tribuna

Europa, Europa y más Europa

Algo sorprendente ha debido de suceder en el último cuarto de hora que hay un cambio de ritmo en la máquina global. Resulta que ya no habrá recesión en 2023 y el FMI hará un anuncio inesperadamente optimista en tal sentido dentro de una semana: la economía mundial crecerá este año más de lo previsto y milagrosamente se han esfumado los fantasmas de la depresión económica. Bien. China ha despertado del coma de la COVID. Alemania ha saltado de la cama tras una preocupante siesta de su economía. Se reactiva la creación de empleo y el consiguiente consumo salva los muebles de un mundo que temía lo peor. La inflación no acabará con nosotros. Ah, pero ¡y qué pasará con la guerra! De manera también inesperada, los países occidentales han escenificado en la base militar de Ramstein (Alemania), el pasado viernes, una indecisión sin precedentes: no enviarán de momento tanques Leopard a Zelenski, la clave de todo desenlace posible en un conflicto que ya dura un año.¿Están en verdad divididos los aliados o no tenemos toda la información? Si, como dijo Sánchez en Davos, hay que negociar con Putin y este es el primer eslabón de la cadena, todo cuadra. La economía que renace necesita la paz. De acuerdo. Ahora o nunca. Pero ¿y si resulta que es una mascarada? Y el macabro destino que nos ronda está jugando con nosotros. Entonces, estamos como al principio. A ciegas.

Necesitamos un gran Carnaval que agite la loca de la casa, como decía Santa Teresa. La gran casa. Esto es, Europa. Europa, Europa, más Europa. Y que sea la risa la que gane la guerra y levante en volandas la economía. Hace falta un revulsivo tras años de marasmo. Cuando la gente se pone seria, vienen los problemas. La economía se vuelve taciturna y antipática, y al final salen los ejércitos a la calle. Esto solo lo cura el humor, una nueva Belle Époque. La neurociencia afectiva aconseja cierta euforia contra el letargo crónico. En Santa Cruz estamos ya metidos en faena, en esa catarsis. Es la fiesta en tiempos de guerra. Como el fútbol, que se entrometía en la última guerra mundial, en la tregua navideña, y los dos bandos jugaban un partido.

Caretas contra caras malencaradas. A Sanna Marin (36), la primera ministra socialdemócrata de Finlandia, ese lugar con fama de edén, le reprocharon la alegría que desprendía en una fiesta privada en una pausa de las labores de gobierno. Le censuraron el carnaval de su happening sin drogas y ella pidió entre lágrimas que la dejaran divertirse porque gobernar es extenuante y puede llegar a ser deprimente. Ahora, su homóloga neozelandesa, Jacinda Ardern (42), que debutó en la alta política siendo treintañera y fue la revelación de la pandemia improvisando métodos imaginativos como las burbujas sociales para acotar los contagios, se retira porque está quemada (el síndrome de burnout), se siente literalmente “con el depósito vacío”, sin energías. Ardern es uno de los primeros dirigentes que admite públicamente que deja la política para preservar su salud mental. Es la factura de la pandemia. Hay una generación zaherida. Esta mujer, por cierto, tiene en común con nosotros que también debió hacer frente a una erupción, la del volcán White Island, en 2019, con una veintena de fallecidos. Qué pena que Jacinda Ardern se haya venido abajo y Putin resista por razones psicopáticas.

No ha sido abolida la alegría. Pero es como si nos hubiéramos vuelto talibanes. La conversación mundial abunda en el mal humor. Putin ha vuelto a blasfemar por boca de su fiel escudero Medvédev, con el anatema de la guerra nuclear si se le pinchan las ruedas en Ucrania por culpa de los carros blindados de Alemania que Zelenski ansía y Berlín ha frenado en la base americana de Ramstein. No habrá manera de curarnos de este mal de ojo si seguimos en la rueda del hámster. Sánchez, en Davos, habló de las “semillas podridas” que ha ido sembrando el inquilino del Kremlin por Europa para desestabilizar los países y las democracias del continente. Es inevitable recordar el Brexit, las elecciones de EE.UU. y el procés catalán, donde la sombra alargada de la mano del ruso es inconfundible, como recuerda Macron en su encuentro con Javier Cercas en El País. El presidente español arengaba en el foro global contra quienes le abren la puerta a la ultraderecha para que entre a gobernar. Ya lo hace en Italia y en Castilla y León, con estridencias como se ha visto con el protocolo de los latidos del feto que tanto incomoda a Feijóo, cuyo peaje para llegar a la Moncloa es Vox con sus cánones. Juntos se manifestaron ayer en Madrid contra Sánchez.

El socialista español no está exento de mácula por los pactos de superviviente con vascos y catalanes, que son el otro polo. Todas las alianzas salen caras y los divorcios salen en la portada del Hola, y en memorias y canciones explosivas, como Preysler y Vargas Llosa, los papas, Harry y la monarquía inglesa, o Shakira y Piqué. Las bodas negras de Feijóo y Abascal, cual hipótesis, preocupan en Europa. Macron, que salvó a la UE del asalto de Le Pen al Elíseo, soportó el jueves, mientras celebraba la cumbre bilateral con España en Barcelona, una manifestación de todo el arco político opositor, desde la izquierda al Frente Nacional, contra su reforma de las pensiones. De extremo a extremo, esa serpiente política multicolor celebrando un carnaval contranatura a los pies de la Torre Eiffel supura el populismo de moda contra las urnas. En Brasilia o París. Así que Feijóo, cuando llegue el día, dará el paso, como Meloni no se lo pensó dos veces. Y las semillas podridas de Putín repoblarán Europa como una suerte de jardín afín. Hay a bordo adeptos de esa causa que persigue la reversión de la UE. Los sobornos para implosionar a Europa dejan en anécdota el Catargate. En 2023 vamos a a ver a más de uno quitarse la careta.
De esas máscaras y el aquelarre entre la guerra y la paz que hemos abordado aquí, hablaremos mañana en el Foro Premium de la Fundación DIARIO DE AVISOS con el eurodiputado Juan Fernando López Aguilar, que está en la primera línea de esta batalla que se dirime en Europa, mientras llueven las bombas a las puertas de Bruselas a riesgo de meterse dentro de casa si no se consigue antes un punto final.

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