecia y Finlandia se proveen de kits de emergencia para 72 horas. El motín esrilanqués, con la casa del primer ministro en llamas por la crisis económica, no es buen presagio.

Nada de ello es óbice para que los canarios sigamos confiando, en nuestra realidad paralela, en que los turistas no nos abandonen y en que una España resucitada celebre en nuestras islas cumbres pomposas cuando presida su semestre comunitario de 2023. No es que vivamos, ciertamente, en un paraíso, ajenos a las bombas de Ucrania, a la crisis energética y la posible recesión, sino que hemos aprendido el nuevo manual de supervivencia, tras dos años y medio de mili. Y por eso, al igual que Boris Johnson se entretenía contemplando los cuadros del Prado bajo su particular tormenta, dos de nuestros diputados han puesto el foco en los lienzos coloniales del Parlamento. El arte de mirar para otro lado.

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