El grito de África a través de sus miradas

África

Miradas que desprenden inocencia, ingenuidad, amistad, esperanza, resignación, incomprensión, impotencia… Eso es lo que ha encontrado Mila Pacheco, tinerfeña aficionada a la fotografía, durante un viaje a los suburbios de Nairobi (Kenia), la ciudad más poblada de África Oriental, con más de cuatro millones de habitantes, en la que casi la cuarta parte malvive en las chabolas de Kibera, un barrio que los turistas no pisan y en el que sus habitantes sobreviven en muchos casos con un dólar al día, hacinados entre tablones y cartones, sin saneamiento, enganchando como pueden la electricidad y con un servicio de agua que funciona a duras penas.

Kibera impacta a los sentidos de cualquier visitante occidental. Caminar por sus callejones malolientes por la falta de desagües, ver las condiciones de vida de sus habitantes azotados por la pobreza, la droga y la inseguridad, y descubrir cómo interpretan su destino a través de las miradas, es una de esas experiencias que marcan de por vida a quien les sorprende en su ratonera. Atrapados en ella acaban quienes llegan de las zonas rurales con la intención de trabajar en Nairobi y buscan un alojamiento barato.

“Es una extensión inmensa de chabolas que recuerdan a las favelas de Brasil en las que viven más de un millón de personas. Entré en varias ‘casas’ que no medían más de 10 metros cuadrados y en las que dormían hasta ocho personas, sin baños ni apenas agua y con luz que cogen de donde pueden”, explicó Mila Pacheco a DIARIO DE AVISOS.

A la tinerfeña le impresionó la facilidad de los niños y niñas para dibujar una sonrisa en sus rostros: “Jugaban y se divertían con cualquier cosa, estirando y enrollando un cable o chapoteando y mojándose los pies en un charco lleno de barro. Con muy poco ellos generaban su mundo”.

Pero también fue testigo de otras escenas infantiles menos amables: “Vi cómo dos niños se tiraban piedras y se mostraban muy enfadados. Pregunté a un adulto sobre el motivo de la pelea y su respuesta me llegó al alma: “¿Tú crees que se puede ser feliz con una comida al día? Están enfadados porque no han comido. Sus familias viven con menos de un dólar al día.”

Varios residentes en esta colmena marginal con los que pudo hablar la viajera tinerfeña expresaron su convicción de que allí el futuro no les deparará nada bueno, aunque dejan un resquicio a la esperanza. “Pregunté a dos hermanos veinteañeros, un chico y una chica huérfanos de padre, qué pedirían si se les concediera un deseo. Ninguno dudó. Ella me dijo que su sueño era ser chef de cocina y él anhelaba trabajar en un taller. No pedían ser ricos ni tener poder, solo querían trabajar y desarrollar sus dos vocaciones”.

“Quise saber por qué el Gobierno no construía casas sociales que mejoraran sus condiciones de vida y me hablaron de los altos niveles de corrupción y del interés del poder para que existan grandes bolsas de pobreza y disponer así de mano de obra barata. ‘A los políticos y al primer mundo no les importan nuestras penurias, les interesa que sigamos siendo pobres’, me respondieron”.

Antes de terminar su visita, Mila Pacheco captó con su cámara una última imagen que le llamó la atención: un hombre, de avanzada edad, que se ganaba la vida arreglando paraguas. “El señor parecía concentrado en su trabajo, con sus ojos clavados en las varillas que manipulaba, como resignado a su destino, derrotado por la vida. Contemplé aquella estampa, dirigí una última mirada a un grupo de niños y pensé: qué afortunados somos, simplemente por haber nacido en un lugar tan distinto al que le tocó a ellos”.

En Tanzania, segunda parada de la visita, Mila Pacheco accedió a un poblado masái, una tribu formada antiguamente por guerreros y reconvertida desde hace años en pastores nómadas que se desplazan con sus rebaños de bóvidos, cabras y ovejas un par de veces al año. Viven en unas chozas hechas con masa de barro mezclada con paja y estiércol y en poblados que cercan con barreras de acacias terminadas en espinas para proteger al ganado y a los propios miembros de la tribu del ataque de los leones.

Los masáis, con una esperanza de vida inferior a los 60 años, practican la poligamia -“uno de sus miembros tenía 15 esposas”, subrayó Pacheco- y el papel de la mujer es clave en la estructura organizativa. “Hablé con varios hombres que me contaron que las mujeres se ocupan de cuidar a los niños, traer la leña, limpiar el campamento y de la comida diaria. Y claro, me surgió una pregunta: “¿Y ustedes qué hacen?”. “Las protegemos”, respondieron. “¿Y qué más?”, insistí. “Buscamos el mejor lugar para mudarnos”.

Los niños y niñas masáis se mostraron “muy receptivos” con alguien de un color de piel muy distinto al de ellos: “A diferencia de la reacción de un par de niñas de Kibera, que cuando me vieron se asustaron y se echaron a llorar, los masáis no manifestaron ningún rechazo. Todo lo contrario, yo era una novedad para ellos y a los pocos minutos ya estaban jugando conmigo, repasando el abecedario y los números. Sus miradas estaban cargadas de curiosidad por saber, por conocer”.

Movida por su afán de descubrir culturas por todo Oriente -ha visitado una veintena de países asiáticos en los últimos años-, la portuense reconoció que “la curiosidad me puede y siempre que visito un país quiero conocer lo que no se ve, aquellos sitios en los que no llegan los turistas ni aparecen en ninguna guía de viaje”. Confesó que “hay algo en África que te atrapa y enamora, así que volveré”. Mientras tanto, ya tiene en mente su nuevo reto para el próximo verano: Nepal.

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