por qué no me callo

Las memorias de Chaves

Andrés Chaves no tiene patente de corso, pero en más de medio siglo de periodismo ha construido un personaje que se saltaba los cánones del oficio y libraba batallas de gallardete con calavera y huesos cruzados. He leído sus Memorias ligeras, que edita La Gaveta Económica, y el personaje confiesa, como Neruda, que ha vivido, pero, en su caso, sin cortarse un pelo.

No es el superconfidencial de la vida secreta de Chaves. Reconoce que se guarda intimidades y omite lo que le da la gana, pero el lector se divierte con la excentricidad del autor, cuya única verdad irrefutable es que ama a sus hijas y a Mini, su perra. Hubo una época en que los escritores posaban con sus mascotas, Cortázar o Hemingway con sus gatos. Sin embargo, la portada se la cede a su amigo Antonio Cubillo, en el viaje de vuelta, cazado por el fotógrafo Gustavo Armas.

Las memorias son la autopsia del propio forense abierto en canal ante el espejo. Aquí Andrés Chaves cuenta que se le apareció un muerto afilado y gris llamado don Elcear, y no da más detalles. Que un preso le envió un dedo con una carta, ahora que está de moda enviar por correo ojos ensangrentados a las embajadas de Ucrania. Otras veces le rajaron las cuatro ruedas del coche. Pero las memorias de Chaves no destilan rencor. Y son fieles a la prosa bienhumorada y las dosis de morbo de su autor, que pide disculpas y se arrepiente de todo.

Con lo que cuenta y lo que calla, uno siempre podrá preguntarse por qué no hizo carrera en una gran capital y no en una capital de provincia. Es el bostezo isleño, que Unamuno, al vernos, llamó soñarrera. Sospecho que en esa desidia de muchos canarios, capaces de viajar a todas partes y de no afincarse en Madrid o París, reside un acto inconsciente de no perder el sitio y acaso la felicidad insuperable de vivir en estas islas. El isleño interiormente sabe que no hay más verdad que la isla ni un lugar mejor. Que otros vienen de fuera a triunfar aquí y no al revés. Perder el sitio. Esa mala pasada. Y, en efecto, vienen otros a buscar el éxito: Saramago vino a Canarias y ganó el Nobel.

Chaves sabe lo que Andrés se calla, pero acaba soltándolo. El niño que conoció a Churchill en el Lido San Telmo de la mano de su padre ajusta cuentas con su pasado rinde tributo a sus abuelos paternos, porque lo criaron con amor. De sus entrevistas deliciosas, cita las de Marisol o Alicia Navarro. Pero también se acuerda de la grada del Estadio que se le volvió en contra porque opinó que había sido penalti contra el Tenerife y tuvo que salir escoltado por la policía. De la vez que le colgaron en la puerta de su casa una gallina muerta porque hizo correr el rumor de que se presentaría a alcalde del Puerto de la Cruz. O de una agresión femenina que sufrió en un restaurante por un malentendido. De la mirada de un desconocido que le apuntó con una revólver en Nueva York. De la vez que estuvo a punto de ser devorado por las llamas de un incendio. De la persistente amenaza de sufrir un accidente aéreo con la incontinencia de volar.

Se trata de un bon vivant de la cofradía del dolce farniente. No se le confunda con un vago. No ha hecho otra cosa que trabajar en el filo de una navaja que diseñó a propósito. Chaves viene de una familia con posibles que sorteó dificultades, vio vender la casa de la infancia y no encontró otra igual el resto de su vida. Nadie le discute esa cornucopia, salvo que confundiera el oficio a tal fin, pues el periodista, tarde o temprano, sale con el rabo entre las piernas, como el primer mensajero mitológico, el pájaro que informó a Apolo de la infidelidad de su amada, y fue condenado por ser portador de malas noticias a croar en lugar de cantar.

En el ranking de enfant terribles de cinco estrellas, Chaves profesa sus simpatías por González Ruano y Umbral, de gustos refinados. Las amistades de este periodista enemistado con medio mundo le han sido leales y duraderas. Amigo de Cubillo, de cuya muerte se cumplen diez años este sábado y que trató sin éxito de liberar a Canarias de España con bombas lapa en las ondas de Argel, y de Ángel Isidro Guimerá, abogado conservador que llegó a liderar el PP canario, o del sindicalista Justo Fernández, famoso por incendiar la banca con las huelgas de UGT, y de Juan-Manuel García Ramos, diputado dirigente del PNC, autor del prólogo de estas memorias. Juntos todos ellos hicieron aquella tertulia mordaz de El Perenquén en el Canal 7 de Paco Padrón.

De la lectura de estas paginas se deduce que la vida de Andrés ha sido una caja de truenos. Un día entró en un ascensor en Caracas y se encontró una bala del calibre 38 en el suelo. Dirigía accidentalmente Diario de Avisos, siendo subdirector, cuando le sorprendió el golpe de Tejero y sacó un editorial consensuado con Leopoldo Fernández y Modesto Campos a favor de la democracia en mitad de la asonada. Otra vez denunció la violación de unas prostitutas en un cuartel de la isla, y le costó el empleo en el periódico. En la actualidad es columnista y entrevistador del Diario tras pasar a ser propiedad del Grupo Plató del Atlántico y recibir la llamada de Lucas Fernández. Las vueltas de la vida.

La imagen de Chaves haciendo Radio Burgado desde la cama le retrata, o le eleva a los altares del mítico Victoriano Fernández Asís, que dirigía en RNE España a las 8 desde su domicilio. Aquí Chaves, el lector de Azorín y Luis Álvarez Cruz, nos deja sin querer una ocurrente definición del periodismo: “La persecución infructuosa y cansina de la objetividad”.

Se lamenta de que le nieguen el Premio Canarias por haber sido políticamente incorrecto. Y no oculta una vena literaria, saboteada por los celos intrusivos del periodismo. Las anécdotas de periodistas son un género goloso. Chaves es el hombre anécdota por excelencia. Dejó a Donald Trump trabado adrede en una puerta giratoria en un edificio de Nueva York. Coincidió con Demis Rousos con la túnica arremangada en un baño privado londinense. Abortó un viaje para entrevistar a Gadafi en Libia porque no se fiaba. Saludó a Jacques Delors. Se gastó mil dólares en un traje para entrevistar a Chávez (con zeta) en el Palacio de Miraflores y el venezolano apareció con un chándal. Vio conduciendo por Nueva York a José Feliciano, que es ciego y a Camilo José Cela, en un ataque de ira, clavar una pluma estilográfica en una pared del Mencey.

El libro le contiene y deja a unos cuantos personajes flotando en la memoria. La abuela espía que pasó unos documentos a la embajada de Alemania en mitad de la gran guerra. El padre desaparecido que reaparece y se sienta a ver la tele junto a la madre. Y una confesión de ultratumba: “Tu abuelo estuvo aquí a buscarme”, le dijo la abuela. “Y murió durmiendo dos noches después. El abuelo se la había llevado”, escribe Andrés Chaves enfundándose la camiseta de García Márquez, la que el canario cedió al célebre colombiano cuando a los dos les enamoró la misma prenda en unos grandes almacenes.

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