Ha muerto Antonio Fernández Alba, uno de los últimos intelectuales globales que quedaban en España. Era arquitecto, profesor emérito de la ETSA de Madrid, académico de la lengua, conocedor profundo del arte moderno y, sobre todo, una persona exquisita. Le conocí en 1967, en una exposición de Manolo Millares en la galería Juana Mordó. Siempre estuvo muy ligado al grupo El Paso que se había creado 10 años antes en torno a esta galerista. Esa noche, después del vernissage, estuvieron todos en el piso donde vivía con mi hermano en Madrid para tocar un poco la guitarra, furrunguear, como decía Manolo en una polca que compuso y que luego grabamos Los Sabandeños. Luego estuve con él en casa de Manolo y Elvireta Millares, en el mismo edificio donde vivía y tenía su estudio, en la calle Hilarión Eslava, en pleno barrio de Chamberí. Antonio hablaba con un susurro convincente y tenía el arte de derramar toda su sabiduría en tus oídos de la forma más suave posible. No iba mucha gente a aquellas reuniones. Martín Chirino, Alberto Portera, el cirujano que operó a Manolo del tumor cerebral que se lo llevó tan joven, quizá José María Moreno Galván, preocupado por su colesterol después de un amago de infarto, José Luis y yo, y, por supuesto, Antonio. Por allí correteaba Eva, la hija mayor de Manolo. Creo que Coro aún no había nacido. Manolo también hablaba sin que se le notara, como Fernández Alba. No así Portera, que era un torbellino de nervios agitados al que se le atropellaban las palabras vehementemente. A todos ellos les unía el interés por el arte, por un mundo que intentaba abrirse paso en pleno franquismo, un ambiente refinado que no usaba el manifiesto violento y callejero, sino que se acreditaba en el rigor del trabajo bien hecho: Antonio en su estudio de arquitecto y en su cátedra y Manolo cosiendo arpilleras sin más salida que la de alguna excursión para buscar restos arqueológicos. El arte es una constante que busca en la arqueología sus orígenes, es la única manera de considerarlo universal. Antonio permanecía en silencio delante de unas telas rotas y vueltas a coser, con manchas rojas y negras, como una novela de Stendhal, o con blancos puros sublimando a la vulgaridad burda del tejido. Yo lo veía pensando, intentando descubrir el secreto de las formas, un lenguaje que cuando lo aprehendes sirve para entender todos los demás lenguajes, sobre todo el de la arquitectura, tan difícil de aislar de esa costumbre amanerada en la que, a veces, cae la modernidad. Manolo tocaba el timple. Arrejálese p’acá, decía, y Antonio no despegaba la vista del cuadro, como queriendo leer más allá de donde pretendía la pintura. Después, he pensado que el secreto estaba en la sencillez de aquella polca, que era como el polvo del camino que nunca nos podemos quitar de encima.
En fin, ha muerto Antonio Fernández Alba, uno de los pocos que quedaba de aquella época gloriosa, donde en Madrid se larvaba lo que hemos terminado siendo y que desafortunadamente ya no somos. Debería inventarse una memoria para volver a ponerlo de pie. Para mí, se ha muerto la serenidad, el espíritu de lo meditado y madurado, la aventura callada de todos los grandes descubrimientos, el pudor ante la alharaca, la reflexión sin la urgencia de presentar el resumen, el ritmo de la vida, lento y suave, para que no haga daño y, sobre todo, para que quede. Este era Antonio, el que siempre estuvo en paz compartimentando espacios en su cerebro. Los cerebros muy capaces no son nada ruidosos.
