tribuna

La hora de la reina del Meridiano de Greenwich

Si Nelson hubiera conquistado Santa Cruz de Tenerife en 1797 y dominado, acto seguido, el conjunto del Archipiélago, la historia dice que los canarios habríamos sido ingleses y ahora estaríamos de luto por la muerte de nuestra reina. Se desconoce el contenido del diario que Isabel II fue escribiendo a lo largo de su vida. Es posible que en alguna página de ese memorial de la monarca más longeva del planeta figure con cualquier pretexto la palabra Tenerife, porque en casi cien años de vida es casi imposible que la matriarca de los ingleses no haya conocido ninguna anécdota que registrar acerca de la isla de descanso favorita de sus súbditos, desde Agatha Christie a Los Beatles pasando por Winston Churchill y Bertrand Russell, que ya es decir.
No estamos en un instante cualquiera de la historia universal. Sino en una suerte de gran caída del telón, con una mancha de vino sobre el escenario que recuerda la efigie de Gorbachov y, entre los fetiches de la reina, un bolso de asa corta en negro charol, el bolso que hablaba, según lo cambiara de mano o pusiera en el suelo.
Acaba de morir el último presidente de la URSS y pocos días después lo ha hecho también la reina de Inglaterra, dos coetáneos de la segunda mitad del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI. Dos supervivientes de excepción, testigos de un cambio de era. Si el último presidente soviético no hubiera restablecido el orden natural de las cosas abriendo paso al arroyo de la paz sobre los cascotes del muro de Berlín y hubiera sellado, a su vez, acuerdos providenciales sobre el desarme, es posible que hoy estaríamos hablando, ya no de Ucrania, sino de la ucronía de lo que pudo ser y no ser en nuestro mundo pasado y actual. Y a la reina británica hay que reconocerle un don que ayudó a la estabilidad en todas las tormentas que sufrió en vida, desde el sórdido matrimonio de su hijo Carlos con Lady Di hasta el brexit que desafió la hasta entonces arquitectura inconsútil de la Unión Europea. Isabel II, como aquel rey de la leyenda al que un sabio de su corte le aconsejó llevar impreso un lema en su anillo que decía, “esto también pasará”, se aplicó el cuento a rajatabla.
Los canarios, y en particular los tinerfeños, hemos sido muy anglófilos cuando en la II Guerra Mundial los germanófilos gozaban de grandes simpatías en la España y Europa divididas entre los Aliados y el Eje. Tenía Isabel II 15 años, siendo todavía princesa, cuando Winston Churchill, en plena ofensiva de Hitler, allá por 1941, concibió la idea de invadir Canarias (la segunda vez que el destino tentó nuestra condición inglesa subliminal) bajo el reinado de su padre, Jorge VI. La famosa operación Pilgrim (también bautizada con otros nombres como Puma, Chutney o Tonic) se suspendió por uno de esos golpes del azar que ya se ocupa de explicarnos la historia contrafactual con evidente reincidencia en nuestro caso. Lo que pudo ocurrir y no ocurrió en el último momento. Todo hacía suponer que Hitler ocuparía Gibraltar con la connivencia de Franco en enero de 1941 (tema de la célebre entrevista de los dos dictadores en Hendaya tres meses antes) e, incluso, Canarias (la operación Félix implicaba las dos cosas de una tacada). Si bien Nelson, en tiempos del rey Jorge III del Reino Unido, quiso tomar las Islas en el siglo XVIII empezando por Tenerife, y Churchill, con Jorge VI, el padre de Isabel II, se proponía hacerlo en el siglo XX apoderándose primero de Gran Canaria, lo cierto es que en las dos circunstancias Canarias estuvo cerca de ser inglesa y, vista la posterior atomización del imperio, quién sabe si, como excolonia británica, hoy hubiéramos pertenecido a la Commonwealth, con la bandera a media asta.
Nuestros lazos reales (en términos de realidad, sin los malabares de la historia alternativa que tanto juego da en ocasiones como esta) se han centrado en una estrecha relación turística. Antes fue, incluso, muy cercana en el ámbito comercial y a la reina no había que explicarle por qué en el barrio de Tower Hamlets al pequeño Nueva York londinense se le llama Canary Wharf, el muelle canario, tras una larga en intensa conexión marítima con las exportaciones agrícolas de nuestras islas en años de esplendor anteriores a la segunda gran guerra. De esas reminiscencias surge la moderna cosmovisión de los rascacielos actuales tras las reformas de Margaret Thtatcher en los años 80.
Como suele decirse, la reina inglesa sabía la biblia (se cuenta que incluso había querido memorizarla). Si, asediada por las desgracias familiares, el divorcio de su hijo Andrés y Sarah Ferguson, y las infidelidades de Carlos y Diana de Gales, dio nombre a su calvario en un discurso en 1992 calificándolo de “annus horribilis”, hoy tomamos nota de sus palabras, tras vivir años ciertamente horribles que se han encadenado hasta su propia muerte. A 2022, que iba a ser pospandémico y balsámico tras un bienio negro, le hemos visto las orejas desde febrero, con la invasión de Ucrania. Y ahora suma a su currículum las muertes de Gorbachov y de Isabel II, la reina que recorrió a pie la alfombra de flores que la gente había depositado con duelo y rabia hacia la Corona delante del palacio de Buckingham cuando Lady Di perdió la vida tras el accidente en el túnel parisino del Puente del Alma hace 25 años. Ese día la reina humillada se ganó el perdón de su pueblo. No lo tuvo fácil con los disgustos familiares tapando agujeros hasta sus últimos dias, o comprando silencios para salvar a su hijo Andrés de amistades tan peligrosas como Jeffrey Epstein. En efecto, lo había vivido (y acaso bebido, según las malas lenguas) todo. Pero no quiso irse hasta dar la bienvenida a la nueva premier, Liz Truss, y dejar a su país en orden, con un nuevo gobierno. Fuera ella o un doble, como cabe fabular en esa tesitura de los dioses terrenales moribundos, la reina sabía, como todo mortal, que llegaría su hora, la del Meridiano de Greenwich (Londres), que se lo arrebató a Canarias, a El Hierro, hace más de cien años. Descanse en paz.

TE PUEDE INTERESAR