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Los Indianos

Cuando, a principios de los años 70 del siglo XX, Pepe Fumero y Pepe Capón viajaron a La Palma a comprarle el DIARIO DE AVISOS a Antonio Carrillo Kábana, comentaban en el avión, uno de aquellos entrañables Fokker 27, con qué nombrete iban a salir ambos de la isla. Los dos Pepes eran muy bajitos. Iniciaron las conversaciones con el dueño del periódico en venta y regresaron, casi de noche, a Tenerife, celebrando que no hubieran sido rebautizados, como todo foráneo que recalara en la isla. Contentos de su éxito de salir indemnes del lance, se dirigieron al mostrador de facturación de Iberia y el amable empleado que los atendió les preguntó: “¿Así que ustedes son los Enanos del Diario?”. La Palma, isla por la que siento gran afecto, es muy particular. Ahora, en plena calima y calufa, los palmeros han celebrado la fiesta de los Indianos, a todo tren, con la Negra Tomasa como reina indiscutible de la cosa. Pues bien, entre la calima y los polvos de talco, que te tiran a los tres ojos del cuerpo desde balcones y muros, en plena Calle Real, han enfermado las 60.000 personas asistentes, con estoperones en las narices, lagrimeo y afecciones respiratorias varias. Si soy sincero, no sé dónde está la gracia de los Indianos, pero la gente se priva por acudir a La Palma en estas fechas y por participar en unas fiestas en las que todo el mundo se pone perdido de polvos de talco, los cuales provocan un auténtico festival de estornudos y alergias que tardan en irse. Yo nunca he asistido –ni pienso hacerlo— a sufrimiento tan buscado, pero el canarión, en su afán por copiarlo todo, también ha adoptado la celebración y no hay nada peor que el estornudo de un canarión, que más bien parece el eructo de un bisonte. Que se lo pregunten al gordo de Tejeda.

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