por qué no me callo

Los consejos de Musk para Tenerife

Dos de los principales problemas de Tenerife (y, en buena parte, de Canarias) son el exceso de tráfico y la falta de viviendas. Muchas de nuestras desgracias están girando ahora mismo sobre ambos ejes, como dos discos rayados. La evidente incapacidad de gobernantes y empresarios, no solo en nuestro ámbito insular, sino en el conjunto del Estado y de Europa, para saltar sobre estas vallas que nos limitan y maniatan casi estúpidamente nos ha llevado a pensar que tenemos un tercer problema: somos tontos de remate. Pero la sociedad no es imbécil, ni lo son las autoridades, patronales y sindicatos. Uno supone que han debido de darle vueltas a estos asuntos embarazosos en busca de alternativas inteligentes. Y, si no han dado con ellas, es que no son factibles. Sin embargo, siempre hay alguien que es el más listo de la clase.


En la abultada biografía de Elon Musk escrita por Walter Isaakson, se aportan múltiples rasgos de la personalidad extravagante de este superhéroe desprejuiciado. Vale pensar que Musk se considera un salvador del mundo, dotado de ingenio y fortuna, y que acaso se haya creído el personaje y no siempre el dinero le dé la razón. Con la coraza de milmillonario que le ha llevado en tiempo récord a lo más alto del podio de su generación de emprendedores acaudalados, este sujeto que nos provoca tanta admiración como desconfianza por sus amistades peligrosas (de Trump a Milei, aunque sin juramento de fidelidad), autoinvestido dios humano fuera de sí, parece tener todas las soluciones terrenales y aeroespaciales. En lo que toca a nuestros dos dolores de cabeza favoritos, he averiguado qué piensa Musk. Respecto a las colas de tráfico y los atascos, el genio de Pretoria se propuso un día acabar con el problema que, como en Tenerife, provoca embotellamientos desesperantes en ciudades como Las Vegas o Los Ángeles. Y concluyó que la única panacea consiste en construir túneles subterráneos. Prometió hacerlo de la noche a la mañana, nada de obras faraónicas interminables. Y en eso anda metido, entre los Tesla y los SpaceX, con los primeros tramos ya terminados a 12 metros de profundidad. Algunos testigos, entre ellos un ingeniero español, han bajado al subsuelo para hacer uno de los viajes de prueba. Es cierto que las obras han tropezado con charcos de barro tóxico y las quejas de los operarios, pero todo apunta a que esa red modular en las catacumbas que nació en la cabeza del visionario que quiere conquistar Marte saldrá adelante.


La otra cuestión que nos afecta, la necesidad imperiosa de viviendas, nos remite a los famosos apartamentos prefabricados que el mismo magnate promocionó, poniendo su caso/casa de ejemplo. Su decisión de vivir en tales moradas transformables, que se montan en una hora y cuestan 50.000 euros, parece dar alguna señal sobre un remedio casero para solventar nuestro famoso déficit de techos para trabajadores de sectores como el turismo, que ahora está en boca de todos tras las manifestaciones sonadas del sábado. ¡Quién sabe! Si los ayuntamientos ponen el suelo y los empresarios invierten en ello, en un abrir y cerrar de ojos habría, según la fórmula de Musk, un parque de viviendas (no de contenedores tras la erupción), al parecer, de primera calidad, disponible para salir del apuro. Podría ser una solución provisional o definitiva, a expensas de cómo resulte la experiencia.


Así que supongamos que el Cabildo o el Gobierno invitaran a Elon Musk a la Isla. Diría, con su varita mágica, que para lo uno y para lo otro, el tráfico y las viviendas, él ya tiene la solución.

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