tribuna

Y Zelenski habló en el Guimerá

El jueves 27 de octubre de 2022, el público de la gala de los premios Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS, en el Teatro Guimerá, se llevó una enorme sorpresa cuando comenzó a hablar, por videoconferencia, el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Poco después, en diciembre, la revista Time lo designó Persona del año.

La aparición de Zelenski en una gran pantalla sobre el escenario del teatro causó sensación por lo insólito del hecho. Se trataba del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de un país en guerra con el invasor ruso, conflicto que ahora cumple dos años.

Cuando, junto a mi hermano Martín y Lucas Fernández, por una de esas piruetas de la vida, conocí a Gorbachov en Lanzarote, en el verano del 92, tras haber sufrido un golpe de Estado y dimitido, Zelenski tenía 14 años, uno más que mi hijo en la actualidad, vivía en una “familia judía soviética ordinaria”, según sus propias palabras, y Ucrania acababa de declararse independiente.

¿Qué dos personajes tan dignos de mención? El último presidente de la URSS, que cambió la historia del siglo XX, y el inaudito caso único del joven mandatario ucraniano, una simbiosis de Fidel Castro y Che Guevara haciendo la revolución del siglo XXI frente al imperio vecino. También se da en Ucrania, desde 2022, una latente crisis de los misiles entre Washington y Moscú, como la de octubre del 62 en Cuba, las dos ocasiones en que ha asomado el peligro de una hipotética guerra nuclear. Si Putin gana, Dios tendrá que bajar y tomar las riendas.

El mundo ha cambiado de protagonistas, y ante el percal de los nuevos gobernantes, podemos pensar que gente como Mijaíl Gorbachov, premio Nobel de la Paz, es irrepetible. Su secreto era Raisa. Como detrás de Reagan (con el que firmó acuerdos históricos) había también una mujer que le salvaba de los baches del poder, Nancy Reagan. Ese no es el caso de Putin. Putin está solo y Biden está y no está. Pero la guerra de Ucrania, larga como una pandemia, debe tener un final concertado, bajo este stand-by.

A todos conmueve ver convertido a Zelenski, con camiseta caqui, en líder de un pueblo invadido, un actor cómico que ganó las elecciones presidenciales con un formato que recordaba a los partidos emergentes de la nueva política española a finales de la década pasada. Rusia estaba convencida de que sería un paseo militar, pero se llevó un chasco que dura dos años. La palabra humillación nunca tuvo mejor significado por más que alardee el invasor de ojivas apocalípticas.

Esta es una guerra contra todo pronóstico. Ucrania imita a David contra Goliat con una dosis de sarcasmo en ataques que han hecho historia como el del puente de Kerch (símbolo de la anexión rusa de Crimea) o el que destruyó el crucero Moskva (buque insignia de la armada rusa en el Mar Negro). Aunque ahora le falten municiones, Zelenski cambia al jefe de sus fuerzas armadas, Zaluzhny, no se fía de él, y Putin acude a una reelección segura en marzo sumando trofeos infames como la muerte de Navalni en la cárcel.

Las metáforas resucitan en el viejo Parnaso y el mito de la batalla de las Termópilas se reedita en esta Ucrania imbatible como en aquel angosto paso entre el mar y las montañas. Si los espartanos resistieron tres días la invasión del imperio persa, los ucranianos llevan dos años frenando la invasión rusa.

La noche del asedio, Zelenski pidió a la arquitecta Olena Zelenska (que había conocido en la escuela) que explicara a sus hijos cuando se despertaran que la guerra había estallado. “¿Cómo se los digo?”, le preguntó ella. “No les mientas, cuéntales la verdad”, respondió antes de irse a hacer frente a la mayor potencia nuclear, que asaltaba su país.

Zelenski, que era un completo profano en materia militar, pero una figura consumada en el arte de Talía,combina el arte de la guerra (Sun Tzu está presente en el manual de campaña) con el arte de la comunicación. Ha hecho tanto daño a Putin en el campo de batalla como en el mediático. Sus mítines son misiles moralizantes. A falta de armas, las palabras de Zelenski se vuelven balas.

Durante aquella velada en el Guimerá agradeció el Premio Taburiente concedido a su pueblo. Uno de los secretos recientes de este periódico centenario fueron las gestiones de Lucas Fernández, editor y presidente de la Fundación DIARIO DE AVISOS, para conseguir que esa noche Zelenski hablara para Tenerife desde Kiev. Nos partió el alma a todos. Pidió ayuda, que no los dejáramos solos, como un niño pidiendo socorro al mundo, en el punto de mira del ogro. “Yo no te tengo miedo, Putin”, había dicho al inicio de la invasión. Una legión de navalnis ilustra con quién se la juega.

Recién llegado al poder, Zelenski vio cara a cara a Putin en París, con Macron y Merkel de mediadores. Le pidió cuentas por la anexión de Crimea, pero el ruso tiró balones fuera, resentido por la desaparición de la URSS (“la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”, a su juicio). Hoy es impensable un encuentro de ambos como ese.

Si hubiera que inventar, incluso novelar, un personaje para dar la vuelta al calcetín de este periodo político decadente, tendríamos que pensar en Zelenski, hacer el molde y despachar tantos como países lo necesitan.

La guerra entra en una nueva fase, ante la competencia desleal del conflictivo de Gaza, la restricción de las ayudas y los casos de jóvenes que dan la vida en el bando ucraniano, como el tinerfeño Maximiliano Camino. Muertes de aluvión.

Dos años después, sentimos nostalgia de Reagan y Gorbachov, que sellaron acuerdos de desarme y dieron carpetazo a la Guerra Fría. Estadistas con la cabeza sobre los hombros. Cuando la vida humana importaba. Era lo primero.

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