Por Marcial Morera* | Y a pesar de que los extranjerismos son voces de imitación, que diluyen la identidad tradicional de los pueblos, no hay quien pueda con ellos. ¿Y por qué no hay quien pueda con ellos? En primer lugar, no hay quien pueda con ellos por el enorme prestigio que atesoran. Y el prestigio es, como es de sobra sabido, uno de los motores de la ilusión de la gente. Al contrario de lo que suele creer el común de los mortales y solían pensar los lingüistas de antaño, aunque confluyan en la misma referencia, ni desde el punto de vista lingüístico ni desde el punto de vista del prestigio, hay coincidencia semántica entre los extranjerismos y las palabras autóctonas que les corresponden.
Por ejemplo, en español, el castizo balompié y el anglicismo fútbol, por ejemplo, presentan valores connotativos y lingüísticos bastante diferenciados, por mucho que se refieran al mismo deporte. De ahí el escaso éxito que han cosechado siempre los intentos por sustituir el uno por el otro. Como si el hablante estimara vulgares las palabras cotidianas de su estirpe y necesitara las de los extraños, para dar fuerza expresiva u originalidad a su discurso. Paradójico es esto: la distinción y la elegancia se consiguen aquí a través de la imitación: originalidad de forma o de pose; no originalidad de fondo o creación. En segundo lugar, no hay quien pueda con los extranjerismos porque, por su carácter sintético (se trata, por lo general, de palabras simples), hacen el mensaje más ágil y hasta más inequívoco que las expresiones autóctonas correspondientes. Ya se sabe que la condensación expresiva es la aspiración máxima de todo hablante que se precie. Por eso precisamente, no podrá nunca la pesada construcción “dispositivo portátil para almacenamiento de datos electrónicos” de la lengua española con la expresión sintética inglesa “pendrive”, de igual sentido. Lo que hace el hablante aquí es sacrificar lo identitario, que es un sentimiento más o menos difuso, a lo práctico, que es a lo que el ser humano suele dar mayor importancia.
El hombre considera verdadero todo aquello que le reporta alguna utilidad. En tercer lugar, no hay quien pare los pies a los extranjerismos porque muchos de ellos se refieren a cosas o conceptos inéditos para los pueblos que los adoptan. El deporte del fútbol tiene nombre inglés porque fueron los ingleses los que lo inventaron. Y el fenómeno se ha agudizado a medida que la sociedad se ha ido modernizando; sobre todo, en los tiempos modernos, en que la globalización ha incrementado exponencialmente la transferencia de mercancías y palabras entre las diversas partes del mundo. En cuarto lugar, no hay quien pueda con ellos porque significan de forma inequívoca las realidades más o menos específicas que designan, pertenecientes por lo general a los sectores más artificiales de la vida del hombre, como las finanzas, la información, la política, las nuevas tecnologías y el espectáculo. Es verdad que lo que se expresa hoy en español con los anglicismos email, bullying, streaming, meeting, online, ranking, podcast, followers, link, corner y chat podría expresarse igualmente con las expresiones castizas correo electrónico, acoso, directo, reunión, a distancia, clasificación, audio, seguidor, enlace, saque de esquina y charlar, respectivamente, pero estas expresiones, por su propia generalidad o polisemia, no significan los referentes en cuestión de forma tan inequívoca como lo hacen aquellas.
En su naturaleza terminológica radican la grandeza y la miseria de los extranjerismos. Su grandeza, porque denotan de forman inequívoca las cosas que designan. Su miseria, porque los relega a la periferia del idioma. De ahí que tanto su aparición como su desaparición no hayan afectado nunca a las estructuras esenciales de las lenguas alcanzadas. Por lo general, los préstamos no trascienden el nivel del léxico periférico. En quinto lugar, no hay quien detenga el poder de expansión de los extranjerismos porque son voces que conoce todo quisque, o, por lo menos, una parte considerable de la humanidad. Y, en un mundo abierto como el actual, necesario es disponer de palabras universales para no quedar al margen; es decir, para integrarse en la aldea global, o rebaño humano, como se quiera. Cuanto más contacto entre los seres humanos, más necesidad hay de comunicación entre ellos, que se consigue con la traducción y las voces internacionales.
Con tantos extranjerismos, que desposeen de connotaciones históricas las culturas de los pueblos tradicionales, las identidades dejan de ser nacionales y se convierten en transnacionales, desdibujándose así las fronteras físicas que existían entre ellas. Y en sexto lugar, no hay quien pueda con los extranjerismos porque, como palabras que son, tienen sed de inmortalidad. Perseveran en ser, intentado conquistar con su encanto el corazón de todos los hombres del mundo, vivan estos donde vivan. Y, si esto es así, ¿hasta qué punto es legítimo hablar de “extranjerismos innecesarios, como suelen hacer todos aquellos que reducen las lenguas a meras nomenclaturas?
*Catedrático de Lengua Española de la ULL

