tribuna

Decadencia

Por qué ha ido Nancy Pelosi a Taiwán? No encuentro ninguna razón para justificarlo, pero eso no quiere decir que no las haya, o, si las hay, sean entendibles para mí. Me da la impresión de que en EE.UU. están necesitados de gestos de testosterona para superar las malas expectativas frente a los republicanos. Estas actitudes van dirigidas a la ampliación del frente de batalla, que es el título de una novela de Houellebecq, y que ahora supone el alargamiento del conflicto de Ucrania. Parece que esto se ha convertido en un asunto de mujeres, desde la portada de Zelenska en el Vogue.

El viejo Biden no se ha atrevido a criticar el viaje, pero ha dado un golpe de mano para ocupar las primeras páginas de la prensa internacional con la muerte del líder de Al Qaeda, Ayman al Zauahiri. Era insostenible que se paseara por Kabul después del abandono de Afganistán y de la promesa de los talibanes de no tratar con terroristas. Esto demuestra que los grupos antisistema juegan un papel más importante del que creemos en el juego democrático.

Mientras tanto, el occidente en que vivimos, cuya decadencia fue anunciada hace muchos años, contempla impertérrito los movimientos que acrecientan su deterioro. Alguien dice que Europa acabará convirtiéndose en un museo, en una plataforma cultural para mostrar un mundo que es sustituido por otro. La imagen de los mandatarios de la OTAN admirando las pinturas del Prado es muy significativa en este sentido. Aquí están los cuadros, pero las decisiones que más nos afectan se toman desde la Casa Blanca o desde el Pentágono, y ahora desde el Congreso, cuya presidenta decide ir a Taiwán a meterle el dedo en el ojo a los chinos.

Esta democracia tan perfeccionada consigue alejar cada vez más a los ciudadanos de las decisiones importantes y de sus consecuencias. Hace unos días Anabel Pantoja ha enseñado el culo delante de la Puerta de Alcalá. ¿Qué quiere decir esto? Le preguntaré a Víctor Manuel si ha sido superada la visión del miralá, miralá, por las nalgas de una influencer. Ya no sé ante quién se quitó Carlos III el sombrero. ¿Qué mejor imagen de la decadencia que esta? Antes se cantaba aquello de “con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen los gaditanos tirabuzones”, como el desprecio a la muerte tan habitual que ejercen los novios que cargan al Cristo de Mena todos los años por semana santa. Siempre hay un símil guerrero en los aspectos belicosos del folclore. Dice una jota que “aunque pongan en el puente cañones de artillería, tengo de pasar a verte artillera de mi vida”; y una copla escuchada a los Rodríguez de Milán, con reminiscencias caribeñas insiste en que: “La Habana con ser La Habana no tiene tantos cañones como tiene mi morena en el pelo caracoles”.

Zelenska en el Vogue, Pelosi en Taiwán, que me perdonen las feministas, y Pantoja delante de la Puerta de Alcalá, me indican que tienen razón los que dicen que acabaremos siendo el plató del mundo. Ese lugar donde recordar ruinas, donde hacer que una vieja partitura sea un hallazgo para clasificar, donde un tratado de filosofía en alemán, quizá ya no encierre alguna idea que sea de interés para el mundo en que vivimos, donde una novela es el recuerdo de una vieja ciudad que ya no tiene sentido. Qué disparate. Un anciano jugando a la caza del zorro con un dron cargado de misiles, una señora política provocando en la otra esquina del mundo, y aquí una estrella de Telecinco dispuesta a convertirse en el debate de lo nacional mientras nos advierten de que nos vamos a achicharrar con un sol que se ha vuelto loco.

Yo viví un tiempo en el que las camas se calentaban con botellas de agua caliente y en el campo, en el tiempo de vacaciones, nos alumbrábamos con velas y quinqués. Había una guerra en Europa y en España acabábamos de salir de otra con efectos dramáticos. Ahorrábamos y nadie se moría por eso. Nunca sentí la sensación de que algo se iba a terminar para siempre. Al contrario, tenía ganas de aprender y mantenía la esperanza de que los hombres volveríamos a ser la imagen del progreso. Del progreso individual de cada uno de nosotros, ese que nos conduce a entender a lo que nos rodea y que no tiene nada que ver con el llamado progresismo. Una pregunta que se hacían los griegos antiguos y que parece que hoy no sirve para nada.

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