tribuna

La novela inédita de García Márquez

Mi amigo el americanista Julio Hernández recitaba de memoria los primeros párrafos de las novelas de García Márquez como quien reza un padrenuestro. Y nuestra tertulia del Quiosco Numancia celebraba por todo lo alto cada novedad editorial del Nobel. Julio y yo habíamos leído de pe a pa a García Márquez como dos adictos, sin desmerecer Noticia de un secuestro, de no ficción, sobre la guerra que desató en Colombia el narcotraficante Pablo Escobar.
En agosto nos vemos, la novela corta inédita que vio la luz este miércoles 6 de marzo (el día en que el autor nació en Aracataca hará cien años en 2027), tiene revuelto el patio, como si se tratara de un hijo no deseado. Son cuentos encadenados sobre Ana Magdalena Bach, que visita cada 16 de agosto la tumba de su madre en una isla del Caribe y le deposita un ramo de gladiolos. La he leído en su mayor parte a salto de mata por las filtraciones en prensa del propio autor, que cocinaba este libro a fuego lento cuando aún conservaba todas las facultades intactas. La última versión data de la víspera de su Alzheimer. Cuando ya no estaba en sus cabales, despotricó del texto (“Este libro no sirve. Hay que destruirlo”), pero también dio carta blanca a sus hijos: “Cuando yo esté muerto, hagan lo que quieran”. En abril se cumplirán diez años.
En el archivo de Austin (Texas), donde se conservan los manuscritos del autor de Cien años de soledad, se comprueba que a Carmen Balcells, la agente literaria del boom latinoamericano, le envió hace veinte años un adelanto del libro rezagado y ella, más tarde, le urgió a terminarlo, pero no vivió para verlo publicado. García Márquez corrigió exhaustivamente, página a página, las aventuras amorosas de la protagonista de 46 años en la isla donde reposaban los restos de su madre. Podemos considerarla una novela feminista, de despedida, en un autor que cruzó la raya en Memoria de mis putas tristes, al fabular entonces sobre la relación de un nonagenario y una menor.
El novelista le confirmó al editor español Cristóbal Pera que la obra estaba finalizada, según El País, y leyeron juntos los últimos capítulos. Es como resucitar a un muerto que fuera un autor inmortal.
Gabo, como lo llamaban sus allegados, era meticuloso. El pintor canario José Luis Fajardo me contó que una tarde lo vio dando vueltas a una palabra para cerrar una frase. Con ese perfeccionismo se podía pasar la vida entera corrigiendo una novela. Guardaba los originales en carpetas Leuchtturm, pero tardaba una eternidad en darles el carpetazo final. Al novelista cubano Eliseo Alberto le escuché contar en Madrid que una vez sorprendió a García Márquez en México encerrado en una habitación. Le preguntó qué hacía. Escribir una novela de amor, le dijo. Eliseo le recordó que ya había escrito El amor en los tiempos del cólera y le faltaba, si acaso, una sobre la muerte. Quién sabe si algún día aparece otro pecio en una carpeta Leuchtturm.
A Harold Bloom, el influyente crítico, autor de El canon occidental, no le gustaba que el colombiano se repitiera, según él, pero se rendía ante las novelas que llevan dos palabras inolvidables en sus títulos: cólera y soledad. Y a Bill Clinton se le caía la baba cuando hablaba de García Márquez. Contaba que le pasaron una novela suya en mitad de una reunión y no pudo soltarla, suspendió la agenda ese día y desapareció hasta leerla dentro de la Casa Blanca. Otro mes de agosto de hace 30 años, se reunieron a cenar Clinton, García Márquez y Carlos Fuentes en la residencia de William Styron, el autor de Esta casa en llamas, en una isla al sur de Boston, Massachusetts, en plena crisis de los balseros cubanos, y Juan Cruz habló con los dos escritores comensales, que pusieron por las nubes al presidente estadounidense por su cultura literaria. Clinton confesó que García Márquez, amigo del comandante cubano, le comentó una vez: “Dice Fidel que cuándo le quitas el embargo”. Clinton se lo pensó en serio, pero no lo dejaron y traspasó el encargo a Barak Obama.
En la librería La Prensa, a finales de los 60, entró exultante José Arozena, abogado, socialista y lector compulsivo, festejando en voz alta: “¡Acabo de leer la mejor novela de los últimos tiempos!” Se trataba de Cien años de soledad. La escena me la contó mi hermano Martín y los dos, con una docena de años, le pedimos al tío Paco, el librero de aquel pequeño santuario de la calle Castillo, que nos pasara ese libro prodigioso que recomendaba don José. Por eso, García Márquez era como de la familia y el día que murió lloramos su pérdida. A veces nos engañábamos fingiendo que una novela suya no la habíamos leído. Ese antojo se ha podido hacer ahora realidad para millones de lectores. Entre ellos, mi recordado Julio Hernández, in aeternum, que con cada nueva novela de García Márquez, cultivaba una rosa blanca, en julio como en enero, para el amigo sincero, que le daba su mano franca, fiel a los versos de Martí, su santo y seña.
Hay citas canarias en las novelas del Nobel, como bien sabe el paisano y experto en el autor Alvaro Santana Acuña, profesor en Estados Unidos. Amaranta Úrsula, en mitad de la extinción de los pájaros en Macondo, recoge «veinticinco parejas de canarios más finos para repoblar el cielo” de ese mítico territorio, pero “daban una vuelta… para encontrar el rumbo de regreso a las Islas Afortunadas”.
Con García Márquez me sucedió como con Félix Francisco Casanova. Los dos me pasaron rozando y nunca los vi cara a cara. El poeta cruzó la calle del Pilar de lejos y no volvimos a coincidir. Lucas Fernández vio al colombiano en un hotel de La Habana y me dio el aviso, pero, por más que lo busqué, no di con él. Por ahí circula la teoría de que a los escritores que se venera no se les debe conocer personalmente para no romper el hechizo.

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