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En aquel tiempo

Estos días de procesiones remueven los lejanos tiempos de la infancia. Resonaban entonces, en la plaza del Charco, los gritos del padre Sierra, franciscano menor, vociferando un sermón de las Siete Palabras disparatado ante una multitud o poco atenta o aterrada por las apocalípticas frases del clérigo, alongado en el balcón del Banco Exterior. Los ojos de Simón de Cirene que miraban a los niños desde lo alto del paso, ojos saltones y amenazantes. Y la Dolorosa de Luján Pérez, con el puñal clavado en el pecho, el paso más destacado de la procesión portuense. Los palmitos bendecidos desde el Domingo de Ramos se colocaban en los balcones y se compraban en la explanada de la plaza de la Iglesia, junto a la fuente del pato. Había en la banda un músico con callos en los pies que tocaba el tambor y que caminaba trabajosamente marcando las nueve y cuarto con los zapatones viejos y lustrosos. Y el maestro Chano Miranda dirigía con los ojos la marcha fúnebre de Beethoven; al fondo, el hombre del trombón, un gordo que cargaba el instrumento a duras penas, junto al portador del bombo. Todos los años lo mismo. Siempre la misma marcha. Los músicos que iban quedando, porque caían como moscas durante los doce meses anteriores, eran sustituidos por niños y niñas de la academia de la banda. Tras el último paso, un par de curas, el alcalde, los concejales, el jefe de la Policía Municipal, acompañado de dos números a su mando, y el notario Pepe Peña, investido por sí mismo de la suficiente autoridad como para figurar en el cortejo. Y tras la oficialidad, los bobos de la zona, que eran legión, desfilando a aquellos acordes, vestidos con sus mejores galas. Desde algunos balcones nobles, las señoras y las criadas lanzaban pétalos de rosas blancas, en medio de un silencio de sepulcro.

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