tribuna

Miguel Ángel Asturias: un viaje a Tenerife

Hace 355 años fallecía en Guatemala el hermano Pedro. Hace medio siglo, a mediados de los años 70, llegaron a la isla Miguel Ángel Asturias y su esposa, Blanca de Mora y Araujo. Procedían de Dakar, a donde fueron invitados por el presidente de Senegal, Léopold Sédar Senghor, el gran poeta de la negritud, cuyo amigo canario Pedro García Cabrera aún vivía en Santa Cruz, septuagenario.

Nosotros (Zenaido, Martín y yo) éramos adolescentes y documentados. Esto último por los estímulos constantes que recibíamos de Alfonso García Ramos, que nos instruyó en la escuela de La Tarde como cuando con 12 años don Víctor Zurita me dio el plácet del vespertino publicándome un soneto y una crónica de debut. El viaje del Nobel guatemalteco y su compañera a Tenerife no tenía carácter turístico en aquella década de la recesión petrolera y las dictaduras proyanquis latinoamericanas. Era el año de su muerte. Estaba enfermo y el autor de Hombres de maíz y El señor Presidente se trasladaba a la tierra de los guanches homólogos de sus mayas en un país que aún gobernaba un dictador (los dos trasuntos de sus célebres novelas) con un propósito sentimental, íntimo y definitivo: ver la cueva del hermano Pedro antes de morir.

Los tres les dimos la bienvenida, departimos con ellos con el parentesco que daba la lengua, tan cercana la mirada antropológica de Asturias a ojos de un lector insular. Don Miguel Ángel se sentía en casa y era un huésped autorizado a enmendarnos la plana por la desidia que vio en la legendaria gruta del hermano Pedro cuando todavía no éramos conscientes de su huella fundamental en Centroamérica. La Iglesia institucional lo consideraba venerable, pero todavía no beato ni santo. Asturias vino a caminar, escuchar y hablar. Dio conferencias en Gran Canaria, el Puerto de la Cruz y la Universidad de La Laguna. Escuchó a Los Sabandeños en la ciudad turística de la Isla, y dijo “se percibe el puente que nos une”. En El canto de las Afortunadas sobre el grupo de Sabanda incluimos su foto escribiendo en una servilleta tras el recital folclórico: “Mientras no nos liberemos, necesario es cantar”. Guatemala, Centroamérica y el traspatio latinoamericano donde el Tío Sam apesebraba a sus dictadores eran en los años 70 escenario de una insurgencia política de la que estábamos tan al tanto en Canarias. Pronto cruzarían el charco para refugiarse en nuestra islas poetas como Hamlet Lima Quintana y Armando Tejada Gómez, con quienes enseguida trabamos amistad. Venían al caravasar isleño artistas perseguidos por regímenes totalitarios, cuando nosotros despedíamos a Franco y expulsábamos los demonios de la represión en la catarsis de la transición democrática. Hablo de un tiempo remoto y, sin embargo, siento que son de máxima actualidad.

Miguel Ángel Asturias llegó a Tenerife el 13 de enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado de Pinochet a Allende financiado por la CIA. En Canarias estábamos al día del pulso político de América, cuando Europa nos parecía más lejos. Esa diferencia en nuestra idiosincrasia en base a una medición sentimental de la distancia es la que distingue la visión europea actual del canario de su visión americanista de entonces. El pinochetazo del 11 de septiembre del 73 en Chile era un asunto internacional de primer orden en estas islas, que contaban las últimas horas del franquismo. Un día, 17 años después, los chilenos serían nuevamente libres.

Asturias no vivió para verlo, pues falleció en Madrid el 9 de junio de aquel mismo año 1974 (con 74 años) por un proceso respiratorio agudo poco después de ser intervenido de pólipos cancerosos intestinales. Zenaido lo visitó en la clínica en Madrid y doña Blanca (que viviría 97 años) mandó recuerdos para el hermano Pedro y para Los Sabandeños, los Wildpret y Constantino Aznar.

El escritor no ocultó su desolación ante el estado de la cueva del pastor chasnero en el Barranco de los Balos, a donde iba con su rebaño hasta un abrevadero natural y oraba a buen recaudo de las batidas de los piratas. Ese espacio hoy posee la dimensión sagrada y cultural que demandaba Asturias con su presencia. Posee rango de BIC y congrega a multitudes en su entorno para recordar la ruta del célebre cabrero, a través de Granadilla, camino de su Vilaflor natal, como recordaba ayer en este periódico Juan Carlos Mateu.

El idilio de los guatemaltecos con el humilde misionero franciscano que emigró joven a Cuba, Honduras y el país de Asturias, era, ha sido y es uno de los hitos más reconocidos de la historia universal de la caridad que desembocó siglos más tarde en la noción moderna de benevolencia. Don Miguel Ángel lo llamaba continuamente santo en su peregrinación por la isla. “17 de enero de 1974; estuvimos aquí para llamarte santo porque santo eres”, escribió en el libro de visitas, y doña Blanca no dudó en añadir ruegos de salud para su esposo y toda su familia. Faltaban 28 años para que Juan Pablo II lo canonizara en Guatemala, hace ahora justo dos décadas (2002-2022). En el Radio Club de Paco Padrón habíamos hecho ya en los 80 un despliegue excepcional con motivo de la beatificación del hermano Pedro y el padre Anchieta por el mismo papa, que era polaco pero hizo históricos viajes a América, como el de la Cuba de Fidel.

El himno de dos pueblos, Guatemala y Tenerife (y Canarias), en honor de un modesto alfabetizador y apóstol de los pobres que creó escuelas y hospitales, acuñó el concepto de convalecencia para los enfermos y fundó su orden bethlemita portando un crucifijo, una sencilla campana y un báculo al estilo de la añepa guanche, sigue siendo, siglos después, uno de los ejemplos más entrañables y sugerentes de la estrecha relación existente entre Canarias y América.

El padre José de Anchieta y el hermano Pedro nunca se conocieron. Apenas un cuarto de siglo separó sus vidas, que discurrieron, de norte a sur, en un mismo continente. Ambos tenían un mismo don, la solidaridad, esa bomba capaz de acallar armas y proteger vidas. Son santos heroicos, como los ángeles valientes de las Torres Gemelas y el pueblo de Ucrania, que llevan consigo la vacuna que salva al mundo.

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