tribuna

Tarea para 2023

La agenda de 2023 está llena. Es un año llamado a tantas hazañas que, de entrada, es ya como un período mitológico. El año de los trabajos de Hércules. Lograr la paz de una guerra que cumplirá un año el mes que viene. Impedir que China sea de nuevo el volcán del mundo con sus 1.400 millones de habitantes dispuestos a exportar toneladas de nuevos linajes de coronavirus. Aplacar la recesión en dos tercios de las grandes economías según las previsiones del FMI. Y, entre otras misiones, impedir que se instaure el asalto por sistema a los Capitolios de cualquier democracia del mundo y evitar así que regresemos medio siglo al déjà vu del Chile de Pinochet (1973), ayer contra Allende, hoy contra Lula, mañana contra cualquier otro.
Hemos visto en Perú a un gobernante de izquierda, Pedro Castillo, perder los estribos y darse un autogolpe, el mes pasado, antes de ser destituido por corrupción y detenido por la policía. Era un plagio malo del fujimorazo 30 años antes. Y en los mismos días de diciembre de un exhausto 2022 asistimos atónitos en la infranqueable Alemania a la detención de veintitantos golpistas de extrema derecha (un noble, exmilitares y políticos), simpatizantes de una asociación clandestina, Reichsbürger (Ciudadanos del Reich), decididos a asaltar con armas y bagajes el Budestag, la cámara baja del Parlamento. En tocando a golpes de Estado, en todas partes cuecen habas.
Las vísperas de 2023 traían estos ropajes. El momento demanda una nueva Belle Époque, como la de los felices años parisinos de entresiglo, ya hartos de verlo todo negro y decadente.
A la pandemia sanitaria la imitan ciertas pandemias sociales que copian el método del daño colectivo y su propagación. El año que estrenamos tiene en sus manos los dados para cambiar nuestra suerte.
Una de las amenazas más serias es el riesgo de regímenes totalitarios a la vuelta de la esquina, previo un reguero de estallidos sociales. El éxito o el fracaso de las democracias de nuestro entorno se está jugando este año. Y ese Mundial exige los mejores talentos en el campo de juego. No sé si contamos con ellos en tiempos mediocres como estos, pero cabe apostar por la irrupción de nuevos valores políticos, como ocurriera con Obama, Merkel o Macron.
El deshielo de la democracia provoca ahora una inundación de masas a través de las redes sociales con el caldo de cultivo de unos niveles estrepitosos de desigualdad.
El trumpismo degradó la convivencia democrática desde el trono del poder global. La Casa Blanca, durante el periodo de gobierno de Donald Trump, ingenió una visión distópica maquiavélica de la sociedad, bajo aquellos mantras de la posverdad y los “hechos alternativos”, que acuñó un día Conway, consejera de Trump, provocando burlas y críticas al principio.
Desde entonces, y sin que le diéramos toda la importancia que tenía el mandato retrógrado y sórdido del presidente díscolo de la primera potencia, se fueron sumando gobiernos que se miraban fascinados en su espejo. Jair Bolsonaro en Brasil, Boris Johnson en Reino Unido y Vladímir Putin en Rusia compartían una misma fisonomía, y del gremio se iba a caer el inglés víctima del partygate, un accidente en el camino.
Lo cierto es que la derrota de Trump trajo consigo el asalto bautismal al Capitolio, y la de Bolsonaro, la invasión de la Plaza de los Tres Poderes. Aparentemente, ambas revueltas fracasaron, pero Putin declaró una guerra en Europa y sigue en el poder. La rusa es lo que hoy se califica como una democracia iliberal, una dictadura encubierta que va perdiendo el pudor para constituirse en un régimen autoritario. A nadie se le pasa por la cabeza que Putin pierda el poder en las urnas ante Alexei Navalny, su principal opositor, y se vea obligado a alentar como Trump y Bolsonaro el asalto a la Duna estatal para recuperar el poder por la fuerza. Los rusos han visto esta semana por la tele a su presidente reprendiendo con cara de mala leche al ministro de Comercio por negligente en la compra de armamento para la guerra: “¿Por qué te haces el tonto, a qué juegas?”, le intimidó delante de las cámaras, para promocionar su imagen de inflexible, de hombre de hierro.
Rusia, primera potencia nuclear del mundo, está resultando una nefasta potencia militar convencional, pero su flaqueza en una cosa no hace sino elevar el riesgo de su peligrosa supremacía en la otra, como acaba de hacer celebrando la prueba con éxito del submarino nuclear Belgorod, que transporta su arma letal, el torpedo Poseidón, el arma “del fin del mundo”, una terminología que ahora se usa muy alegremente.
Tres astronautas rusos se encuentran aislados en el espacio, y no es ficción, a riesgo de no poder volver a la Tierra. Su país enviará una nave a rescatarlos a la Estación Espacial Internacional. Son el reflejo del miedo (causado, sobre todoX por Rusia, precisamente) de este año de megamenazas, como las denomina el célebre economista Nouriel Roubini, que predijo la Gran Recesión. El gurú de la Universidad de Nueva York no tiene en su nuevo libro un buen pronóstico para este año, ni para los populismos rampantes ni para la inicua deriva de la guerra en Ucrania ni tan siquiera para el tambaleante homo sapiens ante la llegada de los súperinteligentes robots. Modestamente, aquí (en nuestra trilogía de la pandemia) habíamos advertido que tras la ola de calamidades, la consecuencia era la aparición en su lugar del homo pandemicus, ese que ya somos nosotros.
La democracia es un constructo de buena apariencia corrompido con las zarpas de unos cuantos monstruos. Y 2023 tiene, entre su tarea hercúlea, la labor de salvarnos a tiempo de una pandemia sigilosa que amenaza a la democracia. Antes de que el reloj de la Universidad de Chicago, que mide el tiempo límite restante, nos diga que es demasiado tarde.

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