tribuna

Entrevista a la desesperada

Aún no había desaparecido el eco del éxito de la cumbre de la OTAN y la maravillosa cena del Prado, incluyendo la mesa de acompañantes, cuando Ferreras ha ido corriendo a donde Sánchez para hacer el resumen de los acontecimientos. El presidente quería hablar después de lo de Andalucía, pero había preferido no hacerlo antes de la exhibición de sobajeo con Biden y demás mandatarios. Se ve que esquivaba cualquier tipo de polémica en este aspecto hasta que le sorprendieron los datos del INE, con ese fatídico 10,2 % de IPC. Cualquiera puede darse cuenta de que el auténtico drama es que el PP haya conseguido gobernar en solitario en la tierra de María Santísima, haciendo desaparecer el fantasma terrorífico de VOX, que era la gran baza de la izquierda para justificar el miedo escénico. Había que sustituir al fantasma y ha cambiado rápidamente a la amenaza de la ultraderecha por la de un impreciso interés oscuro donde se confabulan organizaciones empresariales, con el hombre del puro de toda la vida, el contubernio judeomasónico del otro lado y el acoso mediático para derribar a su Gobierno. Leyendo los principales periódicos y viendo las cadenas generalistas de televisión esto es difícil de entender, pero bueno, cada cual tiene su óptica. Lo malo es que la de Moncloa sigue coincidiendo con la del partido, sin darse cuenta de que la sociedad es algo más que los leales. En ese error lleva demasiado tiempo, y es una de las causas de la ausencia de autocrítica y de la pérdida real de sus expectativas electorales. Es arriesgado echar la culpa de la crisis a las empresas porque una presión sobre ellas, a la que siempre se ha negado pese a las exigencias de sus socios de coalición, no conseguiría otra cosa que elevar los índices económicos negativos. Lo peor del caso es que lo sabe; por eso considero que sus declaraciones al periodista de la Sexta son producto de una desesperación casi suicida. Alguien en El País lo ha asimilado con Obi-Wan Kenobi. La última entrega que vi de la Guerra de las Galaxias fue en un cine de Barcelona, en el barrio de Gracia. Era en catalán, subtitulada, y me resultó complicado de entender, salvo los rebuznos de Chewbacca. La princesa Leia se ha envejecido y Skywalker ha perdido su agilidad. Se ha convertido en una historia de pequeños seres que corren en una selva de balas trazadoras y explosivos propios de fuegos artificiales, con máquinas de guerra que se parecen a las catapultas animadas de un mundo medieval de ensoñación. La guerra de las Galaxias es un repertorio agónico de lo que ya no tiene nada que contar, de aquí que el símil que se hace con la postura del presidente es una imagen agotada e inservible. Más bien parece que la fábrica se quedó sin ideas, como le está ocurriendo al Sálvame de Jorge Javier, al que ya no le cabe un brilli brilli ni una lentejuela más en el smoking. El escenario que se nos intenta trasladar es la resurrección del Madrid de don Santiago Bernabéu, con el humo de los habanos inundando el estadio. No es así la cosa, porque eso es insultar a la otra parte de España que padece su hartazgo en silencio, la que hace números para llenar el depósito de gasolina y la quieren hacer volver a aquello de “no me importa que suba, yo siempre le pongo veinte euros”. Se anuncia un otoño frío, pero de todo eso la culpa la tienen la pandemia, Filomena, el volcán, Putin y las empresas de las energéticas, además de los camioneros díscolos. Cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que eso no es así. Además, también conoce el riesgo que entraña provocar el eterno enfrentamiento de la lucha de clases, sobre todo cuando se recurre a él con la única intención de salvar el culo, y no el de las Tres Gracias, precisamente.

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