tribuna

Homenaje a Fran Domínguez: “Hasta siempre, amigo”

Compañeros de profesión y amigos tributan en Diario de Avisos un homenaje de despedida a Fran Domínguez, subdirector del Decano, cuyo sepelio se oficiará hoy domingo en la parroquia matriz de La Concepción, en la Villa de La Orotava, a las 14 horas.
El periodista orotavense, subdirector de DIARIO DE AVISOS, fallece a los 52 años de edad

Compañeros de profesión y amigos tributan en Diario de Avisos un homenaje de despedida a Fran Domínguez, subdirector del Decano, cuyo sepelio se oficiará hoy domingo en la parroquia matriz de La Concepción, en la Villa de La Orotava, a las 14 horas.

Por Carmelo Rivero.| Este es un oficio que se maneja entre esquelas y obituarios, asuntos imperecederos de los periódicos de todas las épocas. Pero el adiós, hace tan solo unas horas, de nuestro subdirector Fran Domínguez no confirma la regla, sino la excepción. La suya no era una vida larga, parece una muerte prematura. Era un hombre especial, de otra pasta, de esos sabios a escondidas.

A título personal, no nos gusta habituarnos a despedir a seres queridos. Fran, como ocurre a menudo, se nos va antes de tener las muchas conversaciones pendientes que habríamos querido compartir con él sus compañeros de redacción. Estas cuatro paredes hacen una familia. Estamos de luto.

Se nos ha ido Fran vertiginosamente, dejando el legado de una obra periodística de afinada calidad que fue publicando sin tiempo que perder. Somos lo que escribimos. Hay que leer a Fran para conocerlo en sus matices más recónditos. Por eso los legados literarios alcanzan el máximo esplendor con la muerte de sus autores. Este diario conserva las señas de identidad de su idilio con el cine y las letras; los artículos, crónicas, críticas y reportajes elaborados durante años por un periodista culto, sibarita del lenguaje, dueño de un estilo inconfundible, agudo, ingenioso, preciso y cabal.

Como miembro de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), asistía fielmente y felizmente cada año a la entrega de los Premios Feroz; era una cita que le llenaba de entusiasmo. En La claqueta, su sección de reflexiones del séptimo arte, parió más de una década de textos que merecen una edición aparte, por los contenidos y por la prosa del autor. Fran vivió distintas etapas de este periódico decano, antes y después de estallar la crisis del papel, antes y después de la llegada de Lucas Fernández al timón del Grupo Plató del Atlántico en las postrimerías de aquella orilla del barranco del Barrio de Salamanca. El periódico se nutría entonces de la experiencia de tres conmilitones unidos en la batalla periodística diaria, Fran, Agustín González y Santiago Toste, el equipo inseparable del DIARIO en el norte.

Solo estuvo ausente del periódico el ínterin en que desempeñó labores de prensa institucional en el Cabildo de Tenerife. Y al retornar, bromeó con un latiguillo (citando al discutible padre de la frase, Fray Luis de León) “decíamos ayer…” Era pasional y bienhumorado, díscolo y bondadoso.

Después de la pandemia recobró el pulso de su famosa columna con una visión indulgente del Napoleón de Ridley Scott, sin ocultar las carencias de la película del genial director británico. Y en los últimos tramos de su trayectoria, de vuelta al DIARIO, donde pasó casi un cuarto de siglo, escribió sobre las lenguas de fuego descendiendo por el flanco villero del Valle de La Orotava (La ladera de las miradas tristes), como “uno de los miedos atávicos” de los vecinos de su tierra natal.

Había una continua dependencia de estas páginas respecto al oráculo de Fran, licenciado en Geografía e Historia y Ciencias de la Información. Todos a bordo le tenían como referencia para evitar un desliz lingüístico o salvar cualquier vacilación informativa. Un habitante de periódicos sabe qué importancia tienen determinados tripulantes de toda redacción que se precie. En la Dársena Pesquera la travesía era más segura si estaba Fran de servicio.

En una ocasión dijimos en voz alta que había que hacer una selección histórica de reportajes del periódico y Fran se puso manos a la obra. Esa antología me consta que estaba avanzada. Creo intuir que escribía textos literarios a hurtadillas. Y no me extrañaría que entre sus papeles asome alguna novela inédita.

Era una persona agradecida. Un hombre de silencios y risas que tenía un sentido del humor campechano y una manera disciplinada de conciliar el trabajo y la familia, y atender a sus progenitores. Hubo un día de entreguerras, en la continua sucesión de catástrofes que nos tocó vivir en el último decenio, que el padre de Fran visitó la redacción y pasó la jornada con nosotros hasta que cerramos la edición y regresó con su hijo. Siempre le dije a Fran, desde entonces, que ese día me hice amigo de su padre. Me recordaba al mío ya fallecido, le acompañé en el office mientras resolvía el crucigrama y hablamos de lo humano y lo divino.

Cuánto echo de menos, de entre todo el tiempo robado a la vida por las horas de trabajo, esa clase de apartes y tertulias con quienes apetece hablar sin límite de tiempo, pese al estrés y el ruido.

Nunca le dije, en este trajín, todo lo que había aprendido a su lado. Leí su última columna, del pasado 4 de enero (la víspera de su hospitalización), Más ‘Cachitos’ y menos boberías, sobre la despedida del año en la pequeña pantalla, y estas fueron sus últimas palabras: “Hay cosas horribles que están ocurriendo sin que importe demasiado: “Hagamos el amor y no bombardeemos a niños…”

Cuando estalló la guerra de la franja de Gaza, Fran nos dio una conferencia, mientras supervisaba las páginas, sobre el mapa caliente de Oriente Próximo. A cada acontecimiento, solía desplegar sinopsis brillantes de su vasta cultura, y esos buenos ratos rompían las malas rachas maquinales de toda redaccion ensimismada en luchar contra el reloj. Un día Fran enfermó, pero pronto hubo buenas noticias. Y el resto hasta su ingreso en la UCI y este desenlace se escapa a toda comprensión humana.

He vivido dos historias parecidas en el curso de un año. El fallecimiento de mi hermano Martín y el de Fran, tan similares en su último proceso hospitalario. Y me he reconciliado con la muerte. Prefiero decir que ambos han trascendido. Afirmar que han muerto no es exacto, creencias y suposiciones aparte. Todos cruzamos la misma verja. Y sueño con que detrás alguien nos espera y nos extiende un periódico al recibirnos. El resto póstumo de la vida es una corresponsalía interminable de esta. Un abrazo, amigo. Hasta siempre.

Por Juan Carlos Mateu.| Una hora después de que Agustín nos comunicara, entre lágrimas, que te acababas de marchar, terminamos la edición del periódico, con tu imagen llena de vida en la portada y dos páginas escritas por Chago con el corazón, que nos estremecieron a todos. Solo quedábamos en la Redacción Silvia, Doris y yo. Recogimos las cosas y me acerqué a tu mesa antes de irme. Todavía está el folio junto al teclado con la frase “Ánimo amigo”, con el que posamos en el WhatsApp los compañeros cuando estabas a las puertas de la UCI y que te llegó al límite. Nos devolviste un emoticono con forma de corazón. Fue nuestra última comunicación contigo. Al filo de la medianoche, apagamos las luces y cerramos la puerta con una desconcertante sensación de vacío. En ese momento empezó a llover, me metí en el coche y reparé en el movimiento de los limpiapabrisas, que parecían dibujar el gesto de negación con el que tus compañeros reaccionaron nada más conocer la noticia, como diciendo‘no puede ser. De camino a casa recordé aquellas noches de largas tertulias en el Mc Donald´s de Las Caletillas, donde compartíamos risas, consejos y confidencias hasta las tantas y que continuábamos en el parking, donde yo me partía con tus imitaciones. Antes de escribir estas líneas he buscado en el WhatsApp tu último mensaje de voz. “Amigo Mateu, no te preocupes, que yo te hago la última página”, me decías de camino al periódico, sabedor de que aquel día éramos pocos para sacar adelante todo el trabajo. Esa frase resume la clase de persona que eras: empática, solidaria y profesional, a la que le dolía especialmente una información inexacta o con algún error de redacción. Samuel te buscaba las cosquillas -“ya estás en plan tiquismiquis”, te decía – y tú se la devolvías con una salida ingeniosa marca de la casa. En la Redacción presumíamos de tu nivel cultural. Matute bromeaba contigo preguntándote por la historia de los fenicios y tú, como hacías con Samuel, salías siempre con una respuesta que nos sacaba una carcajada a todos. Recuerdo la noche que me diste una lección magistral, mientras apagábamos los ordenadores, con las claves del conflicto en Oriente Próximo y cómo respondías una por una a todas mis dudas. No olvido la cara que pusiste cuando te dije: “Ya quisieran en el Canal 24 horas tener un comentarista como tú”. ¿Y qué decir cuando tus hermanos Agustín y Chago, además de Jorge y yo, te buscábamos la lengua con tu Real Madrid cada vez que se televisaba un partido y tú entrabas al trapo para decirnos que, cuando jugaba el Barça, había problemas técnicos que impedían la conexión. Ese amor por tu Madrid nos llevó a soñar, amigo, con una remontada a última hora contra todo pronóstico cuando tu vida se apagaba. Una de esas gestas tan propias de tu equipo en la Champions, pero la UCI no era el Bernabéu, por más que llevaras la lucha hasta el final en tu ADN. La pasión era uno de los rasgos más definidos de tu personalidad: la pasión por tus colores deportivos, por el cine, en el que eras toda una autoridad; por la historia y también por ese periodismo cercano, local, que tanto defendías. A veces, incluso, dejando de lado la diplomacia para defender tu criterio y revelándote contra lo que considerabas injusto. Eras buena gente. Un tipo que valía mucho la pena. Y un compañero detallista. Un par de madrugadas te llevé a casa porque tenías el coche averiado y me lo agradeciste con una botella de vino. Y te encantaban las bromas, tanto como los guachinches. “¡Qué ganas tengo de que Mateu diga un día se jodió y nos invite a comer medio pollo en el Norte!”, te gustaba exclamar en la Redacción. Me quedo con este puñado de recuerdos, Fran, que retratan a una persona íntegra y auténtica. Y valiente, como demostraste en tus últimos meses de vida. Esta madrugada ni siquiera me he acordado de poner la radio al salir del periódico y escuchar Las noches de Ortega, que tanto te gustaban y que nos acompañaban de camino al Mc Donald´s. Solo te tenía a ti en la cabeza. La frase que hemos elegido para la edición de mañana en la parte alta de la portada va por ti: “Las despedidas no son para siempre, no son el final. Solo significan que te echaremos de menos hasta que nos volvamos a ver”. Gracias por todo, amigo.

Por Agustín Gonzalez.| Hace justo 18 años me tocó la desagradable tarea de tener que redactar la esquela de mi hermano pequeño, Nico. Ahora, el destino me enfrenta a una tesitura parecida: tengo que escribir este obituario a otro hermano, Fran Domínguez, amigo, colega y compañero de fatigas en mil batallas de papel. Nos llamábamos “hermanos” porque nos sentíamos así, con una vieja relación personal que se remontaba incluso a la amistad que unió a nuestros padres, Francisco y Miguel, compinches de mil partidas de dominó en el bar Parada. Fran era un hermano para mí, pero también para todos los demás compañeros del DIARIO, porque era un tipo extraordinario al que tenías que querer, aunque fuera un fanático del Real Madrid (Yo, como sufrido culé, evitaba discutir de fútbol con él). Había que quererlo porque era todo humanidad: simpático, jovial, cariñoso, generoso, encantador, divertido, comprometido, trabajador, riguroso -a veces hasta extremo insoportable-, culto, bondadoso…y, para colmo, era guapo, un galán de cine. Pero, con todo eso, yo destacaría una cualidad principal: era un hijo excepcional. Siempre vivió por y para sus padres, Lala y Francisco, y su hermana Mili. Hasta el último momento se desvivió por atender las necesidades médicas y de cualquier tipo de sus progenitores. La muerte reciente de su padre, que coincidió fatalmente con el arranque de su problema de salud, fue un duro mazazo que Fran encajó con la valentía y la entereza de un campeón y la inestiable ayuda de su pareja, Lucy, una gran mujer a su altura. Antes de irse, Fran dejó solucionados los engorrosos trámites de la pensión de viudedad de su madre. A partir de ahora, ellas y todos lo que disfrutamos de la amistad de Fran Domínguez, ya nos sentimos inconsoladamente huérfanos. Todavía no somos capaces de asimilar lo que ha sucedido. Es una pesadilla incomprensible, una tragedia cruel e injusta que ha maltratado con saña a un ser humano excepcional que merecía una segunda oportunidad, por él y por los suyos. Las mala suerte se cebó con él y nos ha dejado huérfanos para siempre del hijo modélico, del compañero leal, del profesional brillante y del amigo inolvidable. Buen viaje, hermano.

Por Salvador García.| En la noche del viernes nos dijo adiós Fran Domínguez, periodista natural de La Orotava, licenciado en Ciencias de la Información y Geografía e Historia por la Universidad de La Laguna. Asistimos a su bautismo profesional, en la antigua delegación del norte de Diario de Avisos, donde llegó a ser redactor-jefe y subdirector. En medio, una incursión en el ámbito de la comunicación institucional, en el Cabildo Insular. Una pasión, el cine. Y un blog, ‘Sé lo que viste’, en el que expresaba su propia intepretación de la filmografía que iba coleccionando. Era miembro de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). Domínguez, de 52 años, era ya algo más que una promesa. Era un periodista de vocación, un profesional que tenía muy claro lo del pluralismo en una cobertura que se preciara. Desde sus comienzos, período del que más podemos hablar, apuntaba a un profesional comprometido y serio, observador implacable de la realidad que auscultaba sereno y firme para luego plasmar sus impresiones. Fran fue forjando su trayectoria siempre con voluntad de avanzar, de hacer que nada humano le fuera ajeno. Cumplidor, predispuesto, amable, de estilo directo, Domínguez pertenece a esa generación de periodistas isleños que abrió caminos y se esforzaba en aportar un sello propio acorde con las exigencias de nuestro tiempo. Conocemos lo que han sufrido con esta pérdida quienes le trataron más directamente, en especial, Agustín González y Santiago Toste, pero también la legión de amigos en la redacción y los gabinetes y en los círculos sociales que compartieron sus afanes y progresos, ahora lamentablemente truncados. Hasta siempre, Fran.

Por Eva Fariña.| Qué sorpresa se ha llevado Leónidas! Desde el Valle del Eurotas divisa cómo se acerca un guerrero de honor, un guerrero que viene a sumarse y romper el esquema del magistral 300. ¡Au, Au, Au! ¡Au, Au Au! ¡Au, Au, Au! ¡Au, Au Au! ¡Au, Au, Au! ¡Au, Au Au! Los espartanos corean su grito, pero en este caso no para amedrentar al enorme ejército persa antes de la batalla de las Termópilas sino para recibirte, para recibir a un nuevo y único espartano. ¡Nuestro guerrero! Pero desde el otro lado del Valle miramos desconsolados cómo te alejas, como vas a otro mundo y nos dejas aquí huérfanos. No me puedo imaginar la vida sin ti. Tu sonrisa, tu buen sentido del humor, tu picaresca, tu generosidad, tú ímpetu y astucia, tu empatía, tu énfasis defendiendo criterios e injusticias, tu gran corazón y el querer siempre ayudar a los demás y no molestar a nadie, esa entrega y respeto a todos, tu cercanía… y todas tus bondades han labrado a pulso el que hoy todos coincidamos en llorar con inmensa tristeza tan injusta e inesperada despedida. Tu sello de periodista de cepa, pasión y rigurosidad, tu amor a la política y a las noticias de actualidad, esa emoción por las tertulias; marcando el debate con equilibrio y sosiego… tus extraordinarias conversaciones de sobremesa, auténticas clases magistrales. Ese amor por el séptimo arte que nos has sabido trasladar en joyas de artículos que nos despiertan curiosidad por cualquier película. Quién contará ahora esas batallas de la historia, quién nos deleitará con la conversación perfecta fusionado una buena comida de guachinche con clases magistrales. No sé qué pasará cuando falla un pilar tan esencial en mi vida… y preferiría no saberlo. Las letras que conforman la palabra AMIGO, contigo vale lo que pesaría cada una de ellas forjada en oro
Me quedaré con todo lo bueno que has marcado a lo largo de mi vida, me quedaré con tus ganas de vivir y disfrutar de la vida sin más… Me quedaré con lo que te gustaba compartir con tus amigos; esos magníficos momentos… las extraordinarias sesiones en el Sanedrín que tuve la suerte de compartir gracias a ti… Me quedaré con ese continuo entusiasmo que me dabas cada día para hacer cosas que ni yo creía posibles… Me quedaré con ese amor hasta el infinito por tus seres más queridos, interponiendo incluso tu vida si hace para protegerles… ¡Eres grande Fran, eres nuestro espartano!

Por Luz Belinda.| Cada vez que le iba a mandar un whatsapp a Fran el corrector me escribía “gran”, y cada vez que leía “gran” pensaba “es que el corrector tiene razón, es el Gran Fran”. Fran Domínguez era, cuando empecé a trabajar en el Diario de Avisos, una firma en las noticias de la sección del Norte del periódico, un nombre tras el que, con los años, encontré a una persona de esas a las que admiras en secreto porque te da vergüenza decírselo, una buena y gran persona a la que quieres parecerte. A su familia, a sus amistades, a todos los compañeros que lo conocimos y a todos los que hemos querido -y queremos- tanto a Fran, solo les puedo decir que el dolor es compartido y que el tiempo que pasamos con él ha sido único e irrepetible. Mi último tiempo laboral con él, junto a Leoncio González y Cristo Suárez, ha sido una de las etapas de amistad más enriquecedoras que he vivido. Trabajar con Fran, conversar con Fran, reír con Fran, sortear los problemas junto a Fran…qué gran lujo. La marcha de Fran nos deja roto el corazón, nos desarma en mil pedazos que no se volverán a recomponer igual, nos abre en canal y nos hace parar en seco para reflexionar sobre el verdadero lujo en la vida: el tiempo. Escribo estas líneas oyendo su voz, sus comentarios sarcásticos, su inteligencia en todas partes, su risa, su complicidad, su sabiduría, su generosidad, su paciencia y sobre todo, su profesionalidad. Un periodista de los de antes. Es una despedida desde la tristeza, el dolor y la rabia porque de las cosas más difíciles de encajar en la vida, la injusticia es de las peores, y tu marcha, Fran, es una de las injusticias más grandes.

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